miércoles, 2 de mayo de 2007

Comentarios: Cero


Desde hace un mes la columna de Daniel Samper Pizano en eltiempo.com aparece sin comentarios. Pensé que nadie había opinado en un momento dado, pero luego el contador de comentarios siguió en ceros. ¿Cómo era posible que no recibiera visitante alguno?

Resulta que canceló la opción que permite a los lectores interactuar en su espacio a través de los foros de discusión. “Me niego a seguir patrocinando un espacio de insultos, calumnias y amenazas”, escribió en la primera línea de su columna Cambalache como despedida a esta herramienta.

Ante la muerte de su hermano Juan Francisco, concurrieron a la noticia publicada por el mismo medio cerca de 150 mensajes. “Había entre ellos recados de pésame, insertos comerciales de contrabando y abundantes insultos de los que convirtieron estos sitios en alcantarilla”, cuenta el escritor. “Para que los lectores calculen hasta qué punto está deteriorado el que debería ser escenario de crítica sana e interesante, transcribo algunos mensajes con su ortografía original. No son los peores, pero dan una idea del nivel”, agrega.

Este ladron de cuello blanco debe estar es agradecido cuando una muerte lenta y dolorosa era la que mas merecia". "Familia que no les tiembla la mano en lo mas minimo para robar, asesinar y desfalcar al estado." "Este no vale una borrachera, pero ernesto y daniel siiii!! sobre todo el pedante del danielito, el dia que muera me voy de juerga..!!!

A partir de la columna del 11 de abril, su autor se retiró de los foros “con tristeza a indignación”. Este espacio, mi espacio, no piensa discutir la situación política que existe en el trasfondo de esa historia. Sin embargo, como amante de la discusión y las letras, tampoco acepto que las opiniones de un puñado de anónimos arribistas pretendan tener la última palabra en un juicio de valores injusto y deplorable. Hay cosas que es mejor no saber. Entre ellas, las calumnias, los insultos y hasta los malos pensamientos. La libertad de expresión existe, pero pesa más el respeto por la integridad de las personas, tanto de quienes lo escriben como de quienes lo leen.

En el Reino de Carabás son más los mudos que los tímidos quienes participan. ¿Por qué no compartir, con los demás lectores más que con El Marqués, un comentario? Tal vez porque ninguna de sus palabras vale más que su cortés silencio durante su lectura.

Por eso y a todos, gracias.

miércoles, 25 de abril de 2007

¿Quién lo mató?

Han pasado cuatro días desde que Neo, el pez neón, se convirtió en pescado. Tal vez con la ayuda de alguno de sus amigos… o enemigos. El misterio sigue sin resolverse.

Neo era uno más de la pandilla Iridiscente. Nadaban juntos, dormían juntos, comían juntos. No se conocía de amenazas contra su vida. El grupo de color azul y verde era unido mientras pasaban los días de su monótona existencia. Fue encontrado en la esquina frontal derecha del acuario. Pero… es extraño: estaba entre las piedrecillas del fondo. En otros casos de suicidios o de asesinatos, los peces terminan flotando al ritmo de las burbujas que el filtro de aire impone. Con esta pista, el caso toma un nuevo rumbo en el agitado y escalofriante mundo submarino.

Los demás habitantes del sector no tienen antecedentes penales o criminales, aunque sea arriesgado sospechar de los, hasta ahora, inocentes. Hay una solitaria Cebra, de quien sólo se sabe que se siente triste por la muerte accidental (la investigación del caso así lo concluyó) de su compañero sentimental. Tal vez ese trastorno la lleva a actuar bajo su peor ambición: asegurarse el primer bocado de comida cuando ésta cae al agua. No hay otro particular sobre la rayada pez.

Y están los cuatro miembros de la familia Tetra. Los gemelos Medallones Tetra brillan por su plateado color y son buenos vecinos, dice la comunidad. Y el par de primos Rojos Tetra, que a pesar de su pequeño tamaño y apariencia bonachona, estuvieron mancomunados con un desquiciado pez extraditado hace unos meses a otro acuario. El pez fue sentenciado al exilio por no permitir que los demás peces coman tranquilos; quería todo para él.

En la lista de “sospechosos” está también el más reciente miembro del acuático barrio, conocido bajo el alias de ‘Corroncho’. Su tamaño en comparación con los demás peces es descomunal; es como Gulliver en Liliput. Además su color oscuro, sus afiladas aletas y sus rápidos movimientos hacen que lo juzguen por su atemorizante apariencia. Pero su comportamiento es tranquilo, cumpliendo con la tarea de mantener libre de algas las paredes de cristal.

