En las clases de mercadeo de la universidad me dormía sin mayor vergüenza. Tal vez si me hubiera interesado en ellas, vendería mejor mi imagen personal y profesional, y me ahorraría así el consejo que me repiten como frase de cajón: para conquistar a una mujer hay que mercadearse, venderse.
Decir que la publicidad es engañosa es redundante. Las hiperbolizadas imágenes que crea tienta nuestras expectativas y manipula escabrosamente nuestro parecer y sentir. Y caemos. Una y otra vez, caemos.
Dos casos en la radio colombiana, dos imágenes auditivas que trataré describir.
A un señor lo acaban de despedir de su trabajo y llega a su casa buscar a su esposa. Ella está en el baño dándose una ducha mientras él le cuenta lo sucedido. Se escuchan unas risitas, entendiéndose que han comenzado una improvisada escena de amor. Lo siguiente que se oye es: “si tu vida sexual está bien, lo demás no importa”. El producto de Boston Medical Group termina su comercial con unos gemidos sensuales: “Uhm, mi amor…”. ¿Por qué utilizan a la mujer para manipular el ego del hombre únicamente a través de su rendimiento sexual? ¿Por qué la hacen parecer como la víctima de este drama de género y recae sobre el hombre toda la responsabilidad de su desdicha?
Una niña de unos seis años le hace preguntas a su papá sobre las cosas que le rodean. Por ejemplo, “Papi, ¿de dónde crece el pasto?”; y así otras más. Luego le pregunta: “Papi, ¿tu pagas impuestos? En el colegio aprendí que los impuestos son parte de mi futuro”. El compromiso al que nos invita la DIAN con su propaganda radial termina con: “Papi, ¿a ti te importa mi futuro?”. ¿Por qué a una niña le ponen palabras en su boca que no comprende en su contexto a través de la más paupérrima angustia existencial? ¿Por qué obligar a responder afirmativamente, a la que se supone nuestra hija, para que de carambola recordemos nuestro deber de pagar impuestos?
Hay cosas que rayan en el límite.
Lo mejor es no caer. Y si se cae, lo mejor será levantarse antes de que lo compren a uno.
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Decir que la publicidad es engañosa es redundante. Las hiperbolizadas imágenes que crea tienta nuestras expectativas y manipula escabrosamente nuestro parecer y sentir. Y caemos. Una y otra vez, caemos.
Dos casos en la radio colombiana, dos imágenes auditivas que trataré describir.
A un señor lo acaban de despedir de su trabajo y llega a su casa buscar a su esposa. Ella está en el baño dándose una ducha mientras él le cuenta lo sucedido. Se escuchan unas risitas, entendiéndose que han comenzado una improvisada escena de amor. Lo siguiente que se oye es: “si tu vida sexual está bien, lo demás no importa”. El producto de Boston Medical Group termina su comercial con unos gemidos sensuales: “Uhm, mi amor…”. ¿Por qué utilizan a la mujer para manipular el ego del hombre únicamente a través de su rendimiento sexual? ¿Por qué la hacen parecer como la víctima de este drama de género y recae sobre el hombre toda la responsabilidad de su desdicha?
Una niña de unos seis años le hace preguntas a su papá sobre las cosas que le rodean. Por ejemplo, “Papi, ¿de dónde crece el pasto?”; y así otras más. Luego le pregunta: “Papi, ¿tu pagas impuestos? En el colegio aprendí que los impuestos son parte de mi futuro”. El compromiso al que nos invita la DIAN con su propaganda radial termina con: “Papi, ¿a ti te importa mi futuro?”. ¿Por qué a una niña le ponen palabras en su boca que no comprende en su contexto a través de la más paupérrima angustia existencial? ¿Por qué obligar a responder afirmativamente, a la que se supone nuestra hija, para que de carambola recordemos nuestro deber de pagar impuestos?
Hay cosas que rayan en el límite.
Lo mejor es no caer. Y si se cae, lo mejor será levantarse antes de que lo compren a uno.
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