miércoles, 25 de octubre de 2006

Consecuencias de estudiar

Conmigo, zona”.
-Andrés Caicedo, en su libro El atravesado-


El imperturbable vigilante me respondió en ambas ocasiones lo mismo: “¡Sí señor, es en esa ventanilla!”. Le dije a mi intuición que tranquila: ¿cómo dudar de la autoridad del lugar? Sólo había tres personas en la fila y la primera al cabo de dos o tres minutos se retiró. Breve la vuelta, supuse: terminaría la diligencia antes de que el sol de mediodía me siguiera derritiendo por dentro también. A las 11:23am estaba de primero, con dos personas más atrás mío.

El funcionario público parecía diligente: ya habían pasado más de cinco minutos sin que bebiera su tinto. A las 11:38am habíamos siete personas en la cola detenida. El funcionario recibía, digitaba, corroboraba, enter, imprimía, sellaba. Parecía sencillo, pero se demoraba por la velocidad de respuesta del sistema y el registro adicional en un gran libro verde.

Menos mal la atención era en jornada continua, pensé, al ver cómo seguía llegando gente. Algo de la brisa del aire acondicionado de la oficina se escapaba por la rendija para ayudarme a soportar tal temperatura mientras tanto. No había ido hasta allá para desistir al final. A las 11:53am el demorado tipo en turno le pasó el último documento.

Una gruesa señora de unos 40 trajinados años, de cabello color cobre corto, aretes en candonga plateados, vestido fucsia y sandalias no-sé-por-qué doradas, se hizo al lado mío. Con unos papeles en la mano, me imaginé qué quería con semejante disimulo.

A las 12:04 la señora, muchísimo más rápido que la liebre, saltó a la ventanilla recién desocupada. “Disculpe señora, es mi turno”, le dije prudentemente. “Ay cariño, es solo un momentico… No ve que el señor me mandó desde temprano por una firma y me dijo que viniera por el sellito”. Mi sangre comenzó a hervir con su propio sol.

Sin alzar la voz, le expliqué: “el señor le pidió que volviera, pero no sin hacer la fila”. “Ay, corazón, mire que tengo afán y con este calor ¡cómo voy a hacer esa colísima por un sellito nada más!” Y me dio la espalda, tapando con su rechoncha existencia la salida del fresco aire en su totalidad. Recordé cuánto tardaba “el sellito” y no me aguanté.

Representé la misma escena de Los Simpsons, en la que Homero le responde a Marge con un irónico discurso sobre el contentillo que siente por hacer feliz a quienes han bebido una Llamarada Moe, sin recibir crédito alguno por su invención. Al final Homero le aclara: “Ah, por cierto, estaba siendo sarcástico”.

Siga señora, con todo gusto… ¡Cómo se le ocurre hacer tremenda fila si no se va a demorar…! Usted tiene más afán que las veinte personas que están aquí… Ellas poco importan: ¡Hágale, irrespételas! Usted se ha ganado desde temprano su turno… Señor funcionario, por favor, ¡apúrese, antes de que la pobre viejecita se desmaye esperando el sellito!”.

No necesitaba aclararle nada.

Mientras el asustado funcionario agilizaba el trámite, con un gargajeado “Ghrrrosero" la señora comenzó a sacudir sus rollizos brazos. Sólo veía cantaletear sus protuberantes labios rojos y sentía el vaho de empanada tan añejo y salado como el de sus axilas. Callaba el abucheo de los demás con el ademán de coger su bolso y levantarlo contra ellos, bufando por su pite de nariz para compensar el aire que le faltaba. Creí que de verdad se desmayaría pero de la rabia. La encrespada gallineta, con su madre volada a la mierda por todos los demás, se despidió gritándome: “Uitch… tan estudiado y tan attthhhrrravesado…". Extraña deducción…

¡Por fin mi turno!

Gracias señor. Vengo a reclamar el formulario de registro”. “No joven, es en la ventanilla de al lado… ¡Siguiente!”. La ventanilla de al lado… La misma que había estado vacía todo el tiempo, cuyo horario de atención era de lunes a miércoles hasta las 12:00pm… La misma hora en la que el desentendido vigilante, ¡ese miércoles!, se atragantaba su vianda al fondo de la oficina para seguir trabajando.

¿Cómo estudiar y no resultar un atravesado? Por lo menos no se es un huevón que se deja meter los dedos a la boca de un cualquiera sin fundamento. Excepto, claro, de un confiable e ignorante portero.

Ah, por cierto, no estaba siendo sarcástico.
.

miércoles, 18 de octubre de 2006

Entre copas

"Los niños y los borrachos dicen siempre la verdad".
- Dicho popular -

Hace poco salí con mi amigo del colegio a quien no veía meses atrás, luego de que se agarró a pitar incansablemente frente a mi casa. Con el sueño de mi siesta a cuestas, al subirme al carro me di cuenta de que la vuelta iba para largo y ojalá tuviera pronto retorno. Fuimos a toda velocidad donde algún conocido de él y allí estaban otros dos compañeros del salón. Era domingo, tres de la tarde, y juntos habían bebido desde el viernes sin parar.