Ninguno de los implicados ha querido responder al indagatorio. Todos se han puesto de acuerdo en hacer mímica con el mismo gesto: exagerar una redonda O con sus labios mientras nadan de un lado para otro. ¿Qué puede significar? ¿Una pista? ¿Una coartada de encubrimiento?

El caso continúa. Será necesario infiltrar a la Inspectora Mora en el medio. Sus sutiles pasos y sensibles bigotes serán capaces de averiguar por qué mataron a Neo si era tan buen pez.

miércoles, 18 de abril de 2007

Voy a pasármelo bien

Buenos días, Padre. Soy yo, Contertulio… Sí, sé que vine la semana pasada a confesarme, pero quería hacerlo nuevamente. ¿Que me vaya para mi casa? Pero si no le he contado nada de mi vida todavía. ¿Está de afán, Padre…? ¿Que qué hice? Le contaré lo que hago en un día normal y luego usted decide, ¿bueno?

Me levanto a las seis de la mañana en punto. Calzo mis pantuflas para tender mi cama y luego alimento a Isaac, mi hamster, y a Albert, mi tortuga. Me baño lo más pronto posible para servirme un saludable desayuno: una gran taza de avena caliente, que proporciona la energía y los nutrientes necesarios para un largo día de estudio.

“Hoy me he levantado dando un salto mortal.
He echado un par de huevos a mi sartén.
Dando volteretas he llegado al baño.
Me he duchado y he despilfarrado el gel.
Porque hoy,
algo me dice,
que voy a pasármelo bien…
”.

¿Escucha usted esa música, Padre? ¿No? ¿Seguro? Continúo entonces…

Luzco las camisas que me compra mi mamá. Ella me recuerda que van por dentro del pantalón, y me pasa la gomina para un retoque en mi peinado. Tomo mis esferos y en mi maletín incluyo una manzana verde para mi hipoglicemia. Luego salgo al paradero para llegar temprano al salón. Ya en la universidad, aclaro las dudas al final de la clase y asisto a las monitorías de otros grupos para reforzar los temas del parcial. Al mediodía almuerzo con mis compañeros del laboratorio y luego voy a la hemeroteca a leer los periódicos del día.

“Sé que tengo algunos enemigos,
pero esta noche no podrán contar conmigo,
porque voy a convertirme en hombre lobo.
me he jurado a mí mismo que no dormiré solo.
Porque hoy,
de hoy no pasa,
y voy a pasármelo bien…
”.

¿No escucha nada, Padre? ¿En serio? Parece que estuviera sonando un radio o un discman o un IPod… Creo que son los Hombres G. En fin…

Como le decía, cuando hay presentaciones culturales llamo a mis papás a decirles que me demoro un poco. Y si no las hay, pues me quedo en la biblioteca o en las salas de Internet investigando sobre el proyecto final del semestre.

“Bueno…
Vamos a ver,
qué encontramos en esta agendilla de teléfonos.
Nunca se sabe…
Marta… María del Mar… Ana… ¿Elena estará? No sé…
Pero voy a pasármelo bien…
”.

Y así el tiempo me rinde. No lo malgasto en el gimnasio o en fiestas como el pirobo de Camilo –perdón Padre por la palabrota–, a quien le hago las tareas de la universidad para que me presente a Carolina, la bonita amiga con la que sale a rumbear.

¿Que quién es Carolina? Es un angelito de su iglesia… si la conociera, Padre… ¡Está buenísima! [Ji Ji Ji Ji…] Por eso es que estoy aquí… ¿Está bien eso, Padre?

“Porque hoy, hoy no sé por qué, pero voy a pasármelo bien…”.

¿Padre…? Padre… ¡Padre…! ¿En qué está pensando? Parece distraído… como si estuviera oyendo otra cosa… ¿Qué si la paso bien así? Pues claro.

“Muuuuy… bieeeeeeen…”.

¿Me voy, entonces?

miércoles, 11 de abril de 2007

Señora no, señorita aún

Un verso bien sutil y dirigido,
delicado y sensitivo,
quisiera componer yo.
Le ruego mi señora que comprenda,
que no sé si usted se ofenda
pero es mi declaración.


