El nombre de este artículo se lo debo a Eduardo, amigo de mi hermano Jorge, con quienes salí a practicar ciclo montañismo el fin de semana. Y resume lo que pasó: bajando rápidamente por un empinado sendero, la bicicleta se me resbaló, se clavó y fui a dar al piso.
Cierro los ojos antes de besar al Planeta: el golpe lo recibo directamente en el mentón, siguiendo con los labios, para terminar en la nariz. Di enseguida una vuelta canela ‘de-ladeada’, y terminé sentado más abajo en la cuneta que partía la trocha de tierra colorada en dos. Otro título más amarillista sería: “De jeta contra el mundo”.
Escupí tierra con sangre y luego sangre con tierra. La nariz la sentí hundida, hacia la izquierda. Impresionado, le di un jalón y la enderecé para dejar que un chorro ensangrentado comenzara a fluir. Grité a mi hermano una primera vez, y no sé cuánto tiempo pasó hasta un segundo llamado. Es decir, no sé si pasé inconsciente algunos segundos, porque no recuerdo nada más, sólo los latidos del corazón amplificados en mis oídos.
Todos los hechos que siguieron a continuación fueron registrados en
Déjà Vu, el más largo que he percibido en mi vida. Cada acción ya existía en mi mente, ¡por más de un minuto, increíble!, hasta luego componer mi postura acostándome en la orilla. De ahí para allá, las imágenes son intermitentes.

Luego de una pausa, no había nada más que hacer que subirse a la bicicleta para salir del monte adentro donde nos encontrábamos. Luego de tres horas de recorrido, todavía faltaba una para regresar a la ciudad. Me sentí como Lucho Herrera en la etapa 14 del Tour de Francia de 1985, luego de su caída por el vertiginoso descenso de Saint-Ettiene: se levantó con su rostro ensangrentado para ganar esa etapa y conservar la camiseta de pepas rojas que caracterizaba al mejor escalador de la montaña. En mi caso, las pepas eran de sangre.
Todo el regreso no hice sino lidiar con mi mente satisfecha por la adrenalina. Miles de imágenes comenzaron a pasar como en las películas. Pensaba en todo y en todos: solucioné los enigmas del mundo, supe cómo conquistar a cualquier mujer, resolví la crisis mundial, volví a mis pasadas vidas, inventé los más bellos poemas, predije el futuro y un sinfín de cosas más en pensamientos tan veloces que no los alcanzaba ni la luz. Ahora no recuerdo nada; lo siento.
Evidentemente seguía en
shock, con un estado de consciencia alterado que me mantenía vivo. Supervivencia total. El resto del día lo pasé en iguales circunstancias, encontrando nuevas heridas pero sin dolor.
Saldo a la fecha: rayones en la espalda, dedo pulgar derecho y anular izquierdo estropeados, rodillas con peladuras profundas, mentón raspado, labios inflamados y reventados interna y externamente, una nariz más torcida que antes y, ahora sí, dolores por doquier. La bicicleta está bien. Ojalá la cuenta de lesiones no crezca con el tiempo.
Los gatos tenemos más vidas y Dios nos da la oportunidad para que las sigamos cuidando, aprovechando y disfrutando: gracias.
De cara, a dónde sea, ¡sigo!
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