Vos sos mi amigo…”. Con los cinco sentidos intactos esta afirmación sería tácita entre nosotros y hasta ridícula en esta época, lejana ya de los juegos en que nos “ajuntábamos” con la misma facilidad con que nos “desajuntábamos”. Pero con el hígado pasmado en no sé cuántos grados de alcohol, se convertía en el grito de batalla que ratificaba al mundo nuestra amistad en contra de la distancia y el tiempo. “¡Salud!”.

El anónimo anfitrión de la fiesta ya estaba en otra realidad tan inimaginable como la que había dejado al dormirse. Mi amigo fue a la cocina a comer con la mano un guardado olvidado en la nevera de cuándo hace. Y mis dos compañeros recordaban con precisión hechos de hace más de 10 años atrás, traídos a colación a pesar de su tartamudeo. “Te acordás cuando estábamos en… y entonces fuimos…”.

Después de la primera copa que me echaron literalmente encima, seguí recibiendo por las buenas las copitas de la recién abierta botella de ron. Cada cuento se acompañaba por sonoras carcajadas de historias vividas, en su mayoría, en total sobriedad. El disgusto por el aliento de guayabo y trasnocho cerca de mi cara no mermaba, mientras escuchaba la purga de sus cerebros y corazones. “Yo te quiero mucho porque sos una gran persona…”.


Al acabarse la segunda botella, pretendieron continuar con una de vodka. Todavía con algo de cordura, justifiqué que nos caería mal y que nos dañaría el resto de la celebración. “No se diga más: plata para la de ron”. Un botello-tón exitoso. Logré convencer a la terquedad de mi amigo para que me diera las llaves y luego me convencí a mí mismo de que podía conducir cuidadosamente su carro con mi naciente borrachera.

Encontramos un estanco y luego fuimos por unas amiguitas de él, que se apretujaron con los otros dos compañeros en el asiento trasero. Luego de dar vueltas por la ciudad y escuchar música a todo volumen fue suficiente para mí. Con una firme excusa conduje hasta mi casa, le confié a mi amigo su auto y me despedí de todos. Luego me enteré de que siguieron bebiendo, que fueron a un motel y que mi amigo, a pesar de su futuro matrimonio, se acostó con una de esas niñas, la del tierno rostro angelical.

No supe qué celebraban. Cualquier cosa habría sido un motivo para tremenda francachela. La amistad, por ejemplo, en ese y en cualquier momento más invaluable que siempre. In vino veritas, dice una frase del latín. La verdad en el vino, traduce. El hombre es expansivo cuando ha bebido, significa.

¿Una copa?


miércoles, 11 de octubre de 2006

Pura coincidencia


El amor entre dos personas es fundamentalmente una coincidencia, dos vidas que se cruzan por casualidad en el momento y en las circunstancias precisas”.

– Robert H. Hopcke –

[…]

En quinto de primaria, una bonita niña llamaba mi atención entre las demás compañeritas de salón. En grado sexto mezclaron los grupos y quedamos separados a lo largo de todo el bachillerato. Luego de la graduación, perdimos el rastro. Ahora, 10 años después de la última vez que nos vimos y 16 de que jugábamos en el colegio, nos contactamos por una casualidad por correo electrónico. Ella vive en otra ciudad y cuando nos hemos querido encontrar, alguna pequeñez lo ha impedido durante casi un año que lo hemos intentado.

[…]

¿Se imaginan al aeropuerto El Dorado un lunes festivo en la noche en el muelle nacional? La gente pareciera reproducirse mientras espera un avión y el caos aumenta con algún retraso o una maleta extraviada. En ese bullicio, encontrarse con la mujer que vale el amor de toda la historia, es una grata coincidencia. En medio del ajetreo, nos saludamos y nos despedimos con el afán que la multitud nos imponía por dejar del lugar. Esa semana la llamé para salir a tomar un café y seguir escribiendo nuestra historia, pero me dijeron que había viajado para realizar su doctorado. No me dijo nada. Esa vez fue la última vez que la vi.

[…]

Siempre he pensado en lo curioso e incómodo que resultaría que la ex de uno se encuentre por suerte y sin saberlo con la actual pareja, y comience el natural chismorreo entre mujeres. Por lo general, inicialmente esto se da anónimamente al intercambiar experiencias íntimas buenas y malas de sus pasadas relaciones, para luego atar cabos y sorprenderse de que el protagonista de sus orgasmos o sus lágrimas es el mismo hombre. En estos momentos mi ex almuerza en la casa de otra de las mujeres por quien uno abandonaría el futuro y, según sé, aún no lo saben. Y espero que así lo sea.

[…]

Hace un año conocí a una amiga de mi amigo. El muy tacaño se demoró en presentármela porque, supongo, él estaba detrás de ella. Inteligente, bonita, elegante… yo tampoco se la hubiera presentado. Lo cierto es que mi interés por ella no fue un vendaval y sólo un par de veces la volví a ver. Cuando le conté a mi amigo que quería pretenderla, me contó que viajaría a Bogotá. Había aceptado un trabajo y nos invitaba amablemente a su despedida. Creo que casualmente ella también empacó mi aletargado impulso.