Les contaré lo que un día me pasó, una noche mejor, donde a mi vida le faltó una canción. No era una señora es verdad. Es, aún, una señorita (bajo la denominación tradicionalista de juventud, distinto del otrora significativo avance en la frontera del país sexual). Bonita como otras, pero con ojos fosforescentes a cualquier hora. De cabello castaño natural, pero atractivo como la melaza para las avispas.

Comprenda que el amor no tiene redes.
No hay nada que lo pueda detener.
Y si usted es la mujer que me conmueve,
respeto al dueño que tiene,
pero se lo digo a usted.


Mi pequeño regalo tenía la esperanza de llegar a ella y así fue, cuando su atención mostró un milímetro de distraída flaqueza en la soledad de un pasillo. Había sorpresa en su expresión pero cautela en sus manos al recibirlo. Mi emoción por entregárselo personalmente, de verla sonreír después de tanto tiempo era monumental. Sin embargo, volvió a su decepcionado remitente por no haber tarareado interiormente esta letra.

Pa' cantar entonces una canción,
y que en plena reunión,
usted me esté entendiendo.
Y el mensaje que allí mande yo,
se quede entre los do' aunque mil estén oyendo.

Pa' no herir susceptibilidad
si ante la sociedad,
usted tiene su dueño.
Y sabiendo que me entiende ya,
la cordura guardar,
hasta cuando sea bueno.


Resulta que su novio estaba con ella en la habitación contigua y yo no lo sabía. El N.N. había pasado inadvertido a su lado, pues mi mirada sólo la buscaba a ella ignorando cualquier insignificancia.

La verdad es que a mí celos me dan,
cuando la veo llegar
con su señor marido.
Y sé bien que con él está ya,
por prejuicio social
queriendo estar conmigo.


En otras circunstancias, con mayor prudencia, con otro mensaje entre los do’, quizá lo hubiera recibido y no por mero interés. Me explicó que no podía aceptarlo porque le daba pena, porque no sabía de mi gusto por ella, porque no me quería como yo sí… Excusas acostumbradas en esos casos. No mencionó al fulano y esa, creo, fue la verdadera razón por la que lo rechazó: ¡cómo iba a justificar un regalo salido de la nada en medio de una reunión!

Sabe Dios que si peco es quizás
porque eres sin pensar
un amor tan divino.
Y por eso Él considerará
si es malo entonce' hará
cambiarnos de camino.

Y si yo la quiero saludar,
digo su nombre y menciono otro pueblo.
O en una fiesta que nos encontremos,
entono la canción que ya sabemos.
Pa' que se rían cuando usted se esté riendo,
y si es caso de acuerdo nos ponemos.


Tal vez cante esta misma canción en una próxima fiesta para ella. No importa quién se ría o se moleste. Con su segundo nombre puedo hacerlo... Porque así no quiera estar conmigo será mi declaración. Y si de caminos se trata, de acuerdo (con Él) nos pondremos.

miércoles, 4 de abril de 2007

En un momentico

Cuando uno viaja es común preguntar a algún habitante de la ciudad o pueblo destino, dónde queda tal cosa o cómo llego a tal otra. Casi en la totalidad de las veces el informante responde con veracidad a nuestra inquietud, aunque se complique el dato cuando la indicación termina con un “… y cruzan por donde doña Rebeca…”.

Pero algo especial sucede cuando apenas vamos en camino y sin saber cuánto tiempo o distancia falta preguntamos, además de su ubicación, “¿ya vamos a llegar…?”. El caminante o la señora de la casa del sector responden amablemente “Claro… En un momentico llegan…” y lo confirman con un gesto de su mano indicando que “a la vuelta” se encuentra nuestra meta final. Arrancamos con la convicción de dejar atrás muchas horas de viaje.

Así, la curva del árbol acostado pasa y el puente con la imagen de la Virgen pasa y la casa rosada de dos pisos pasa, pero nada más pasa. Luego de varios minutos/kilómetros sin llegar, le preguntamos a un señor en bicicleta y fijo responderá “Ustedes, en carro, en cinco minuticos llegan…”. De esta manera aceleramos aún más para conquistar el paraíso prometido.

Otra vez en curso es igual si la carretera es pavimentada o destapada, si vamos solos o acompañados de día o de noche. La respuesta nos motiva a continuar lo más pronto posible, no tanto por el afán que llevemos sino por la seguridad de saber que efectivamente falta poco para llegar. En otras épocas, cuentan, la distancia se medía por el tiempo de consumo de un cigarro o tabaco a buen paso de arriero o de caballo manso, y era una estimación válida de cuán lejos estaba un lugar de otro. ¿Cómo sería en la actualidad? ¿A cuántos CD o canciones de MP3, como lo publicita en la radio un nuevo modelo de carro?


Una noche y en medio de un aguacero, nos tocó desviarnos por una carretera destapada a causa de un derrumbo por la vía principal. Pregunta tras pregunta nos respondían cosas similares. Parecía un complot contra los inesperados turistas: todos los pobladores de la región decían lo mismo. Ni siquiera nos mintieron o bromearon diciéndonos “¡están lejísimos!”. Su verdad era la demostración lingüística de la relatividad de Einstein.

En un capítulo de Los Simpson, Apu va para la India con Homero, quien no deja de preguntarle durante todo el vuelo “¿ya llegamos?”. ¿Cómo satisfacer esta ansiosa inquietud de un viajero? Él viene fatigado, amortiguado, con ganas de bajarse de su carro o su bicicleta (en el caso de los ciclomontañistas) para descansar su espalda y sus piernas. ¿Cómo hacerlo objetivamente, dejando a un lado nuestra territorialidad relativa frente a la cercanía o lejanía del sitio? ¿Cómo motivarlo a continuar sin mentirle pero igualmente sin maltratar su esperanza? Responder estas preguntas de un turista tiene la misma intención de responder cualquier pregunta en cualquier situación: con el alivio de una mentira o con el dolor de una verdad. Por ejemplo, ¿cuánto falta para que le diga a su pareja, si es necesario, que usted la o lo engaña con otra persona? “¿Un momentico…?”.

miércoles, 28 de marzo de 2007

¿Sí señor?

No sé si será una definición de administración empresarial o una expresión común entre la población norteamericana. Los empleados o las personas absolutamente sumisas responden a cualquier petición de una autoridad superior diciendo: “Yes, sir”. Así, a este tipo de personas se les conoce como “yes-sir man”.

En la milicia es normal: un soldado que cumpla las órdenes impuestas por jerarquía independientemente de sus consecuencias. De ahí se valen para justificar sus acciones cuando algo resulta mal: cumplían con lo cometido por sus (entre ellos se habla de “mi sargento, mi capitán…”) superiores de mayor rango. “¡Sir, yes sir!”.

¿Se imaginan este mismo comportamiento en el mundo laboral? En un primer caso no creo que el jefe, por más autoridad que posea, asuma las consecuencias fatales de su equipo de trabajo. Por su cargo se exime del problema echando la culpa (ya no trasladando la responsabilidad) a todos los que participaron en el proyecto. Porque nosotros, como empleados, no tendríamos vergüenza (ni personal ni profesional) para responder tranquilamente “yo estaba cumpliendo las órdenes de mi jefecito… despídanlo a él… no a mí”.

Un segundo caso, más triste y grave todavía, es el de un empleado que no cuestiona nada de lo que está haciendo. Una obediencia debida, un sacramentum fidelitatis, un “yes, Master” de Darth Vader ante Tarkin, que en vez de facilitar los procesos de trabajo puede complicarlos al hacer algo porque sí, porque toca, porque se lo piden. En estos casos no hay malicia indígena, sentido común o razonamiento alguno que aporte al desarrollo de cualquier proceso. No se trata de respeto o nobleza, se trata de ingenuidad.

Ser “desobedientes” nos permite conocer más de nosotros, de los demás y de lo que estamos aclarando. A muchos esto no les conviene: su poder tambalea cuando alguien pregunta por qué o para qué, y su imagen se opaca si no hay respuesta cuando una pregunta desnuda su humildad. Un jefe como Wateson, director del periódico donde trabaja Peter Parker, no tolera que se cuestione su cargo y acumulará su molestia hasta cuando tenga oportunidad de deshacerse de tremenda piedra en el zapato.

Esos empleados yes-sir serían el personal de trabajo para la empresa de un ex jefe mío, que no permitía pregunta alguna porque consideraba que si se les daba la oportunidad de pensar a sus empleados, la embarraban. Por eso se limitaba a dar instrucciones claras con la seguridad de recibir únicamente un “sí, señor” como respuesta. Un día pregunté “¿por qué?” (como si hubiera dicho “no señor”) y el resto de la historia es fácil de imaginar.

miércoles, 21 de marzo de 2007

Desde arriba

En la pasada clase de Gestión Tecnológica, conocimos a un empresario de Buga que produce su propio modelo patentado de fuselajes de avionetas comerciales. En su charla mencionó una expresión bastante llamativa: “al volar estamos por debajo únicamente de Dios, pero por encima de muchísimos hachepés”.