[…]

Cuando regresé para instalarme nuevamente en la ciudad y con la intención de formalizar la relación que había quedado truncada por mi intempestivo viaje, me encontré con tremenda coincidencia. La llamé por sorpresa para vernos y todo lo demás. Palabras más, palabras menos, le dije: “Hola, ya llegué. ¿Nos podemos ver?”. Y ella respondió casi por reflejo: “Me voy mañana a trabajar donde estabas”. Los caminos se cruzaron y nuevamente nos separamos, sin esperar mayor cosa para cuando termine el juego del gato y el ratón.

[…]

Hace dos años una entrometida amiga insinuó presentarme a una de sus compañeras de estudio "disponible". Con la dejadez que acompaña todo recién rompimiento (salvo el de mi ex, que disfrutaba de los preparativos de su matrimonio) no acepté tal invitación y no volví a hablar del tema. El otro día me pidió el aburrido favor de acompañarla a visitar a su amiguita que estaba enferma. ¡¿Cómo iba a ir a la casa de una desconocida a fingir mi pesar por su convalecencia?! Por casualidad el sitio de encuentro cambió y con algo menos de tedio la llevé al lugar. Excepto su novio, ¡qué belleza de mujer! “¡Ough!”, me dije. Lo bueno es que el azar no existe. ¿O sí?

[…]

miércoles, 4 de octubre de 2006

De regreso a clase

Ver tantas herramientas en una ferretería alborota mi antojo por tenerlas. Desconozco el uso de la mayoría de ellas, pero en mi imaginación sé que las necesitaré algún día. ¿Para qué? Para algo servirán. Las pocas que paulatinamente he comprado están bien guardadas, pero cuando las uso, muy eventualmente, lo hago con el gusto de saber que son mías y que las puedo utilizar aunque sea para apretar media vuelta un tornillo cualquiera. Igual me pasa en una librería. El detalle es saber cómo y cuándo, como paso avanzado del conocimiento.

Pues bien, bajo esta premisa me inscribí a un seminario taller, con la convicción de que tal temática, desde su técnica, me ayude más adelante a solucionar hipotéticos problemas en hipotéticas empresas que hipotéticamente me contraten para ello. Desde hace tiempo quería hacerlo (y no sólo en ese tema, claro está), pero la incertidumbre giraba en torno al costo de dichos cursos, la oportunidad de aplicarlos y la afinidad personal por ellos. Toda esta disertación sentará sus bases solamente tomando el curso y evaluándolo cuando llegue tal hipotético día. Sería como comprar una guaya flexible para mototool de ½”: inicialmente parecería un gasto, pero cuando la requiera habrá sido una inversión.

Ahí estaba yo, en mi primera cátedra. Nuevamente en un aula de clase, mejor equipada que las de otros tiempos, y lejos de parecerse a los cafés, donde también aprendo más de la vida misma con una buena charla (la catalogo igualmente como educación no formal). Tenía más emoción que expectativas por la curiosidad de algo nuevo, en saber qué más hay detrás de una vaga idea de un tema de mi carrera como Ingeniero Industrial. Mi atención estaba puesta en las diapositivas y en los ejemplos de un experto en la rama. La necesidad de aprendizaje de mis compañeros estaba manifiesta, y con ella participaban activamente desde su vivencia diaria en casos específicos. Yo, atento, escuchando, aprendiendo.

Volver a clase luego del pregrado es extraño. Con unos años encima y desde la experiencia laboral (en mi caso, un recuerdo de trabajos anteriores) uno valora más el aceptar que los conceptos teóricos no se parecen en nada a la realidad de los empleos; uno goza más la oportunidad de aprender desde algo tangible y no desde lo que el libro o el profesor dicen. Y claro, uno es consciente de que es la plata de uno la que paga el curso.

Es mágico el hecho de aprender cosas nuevas cuando son los años los que pulen el interés en algún campo de la vida. ¿Cómo será tomar el diplomado en Fotografía, o esa maestría en Historia, o la especialización en Bioética, o el Doctorado en Recursos Humanos, u otra carrera como Ingeniería Genética o una licenciatura en Literatura? Lejos claro, para mi profesión, de la consabida especialización en Finanzas, Mercadeo o Calidad, que tampoco me aseguran que mi situación laboral mejore. Ante tal incertidumbre y con la posibilidad de darme gusto, confiando en Dios espero escoger entre las primeras opciones. ¿Para qué...?

Por ahora, al terminar el seminario tendré una guaya flexible para mototool de ½”. Luego me hará falta comprar el mototool. Para algo servirá…

miércoles, 27 de septiembre de 2006

Un salpicón, por favor

Gracias, señor…

▪ “Va a ver que no se arrepiente. Recién hecho, fresquito”.

¡Está frío…! El jugo… [Sbbbhhh…] está en su punto… De naranja… Con este calor… ¡Ah…!

▪ Compra una arroba de hielo cada mañana. El bloque le dura todo el día.

Piña… Qué dulce está… [Humm…] Acá hay otro pedazo más grande…

▪ A la madrugada escoge en la galería las frutas regateando los mejores precios.

Suavecita… Una colorida papaya… [Humm…] Bien madura…

▪ “Lo difícil no es picar la fruta, sino pelarla”. Le toma mucho tiempo.

[Sbbbhhh…] Tal vez que sobraba la leche condensada… No… [Humm…] ¡Lo mejoró…!

▪ A medida que se vuelve aguado, le agrega “el espeso” de un tanque con la fruta cortada.

[Ñam Ñam Ñam…] Esto me sabe a… ¡Guanábana…! Rara combinación… Pero rico…

▪ “Es muy cara, a dos mil la libra. Eso sí, da buen sabor. Cuando se puede, la compro”.

¡Mango...! [Humm…] Cómo huele… Qué delicia… [Humm…] ¡Qué amarillo, ¿no?!

▪ Puede montar su carreta de venta en cualquier parte. Aunque ahora tiene “un buen local”.

¡Uy, no…! Este banano está redulce… Magulladito… Aquí hay más… [Humm…]

▪ “A la gente le parece caro. $1000 ese vasote con cuchara y todo… Lo quieren es regalado”.

[Sbbbhhh…] Refrescante… Un tanto ácido… [Glu Glu Glu…] ¡Ah!

▪ La tajada de piña cuesta $500; grande, a $600. La de papaya y sandía, $1000. La fruta entera,
según el tamaño.

¿Qué si me gustó? Está buenísimo…

▪ “Gracias a Dios me da pa’ el sancocho. Y pa’ mis hijos”.

[Burp…]

▪ Su señora le ayuda con los pagos. “Las mujeres son las de la plata”.

Otro, por favor…

▪ “Mija, otro bien poderoso pa’ Don Marqués. Y una servilleta, pa’ que se limpie”.

¡Gracias…!



miércoles, 20 de septiembre de 2006

Bajo un árbol la encontré

Siempre he pensado que en el amor no hay parejas, ni triángulos amorosos, sino una fila india donde uno quiere al que tiene delante, y éste a su vez al que tiene delante de sí y así sucesivamente, y el que está detrás me quiere a mí y a ése lo quiere el que le sigue en la fila y así sucesivamente, pero siempre queriendo a quien nos da la espalda. Y al último de la fila no lo quiere nadie.
– Antonio, en Rosario Tijeras, de Jorge Franco –

El disciplinado sol hacía apenas un rato acababa de desayunar. En el lugar no había nadie más a esa hora: sólo ella sentada bajo un árbol gigante. El pobre grandulón se quedó con las ganas de coquetearle lanzándole sus kamikazes hojas cargadas de rocío. El viento, su gélido compinche, llegó tarde a nuestra cita y con la pereza mañanera de un día cualquiera no pudo hacerle cuarto a sus intenciones.

Bella como la primera vez y las sucesivas veces hasta la última vez… Les recuerdo a los lectores de esta bitácora esa amarga escena: “ella riendo con él tomados de la mano y viniendo hacia mí” (Por no creer, tuve que ver). Pero bueno, cosas del pasado pasadas luego de Una in-esperada llamada.

Saludo tradicional.
Beso en la mejilla.
Abrazo prudente.
Aroma exquisito.
Mirada sorprendida.
Voz firme.
[…]

La magia es infinita, es eterna, es verdad. Existe al apreciar el Universo y su belleza y simplemente confiar en que lo correcto nos es dado en abundancia, y ella hacía parte de mi mundo en ese momento para volver a empezar.

A mí no me gusta que me hablen contemplado, si los hombres supieran lo maricas que se ven cuando se ponen de romanticones... por eso es que me gusta Emilio, porque es seco, como un carbón”.
– Rosario, ibídem

Después de tanto tiempo volvió a mis manos el libro que le había prestado, Rosario Tijeras. El trueque se hizo efectivo a cambio de una caja de chocolates comprada para la ocasión. Claro, ella obviamente no esperaría encontrar una carta en el relleno de cada bombón, pero yo sí quería ver una misiva suya entre las páginas que había manoseado leyendo el libro (por cierto, le deshojó la 185-186). Creo que primero se comería uno de mis Post-It en el caramelo antes de que alguna nota cayera del improvisado abanico lírico escrutado en cada pliegue… Nada… Como la ilusión: esperar lo inesperado.

Una pizca de canela sazonaba un café de máquina que compartimos y las palabras dejaron atrás una de las tantas vidas que toman a su paso reencarnando en una nueva. Una sonrisa imprevista, una accidental caricia, un comentario adrede… Instantes que no perpetuaban el ayer, sino que se gozaban a plenitud, como si mañana ella se llevara consigo el libro que aún no he escrito.

Verla sonrojarse por una pequeñez es una de las formas más bonitas en que ahora la recuerdo hasta una próxima vez bajo otro árbol probablemente. Pepe Le Pew, en una de las persecuciones a su huidiza gatita, dice: “el amor tiene la forma de corazón”. Totalmente.