Hace dos años volé en parapente 30 temerosos y asombrosos minutos. Luego de aterrizar y con las manos aún temblando por la excitación de hacerlo, escribí estas líneas que hablan de mi afortunada experiencia:

¿Qué hubiera perdido? ¿Ganado?
La oportunidad de saberlo.
Y ahora que la aproveché, no lo sé.
Aposté sin saber a qué y la vida me invita a seguir jugando.

Efectivamente uno se siente grande y pequeño a la vez, agradecido de volver a tierra pero inquieto por regresar al aire. Humilde y pedante posición que uno vive momentáneamente a causa de la velocidad y la relatividad desde las alturas. Por algo ha sido y será desde siempre el sueño de la humanidad.

De vez en cuando Mora salta a la ventana para alimentar su hambriento instinto de curiosidad. Cuando lo hace, me abstengo de acercármele para evitar cualquier movimiento involuntario hacia el vacío. Y cuando se baja, me tranquilizo al verla arrunchada en la alfombra o en cualquier otro lado del apartamento que represente menos riesgo que el de una delgada (y a veces mojada) cornisa.

Y es ahora cuando mi curiosidad comienza a bostezar. ¿Por qué allí? ¿Por qué no allí? Es interesante preguntárselo (no a ella, por supuesto) para descartar posibilidades sobre su proceder: cuando está o no prendido; cuando está o no tibio después de funcionar; cuando hay alguien o no en la habitación; cuando nos dice que es hora o no de comer; cuando es de noche o de día; cuando hace frío o calor; cuando está lamiéndose o durmiendo. ¿Pero por qué encima del televisor?

Una respuesta más consistente surgió cuando veía-mos (con su cola peluda en la mitad de la pantalla) la historia de un guepardo en el África: los árboles eran su lugar de descanso. Recordando otros programas similares, las imágenes de cualquier felino siempre lo han mostrado trepado en algún tronco. Es más, es una escena recurrente en cualquier historia donde haya gatos de por medio. ¿Dónde estaba, acaso, el gato de Cheshire cuando se le apareció a Alicia?



No es una avioneta o un parapente. Es un televisor. Ella se siente poderosa viendo desde arriba lo que somos acá abajo. Es parte del exclusivo misterio gatuno. ¿O dónde se acuesta su perro cuando usted ve televisión? ¡Merecido lo tiene por perro!

miércoles, 14 de marzo de 2007

Croac

En el primer semestre marqué el rumbo de mis relaciones académicas-sociales ante el resto de compañeros hasta el final de mi carrera. En una exposición individual cuestioné airadamente el comportamiento de todo el grupo, reclamando por su atención y su respeto en clase. Mi demanda fue demasiado efectiva, tanto que los siguientes semestres continué como comencé: solo.

Esa palabra, “solo”, evolucionó por selección natural hasta convertirse en un mejor referente de mi conducta: ‘sapo’. Había que adaptarse a las condiciones cambiantes y exigentes de ese medio universitario, logrando así una mutación algo verdosa con la firme intención del camuflaje. Y lo hice.

No hubo clase en la que no preguntara, respondiera o participara con algún aporte al tema en discusión para el interés de los presentes. También reía y molestaba con mis pocos buenos amigos, porque creo que la radiación no me alcanzó para evolucionar en un ñoñus mamertus. Parecía, pero no lo era, pues de lo contrario ¿cómo hubiera podido perder materias o cabecear de sueño en casi todas las clases? Y con El Clavo mi naturaleza se condicionó a expresar libremente una posición alternativa frente al entorno. Yo era (o soy) un buen sapo.

Así pasó el tiempo y me gradué. Creí que mutaría nuevamente en el medio laboral (¡de pronto a lagarto!) pero no fue así. En la oficina que estaba seguí saltando, croando –digo– criticando objetivamente todo proceso que necesitara mejorar. Pero a las demás especies no les conviene eso, que un sapo cuestione lo que hacen perezosas marmotas, miedosas ratas, viejos dinosaurios, infinitos parásitos, dudosos camaleones, solapados perros, sagradas vacas, bulliciosas cacatúas, prestas zorras, negligentes pavos reales o chismosos buitres. Por eso aún busco un buen charco.