Palabras de amor […] que preparaba para decírselas algún día […] en el tono marica y romanticón que a ella tanto la molestaba. ¿De qué otra forma se puede hablar de amor?
– Antonio, ibídem

miércoles, 13 de septiembre de 2006

Noticias de uniones concertadas y a veces convenientes

Y estad juntos, mas no demasiado cerca.
Porque las columnas del templo se levantan separadas
”.
– Jalil Gibrán, sobre el matrimonio en El Profeta


Hola a todos. Este fin de semana le entregué el anillo a Fulanita. Engañada, la invité a La Fragata con la excusa de una comida de trabajo. Cuando llegamos y vio que nos acomodaban en una mesa para dos y el mesero traía el vino, se empezó a preocupar… pero ya no había nada que hacer… Por ahora todo son sueños. Ojalá nos salga todo muy bien. Estamos muy felices, Fulanito”.

¿Qué pensar al recibir de un gran amigo este mensaje? Cuando los conocidos se casan, un campanazo sacude los paradigmas almacenados mecánicamente por la cultura, la familia y la sociedad a través del tiempo. Uno divaga entonces sobre el propósito de la vida, la naturaleza y todas las minucias del existencialismo, para luego brindar sinceramente por los futuros cónyuges.

Al leer esta anécdota la envidia se alborota; incluso la “de la buena”, mala en esencia como lo confirma Antonio Caballero. La sentía y no tanto por Fulanita (aunque hay excepciones… uhmm…) sino por la gran fe en la apuesta que arriesga más que una decisión (perpetua en teoría, disoluble en la práctica). Al día siguiente respondí su mensaje con admiración, ofreciéndole mi apoyo y deseándole los mejores éxitos en su destino venidero. Hay que alegrarse si los demás son felices.

Así como con los amigos, la sensatez en tal salutación debería ser igual para con la ex pareja. Pero es duro aceptarlo. La indignación corroe los recuerdos para que, una vez diluidos, el pasado despliegue un farsante espectáculo de lo que pudo haber sido. Ella (o él) envía un mensaje como el siguiente: “Hola amigos. Nos gustaría que respondan lo más pronto posible este mensaje con sus direcciones postales, para enviarles nuestra tarjeta de matrimonio. Chao, Pepita y Desconocido”. Claro, uno todavía delira por Pepita, pero esa fantasía termina confirmando la dirección de la casa y felicitándola de corazón. Finalmente, si uno la quiso, la seguirá queriendo con una buena amistad.

Después de siete meses de terminar bajo un mutismo obligado, soñé que mi ex se casaba. Llamé y le dije: “¿cuándo te casas?”. Sin preguntar cómo me enteré respondió emocionada que en cuatro meses (mi predicción era tan real como aquella pesadilla). Le deseé suerte y, junto con la esperanza, colgamos esa conversación tripartita. Se casó sin haberme participado formalmente de su boda, y ahora charlamos de vez en cuando, luego de un año de silencio por su próspero matrimonio. Por cierto, ¿acaso aquella bendición “marido y mujer…” exorciza al demonio de la libertad?

Algún día el gato anunciará el casamiento del Marqués. Veremos qué caza para él…

--------
Epílogo

Una recomendación para los que están solos o acompañados temporal o definitivamente: Elsa y Fred, una película propia de nuestro romanticismo, el de los viejos amores.

miércoles, 6 de septiembre de 2006

Autor y coautor de un crimen

A veces pasa que el zancudo que uno está cazando calza justo en el cuenco de una de las manos que lo pretende aplastar. Cuando uno abre el inesperado aplauso, el suertudo sale volando y la persecución vuelve a empezar. Pero en otros casos, el golpe o el ruido lo aturden y cae de la mano íntegro y luego de unos instantes vuelve a volar (la piedra que esto da a las 2:50am es monumental).

Antes de continuar con el relato una aclaración: son los mosquitos hembra los que atacan principalmente a los animales de sangre caliente. Para efectos del artículo y por respeto a los sexos, los denotaré indistintamente de su género.

Estando yo en la cocina, una de esas hembras (de las que arremeten abiertamente hasta que se lo comen a uno), salió victoriosa de mi fallido intento de asesinato, luego de que me chupó casi un litro de sangre de mi tobillo izquierdo. Esperé a ver qué hacía antes de mandarle un segundo manotazo. Pero la suerte de la pobre estaba echada: cayó en la mitad del mesón, justo al lado del camino de hormigas que conducía a una gota miel que yo había derramado antes al aderezar mis tostadas.

La primera hormiga que tocó la pata del zancudo en apenas una fracción de segundo, salió despavorida a avisar a sus compañeras que militaban en una fila que iba y venía con el característico afán. Junto con una segunda hormiga, volvieron a acercarse por detrás y una de ellas (ya no pude distinguir si era la primera informante) salió en pura hacia la fila y regresó rápidamente con dos más. Chismosas.

Esto sucedió en máximo 10 segundos. El zancudo seguía intentando pararse mientras probaba sus alas antes de despegar. Claro, yo estaba presto a darle su trancazo para que me devolviera mi sangre, aunque sea embarrándola en mi mano al aplastarlo [Risa malévola de fondo: Ja, Ja, Ja… Jaa Jaa, Jaa… ].

En seguida, una gran parte de la tropa se desvió hacia el nuevo banquete y lo cercó y lo abordó y lo aplacó. Podía escuchar el grito de batalla de las supernumerarias: “¡Coomiiiidaaaaaaaa!”. Su consigna convocaba la ferocidad de quienes compartieran los estímulos químicos del instintivo mensaje. Una de sus antenas la arrastraba una laboriosa y fortachona hormiga, mientras que la otra la halaban entre dos. La pata que le arrancaron la dejaron a un lado transitoriamente mientras se acomodaban con una logística rápida y calculada para llevar a la víctima viviente hacia la cueva. Ahora la risa malévola musicalizaba a esta familia de insectos sociales.

La zancuda me gritaba desesperada que la salvara, pero no sabía que mi intención seguía siendo acabar con ella. Para cuando el conflicto de sentimientos (“¡Ay, pobrecita, cómo le dolerá…!”), pensamientos (“¡Me picará de nuevo!”) y emociones (“¡Que rasquiña tan #$-&%*@!”) se resolvió y la compasión me invadió, la última de sus alas la arrastraban siete hormigas.

¿Quién o qué nos atacará o protegerá cuando el ciclo de la vida se invierta y seamos nosotros los protagonistas, unos animales organizados y sociales de sangre hirviente? Compraré insecticida por si acaso…

miércoles, 30 de agosto de 2006

Aún es temprano

Y es que vale más, un año tardío que un siglo vacío, amor”.
- Juanes, Mi Sangre -


En 2000 el Papa Juan Pablo II “sometió a revisión todos los grandes temas del pasado que habían causado duda e incomodidad entre los católicos: las guerras de religión, la imposición de la fe por la fuerza, la Inquisición, el rechazo a los nuevos desarrollos científicos, la intolerancia y las persecuciones” (Diario El País de Uruguay). Y pidió perdón a Dios por las culpas de dos mil años de historia de la iglesia para dar al mundo un ejemplo de paz.

Este año, gracias al avance de la investigación, “unos 2.500 astrónomos de 75 países decidieron en Praga que Plutón será ahora un planeta enano y ya no hará parte de los grandes del sistema solar” (Periódico El Tiempo). Bajo la redefinición de conceptos de la Unión Astronómica Internacional su condición ha cambiado, dando solución al debate que desde su descubrimiento en 1930 inició y se acentuó en la década de los 90.

En este par de ejemplos, el tiempo se ha encargado de aclarar inquietudes que han pasado inadvertidas inocente o culpablemente por el velo de las instituciones dueñas de la batuta. Otros seguirán ocultos por conveniencia en limbo de la historia, así que por ahora contentémonos con estas dos revelaciones.

¿Qué pasaría si los unos a los otros divulgáramos las cosas que escondemos o mostramos a medias a quienes nos quieren? ¿A quienes nos odian? Sacar todos esos detalles… y gritarlos… con el único objetivo de liberarnos… y hasta de liberar a los demás, de pronto…

Aparte de uno mismo, más de uno resultará beneficiado… o afectado… creo que allí la relatividad del bien y del mal perderá todos sus matices para llegar a términos absolutos. Leer la realidad sin las gafas de la apariencia nos dejaría más ciegos y los juzgamientos serían condenables a dos manos por la responsabilidad que ello representa.

A cada momento cambiamos; es la evolución. Pero hay cosas que es mejor dejarlas tal cual… Todo el rencor, la rabia, la frustración que generaron… la alegría, la pasión, la ternura que cautivaron… Ya nadie nos quita lo bailado… Experiencia…

Distintas prácticas milenarias espirituales nos invitan a abandonar el pasado para alivianarnos. ¿Será suficiente para curar el dolor que hemos sentido y el que hemos causado? Tal vez lo logremos en esta vida o en la próxima, procurando reparar los daños que hemos hecho y mejor aún, evitando los que falten. ¿Podemos esperar lo mismo de los demás? Si de salvación se trata todos deberían hacerlo para justificar, compensar o simplemente agradecer lo sucedido. Aún es posible explicar, corregir, perdonar, apreciar, escuchar y desmentir lo que realmente pasó antes de nuestra partida final. Difícil. Alentador. Cuestión de valentía.

¿Será que algún día mis anteriores jefes me pagan todas las horas extras que trabajé por ser un empleado de confianza? ¿Será que la universidad me reintegra el dinero de los créditos que me sobraron al comprarlos por obligación conjuntamente? ¿Será que las mujeres a quienes he pretendido me devuelven tantas atenciones? Seguiré esperando a ver qué pasa… Si la ciencia y la iglesia lo hicieron tarde, todos lo podemos hacer temprano.

Al Universo, ofrezco mis disculpas.

miércoles, 23 de agosto de 2006

Una in-esperada llamada

«Me dice el corazón…
“ríndete que el amor te venció”.
Pero me grita la conciencia…
“parece pero no es, eso pasa con frecuencia”».

- Gilberto Santarrosa -


Casi las nueve de la noche y aquella bella doncella llamó.