En estos días unos adolescentes (enormes, de esos criados con concentrado) de mi conjunto se estaban metiendo por el balcón al apartamento de una muchacha (tentadora, de esas nacidas maquilladas a la moda) donde no había nadie esa noche. Pasé justo en ese momento y di aviso al vigilante, pues hacía poco unos ladrones habían entrado al edificio. Éste los sorprendió in fraganti y me llamó para que atestiguara y poder multar así a sus padres por infringir el reglamento residencial. ¡Ah, vaina! ¡Tenía que hacerme ir-responsable de tal acusación…! ¡Ante semejantes gorilones…!

Es aquí cuando uno se cuestiona su papel en esta sociedad: entre tantos enemigos naturales, ¿vale la pena ser un sapo… vivo o muerto?

Mientras contestan, ¿sabían que ‘sapo’ es la voz prerromana de origen onomatopéyico por el ruido que hace este anfibio al caer en un charco o en tierra mojada?

Me voy…

[SAP…]

miércoles, 7 de marzo de 2007

Guerra Fría

“Arduo amor ni ganado ni perdido
batalla sin derrota y sin victoria
”.
– Meira del Mar –

-“¿Me escuchas?”, gritaba él. El Muro le respondía de por medio con su eco.
-“¡Sí, te escucho, pero no te entiendo muy bien!”, le respondía ella aguzando sus sentidos entre tanto bullicio del otro lado.

Su comunicación era permanente. Desde hacía tiempo atrás, creía escucharla cuando el viento le arrastraba su voz, y a partir de eso le respondía creando un diálogo nunca fidedigno. Hablaban de todo en sus tácitos encuentros solitarios.

-“¡He pensado mucho en ti!” Luego de unos segundos esperando su respuesta, él volvía a decirle a su amada antes de despedirse: “¡No dejo de pensarte!” No sabía si ella lo escuchaba, no podía verla, nadie le confirmaba si aún estaba allí presente.

Estaban limitados por la fortificación de tamaño hormigón. Se había construido como medida preventiva para evitar sus propias tentaciones. Cuando se conocieron no había nada que los separara, pero lentamente se fue erigiendo piedra-de-duda tras piedra-de-duda, y la rutina del tiempo se encargó de sedimentar a la amistad en sólido concreto.


-“¡Te quiero!”, le declaró un día con todas las fuerzas de su voz.
-“¡Yo también! Siempre será así… Pero nada más”, le respondió ella con seguridad.
-“¿Siempre será así?”, le preguntó él. “¿Por qué? ¡Yo quiero amarte! ¡Estar contigo!”
-“¿Por qué me lo dices apenas ahora? Yo, acá, ya tengo novio… ¿Creí gritártelo una noche? En verdad, lo siento mucho…”.
-“Pensé que era un mal rumor del viento…”, sollozó golpeando tremenda estructura.

Entonces él derrumbó el muro de 4m de altura y 47Km de largo que los separaban, pero era tarde. Ella no tuvo necesidad de construir base alguna para estar con otra persona. La caída del Muro acabó con su romántica Guerra Fría, en la que ninguno de los dos fue capaz de hacer algo por ganarla o por perderla contundentemente. Ambos eran libres ahora, sin nada que los aislara, pero también eran presos del sentimiento por no haber hecho algo inicialmente por superar su cobardía de no arriesgar su férreo aprecio por un suave amor.

Algún día, quizás… Aunque ya para qué…

miércoles, 28 de febrero de 2007

Amar es corporeizar

"El cuerpo es inmortal porque es mortal"
– Octavio Paz –

Todos nuestros miembros son reales porque nuestros sentidos los validan. Lo demás, lo que no pasa por esa fuente y filtro de información, sólo nos resta creerlo. Verdad libertad miedo alegría belleza tristeza fe amistad confianza odio inteligencia piedad esperanza.

Así, si la existencia se determina por la materia y si todo lo demás está en nuestra imaginación colectiva individual heredada aprendida, el amor desaparecería de la realidad. Rodolfo Llinás desarrolla una idea sobre el tema en El Cerebro y el Mito del Yo, soportada con sus trabajos científicos e investigaciones sobre la funcionalidad y fisiología de nuestro cerebro. Y lo afirmó categóricamente en una entrevista por televisión: el amor no existe.