Al escuchar su voz, mis ojos comenzaron a ver el pasado con la claridad del presente. Era como si nada hubiera sucedido. Luego del corto saludo dijo “leí tu escrito… y… llamé…”. Yo sabía a qué se refería y los lectores de esta bitácora lo sabrán al repasar Por no creer, tuve que ver.

Los mil borradores del sensato discurso preparado para la deseada ocasión no aparecieron por ninguna neurona.

Corazón, mente y cuerpo disfrutaron esos minutos con toda la alegría que podían, al recordar, vivenciar y anhelar tal festín telefónico. “Esto hay que celebrarlo… ¡Otro trago de endorfinas más!”, gritaban. “¡Salud!”.

¿Cómo estás? ¿Qué haces ahora? Preguntas improvisadas que alargaban la emoción mientras se apaciguaba la sorpresa. A pesar de unas cuantas palabras que tartamudeé inicialmente, la conversación fue agradable y tranquila. El estudio, el trabajo, la familia… Ella está bien y me alegro.

Sobre lo bizco que me dejó el ciego Cupido nada se habló, ni tampoco de la cantidad de pedacitos que recogí ni de los otros tantos que perdí cuando esa noche la ilusión se rompió. Fue mejor así: ¿de qué hubiera servido una explicación evidente por doquier?

Agradecí su llamada y con la hipotética promesa de algún encuentro lejano, nos despedimos. Sin mayor razón, me sentí contento esa noche; como antes. Pero con duda de querer arriesgarme nuevamente, incluso de escribir sobre el tema.

Seguiré tarareando esta canción hasta entonces. Tal vez le diga…

miércoles, 16 de agosto de 2006

Cortesía, por lo menos

Señor Marqués, cordial saludo. Le informo que ya recibimos su hoja de vida y entrará a estudio. Gracias”. Si después de una semana uno recibe este correo electrónico, la emoción se embriaga por dos razones: primera y obvia, la oportunidad de ser contratado; la segunda e igualmente valiosa para mí, que la empresa confirme que recibió el archivo.

¿Cuántas hojas de vida se pueden enviar? Y de esas, ¿cuántas empresas nos pueden responder? Y de esas, ¿cuántas nos entrevistan? Muy pocas son las organizaciones que se toman el trabajo de agradecer nuestro interés en sus vacantes, de por sí ya pocas. Queda entonces el sinsabor de qué pasó con los datos. El tiempo comienza a pasar y nada se sabe.

En mis anteriores trabajos, he visto cómo las hojas de vida se convierten en un problema para el área de recursos humanos, y hasta me ha tocado ayudar a romperlas para liberar espacio en la estantería de la secretaria. Me he sentido mal haciéndolo, pero como siempre incluso el “trabajo sucio” hay que cumplirlo cuando uno es empleado. ¿Cuánta gente habrá esperado por trabajar en aquella empresa o por lo menos a que lean su hoja de vida y le digan que “sirve” o no?

Muchos llaman a preguntar pero es igual de frustrante, no por la negativa como tal, sino por las sutiles prórrogas de una “doctora” que le falta carácter para decirles que el proceso ya terminó. Lo viví en una de mis últimas entrevistas, cuando la protagonista se vanagloriaba con su compañera de haber desviado las siete llamadas que recibió durante los treinta minutos en que yo hice la prueba en su oficina. Imagino que todos los candidatos colgaron con la expectativa de llamar la próxima semana, cuando será la recepcionista quien responda diplomáticamente que la vacante está cubierta.

Los datos estadísticos del DANE en su Encuesta Continua a Hogares fijan en 10 meses (43.2 semanas) el tiempo promedio mínimo de búsqueda de trabajo de la población desocupada cesante durante los primeros tres primeros trimestres de 2005. Bajo el mismo parámetro, para los hombres es de 9.7 meses (41.9 semanas) y de 10.2 meses para la mujer (44.2 semanas). Esta semana anunciaron por televisión que según los datos del último censo en el país, el tiempo actual para hombres es de 9 meses, el de las mujeres de 11 y el promedio sigue siendo de 10. Es mucho tiempo. ¿Cómo hacen las personas que antes de una semana de haberse retirado consiguen otro empleo? ¿“Suerte” o error de cálculo del DANE?

Aunque recibir la respuesta definitiva por esa vacante tres semanas después es un consuelo para bobos, seguiré esperando por ahora algo de cortesía de las muchas otras opciones a las que he aplicado, mientras recupero el granito de arena que se le cayó al castillo de la esperanza luego de leer el siguiente mensaje: “Señor Marqués. Nuestra empresa le agradece su interés. Le informamos que no fue seleccionado. Muchos éxitos”.

Tal vez un rico café caliente, una llamada familiar o una larga caminata sean suficientes para reemplazarlo.

miércoles, 9 de agosto de 2006

Recorrido interruptus


- “¡Cómo es posible! Yo no quiero ir a su #$-&%*@ casa…!”.
- “Hermano, yo no lo he invitado… ¡bájese!”.
- “No sea tan #$-&%*@ y siga con la ruta…”.
- “No mijo, estoy mamao… yo no voy hasta allá… ¿Por qué no cogieron otro bus?”.
- “¡Y cómo #$-&%*@ íbamos a saber que el señor se va para su casa!”.
- “Pero si ya casi son las diez de la noche, hermano… estoy 'boliando' desde las cinco de la mañana… Yo no sé… Aquí los dejo…”.