Él y ella, colectivamente y desde lo plural: pies talones tobillos pantorrillas rodillas muslos caderas nalgas hombros brazos codos antebrazos muñecas manos dedos orejas labios mejillas cejas pestañas ojos párpados; desde lo singular: abdomen columna ano pecho espalda cabeza nariz boca. Individualmente, él tetillas testículos pene; ella senos pezones vulva. Las características físicas externas que nos hacen diferentes son las de mayor interés sexual ¿Coincidencia?

El cuerpo, extensión limitada que produce impresión en los sentidos por cualidades que le son propias, se convierte en el medio que el amor necesita para hacerse evidente. ¿Pero le bastaría con vivir solo en el hombre o en la mujer? Parece que no. Un cuerpo le queda corto: necesita como mínimo dos para caber. Su volumen se despliega en la medida que le den más cuerpos para habitar. Su masa se alimenta de la unión de las cosas para subsistir.

Su etérea vida se reconoce en la interacción de los sentidos frente a la materia palpable. Eso explica la expresión “hacer el amor”. ¿Y qué es eso? Los poetas eruditos adultos sabios niños viejos han dado sus propias versiones sobre lo que entienden por amor. Definiciones bellas simples confusas prácticas lógicas abstractas vívidas emotivas absurdas sentidas no logran calificarlo. ¿Por qué? Porque no existe.

Somos capaces de crear. Temporalmente somos dioses; lo somos cuando lo queramos. Las crisálidas del amor juntas dan vida al momento más delicioso placentero exquisito confortable excitante indescriptible sutil deseado: el coito. Allí nuestras únicas diferencias físicas quieren ser iguales uniéndose en la intimidad. Los genitales y los puntos de placer comparten y explotan qué tanta vida pueden dar los sentidos. El amor no tiene cuerpo. Se lo damos cuando lo hacemos: cuerpo y volumen materializan su idea; lo corporeizamos.

¿Necesito “amar” a ese otro para que le demos vida al amor? Si retomamos los conceptos de materia y volumen, de los sentidos y su certificación del entorno, no. Simplemente la unión de los cuerpos parirían ese monstruo y caballero de un mismo cuento. El que no continuemos leyéndolo momentos después de su efusividad locura pericia delicia relatividad lo mataría. Lo individualizaríamos nuevamente en nuestra imaginación para colectivizarlo en una próxima oportunidad.

El amor se convierte por instantes censurables rápidos arrechos repetibles necesarios riesgosos en el autor de su más bella obra, con conceptos y lineamientos de una corriente artística, BodyArt, que utiliza en sus performances cuerpos para manifestarse. El amor es un artista. Y nosotros su inspiración.

miércoles, 21 de febrero de 2007

Canje

¡Cómo es posible! Estas son las vainas que indignan a cualquiera. Cualquiera que aspire a un puesto de trabajo con méritos en demasía, pero que sobran cuando es una fina rosca lo mínimo que se necesita para alcanzarlo.

He participado en complicados procesos de selección donde la decisión está tomada previamente: ¿para qué la disfrazan con los formalismos de “la calidad”? ¿Por qué nos hacen perder el tiempo y una porción de esperanza, cuando en la primera reunión de candidatos no falta quien sobresalga por su tranquila sonrisa o su corta falda? Son tan obvios… y los otros tan miserables…

Pero este caso es el colmo. Fue una coartada muy bien planeada que se descubrió cuando los contratos ya estaban firmados y los puestos entregados. Así es, los puestos, porque aquí no hubo un beneficiario sino dos. Dos personajes que intercambiaron sus oficios como las láminas del álbum del mundial de fútbol.

Parafraseando, el canje se resume así: usted me recomienda a mí y yo a usted, de lo contrario, nos mantenemos en nuestros puestos aunque no nos aumenten la plata por quedarnos. Obviamente el cambio mejoraría la situación de ambas partes: se ganaría experiencia en el cargo y un ajuste económico compensatorio.

A se ganaba $100 en el puesto 1 y lo dejaba si y sólo si le pagaban $150 en la otra parte. Y en el puesto 2, B ganaba $50 e iba a al puesto 1 si y sólo si le pagaban $100. Este negocio se conjuró individualmente entre los directos interesados al darle la disimulada bendición al que llega. ¿Será que las empresas auspiciaron a conciencia esta sinvergüencería? ¿Qué sentido tendría? ¿O será que fueron engañadas sin saberlo? ¿Quién o qué más se ganaría jugando con las sillas?

Este hecho se develó a los pocos días de ambos nombramientos. Un cabo, un lazo y la lógica bastaban para entender esta claridad. Mientras tanto los demás candidatos confiaban en la seriedad de ambas organizaciones, aplicando a los requisitos exigidos y haciendo lo posible por vincularse humildemente por los $100 del puesto 1 y los $50 del puesto 2.

Por eso dicen que la mitad del mundo vive de la otra mitad. Pero ni siquiera esta proporción se equilibra en este caso: se aumentan las oportunidades en el lado de los vivos, distanciándose aún más de los que estamos del otro lado, viendo las injusticias de otros bobos títeres de repuesto.

miércoles, 14 de febrero de 2007

Presiones e impresiones

En mi primera clase de postgrado se enunció una de las leyes que caracterizan al Pensamiento Sistémico. Palabras más, palabras menos, dice: “cuanto más se presiona, más presiona el sistema”. Es decir, cuanto más me esfuerzo la primera vez, más tengo que esforzarme en otra oportunidad.

Si a la mujer que nos gusta la llamamos de manera continua (presión al sistema), nos convertimos en intensos, un adjetivo que se volvió sustantivo por culpa del enamoramiento. El sistema compensa dicha presión amplificando la compensación de la situación a través del desdén de la candidata y su categorización radical del sujeto como ‘cansón’.

Hasta ahora, desde el pregrado en Ingeniería, conocía la tercera ley de Newton que afirma que “a cada fuerza de acción corresponde una fuerza de reacción igual y opuesta”. Por ejemplo, si alguien nos hace un favor quedamos en deuda hasta que lo paguemos en iguales condiciones.

Si a la mujer que nos gusta la dejamos de llamar de manera continua, el sistema se retribuye equitativamente: “si él no me llama, pues yo tampoco lo llamo…”. Tal vez Newton partió de la ley del talión o los humanos volvimos a imponer lo que nos parece justo según la injusticia de los demás sobre nosotros. Así, la misma candidata hace un reclamo disfrazado de curiosidad: “¿por qué no me llamaste?”.

Ambas premisas hablan de una retribución luego de una acción, pero su magnitud de realimentación varía. Es ahí cuando se aprovecha lo mejor de estudiar: ver las cosas desde fuera de lo absoluto. ¿Con qué formulación se comportan “los cuerpos” de este sistema y desde qué perspectiva se “analizaría” una relación sentimental? Ni la sistémica ni la física dan cuenta de ello.

La retroalimentación de este sistema no es consistente. La solución no corresponde a la situación. Los cuerpos o el sistema cambian de lógica cuando los embriaga el amor. Luego de una presión en la otra persona, generamos una impresión de nosotros mismos, lastimosamente desproporcionada para bien o para mal de la verdadera: ‘intenso’ o ‘ingrato’.

Tal vez más adelante la experiencia nos dé herramientas para discernir lo conveniente, para aprender qué causa la explosión o la implosión de un amor. Aunque otro de los postulados del pensamiento sistémico contradiga esta intención: “es verdad que se aprende mejor de la experiencia, pero como las consecuencias de nuestros actos no vienen inmediatamente después de realizarlos, es imposible encontrar la relación”.

El aprendizaje continúa. Y con esta oportunidad de estudio nuevas alternativas de comprender el mundo o el amor vendrán para hacer con él o de él algo mejor de uno.

miércoles, 7 de febrero de 2007

Urbano


¿En qué paradero se subió? ¿Pagó el pasaje? ¿Lo llevaron por $500 por la puerta de atrás? ¿Terminó de vender incienso y se sentó hasta su próxima parada? ¿Por qué él sí pisa los asientos? ¿No le alcanzó para el taxi? ¿Por qué el lado izquierdo? ¿Cumple con la exigencia de “sólo peluches saladitos”? ¿Cómo abrió la ventana? ¿A quién mira por ahí? ¿Comprará Bon Ice en el próximo semáforo? ¿Tendrá calor? ¿Le gusta la música que suena en el bus? ¿Será que se encuentra con el par de burros? ¿También canta las canciones de la emisora? ¿Prefiere que el bus haga los pares? ¿Por qué no le ‘echa los perros’ a la anónima señorita compañera de asiento? ¿En qué piensa mientras cambia la luz a verde? ¿Cómo sería el transbordo si se varara la ruta? ¿Le servirá el MIO? ¿A dónde va? ¿Va tarde? ¿Quién lo espera? ¿Cómo anunciará que se va a bajar? ¿Agradecerá al chofer? ¿Quién es?