La discusión siguió en la misma tónica. Gracias a ella llegamos hasta el próximo semáforo donde el chofer giraría a la derecha (hacia su casa) y no a la izquierda (hacia mi casa). Era un señor que salido de la ropa por un temor muchísimo mayor que el mío, comenzó a reclamarle al chofer por qué nos iba a dejar allí, muy lejos de nuestros destinos. Junto con una señora mayor, tres pasajeros quedamos en el recorrido y esperamos más de veinte minutos hasta que pasó el primer y único taxi que nos sacó de allí luego de bajarnos en tal cruce.

Apenas eran las nueve de la noche así que no tuve problema en subirme al bus cuyo cartel tenía el nombre de la avenida por donde vivo. Había visto el bus pasar por mi casa, pero no sabía de dónde venía. Al principio la ruta era conocida, pero más adelante en vez de seguir por la tradicional autopista, el chofer tomó un camino distinto.

Desde la ventanilla comencé a ver un paisaje inhóspito. Ninguna calle era igual a otra. Había poca luz en algunas de ellas y en otras las fogatas de los mendigos las iluminaban. Los huecos finalmente desaparecieron para abrirle paso a las calles despavimentadas. Y la estrechez de éstas hacía que el bus se orillara para dar vía a los viejos carros que transitaban en sentido contrario.

Poco a poco los apretujados pasajeros se bajaron, mientras el conductor cruzaba una y otra vez por donde le cabía su máquina. El tiempo pasaba y no lograba reconocer ningún lugar y los números en las placas de las casas desconcertaban a cualquiera. La cosa se estaba poniendo fea. Luego de que en una parada se bajaron cuatro personas, el chofer del bus preguntó para dónde íbamos: los tres respondimos lo mismo.

- “Me voy pa’ mi casa… Tomen su plata y ‘bájensen’ aquí…”.

El miedo me invadió. Al lado derecho estaba el oloroso caño y a la izquierda las casitas de madera cuyos bombillos alumbraban el callejón lleno de lodo y charcos. En la esquina anterior, un grupo de muchachos disfrutaban de un pucho de algo y sus caras no mostraban la más mínima gota de amabilidad, por lo menos aquí en la tierra. Más adelante no había nada más que las menguas luces del bus.

Antes de que yo pronunciara palabra, empezaron con el alegato. Imagino que el señor ya tenía la adrenalina desbordada y por eso su acalorada reacción cuando el chofer nos quiso bajar. La señora y yo estábamos esperando a que se levantara del asiento cruceta en mano para defender su merecido descanso, pero se limitó a discutir contra la indignación del pasajero y a manejar a regañadientes hasta el dichoso semáforo, un “mejor” sitio del que pretendía.

Ya en mi casa pensaba que al final las cosas habían salido bien. Valió la pena la discusión, mi prudente silencio, la devolución del dinero, la misma ruta en el taxi… Me quedaba una duda sin embargo. Toda la gente que vi no la conocía al igual que en mi conjunto residencial. ¿Por qué no me aterran, entonces? Son igual de extraños que los tipos que jugaban Dominó en una de las tantas callejuelas y que de la misma manera ni saludan ni sonríen ni gruñen a mi paso. El extraño soy yo más bien, al cargar todavía con prejuicios sobre otros. ¿Valdrá la pena dejarlos a un lado?

miércoles, 2 de agosto de 2006

La vida, como debería

Hay una escena en un capítulo de Los Simpsons donde Homero distrae a Maggie con una caja de cartón para que deje de jugar con BoBo, el osito de peluche del Señor Burns. Cuando ella accede al cambio, Homero ya no le quiere entregar la caja pues ahora es él quien quiere la caja.

También hay una propaganda de Master Card, que presenta los distintos precios de los juguetes de un bebé. Al final, el niño aparece jugando con la caja de cartón donde venía el regalo de moda, con la consigna de que hay cosas que el dinero no puede comprar.

¿Qué puede tener una caja de cartón que llama tanto la atención? Mi memoria no me da para recordar si jugaba con alguna de ellas cuando pequeño, pero he visto cómo mis sobrinos se turnan para meterse y dejarse empujar los unos a los otros.

Luego de dejar caer la caja donde venían los zapatos que compré hace poco, Mora encontró allí su gimnasio, su parque de diversiones y su compañía. Supongo que le recuerda el lugar donde nació y fue criada. La disfruta sin cansarse atravesándola, rasgándola, saltándola, volteándola y defendiéndola del tarro de la basura, alejando con sus garras todo lo que intente acceder a su refugio, como las medias que luce su amo o la cinta de tela con la que se suelen corretear por todo el apartamento.



Una imagen más de la naturaleza que nos dice cómo debe ser la vida: un simple juego.