miércoles, 27 de diciembre de 2006

Jo Jo Jo Jo...

Emocionados, María Sofía y Carlos José repetían sonoramente esta bonachona carcajada al recibir los regalos que con anhelo esperaban. Había valido la pena portarse bien.



Y para Papá Noel, desempleado todo el año, ese día fue el más grato laboralmente, el mejor pagado: la sonrisa de esperanza de dos pequeños que junto con él todavía creen en ilusiones que se harán realidad entre tanta mentira en que vive el mundo el resto del tiempo.

Jo Jo Jo Jo…

miércoles, 20 de diciembre de 2006

In memoriam


Lucas: el más fiel felino feroz felpudo.

Adiós amigo.

1997–2006

Miau…




Una canción para ti: "Siempre Fuimos Compañeros", de Donald, cantante argentino de los 70: http://www.youtube.com/watch?v=l-LzonrQS2I
.

miércoles, 13 de diciembre de 2006

Balance final

¿Con qué canción celebramos otro año más en la vida sin llevar la cuenta? La cantamos rodeados de nuestros seres queridos igual que el Happy Birthday, pero en ésta no hay velitas de colores sino estruendosa pólvora. ¡Cuál más podría ser!

¡Ay! Yo no olvido al año viejo,
porque me ha deja’o cosas muy buenas…


Durante los primeros días de diciembre suena ocasionalmente, pero después del 24 se convierte en el himno de quienes cumplimos años (otra vez, literalmente) la noche del 31.

Su recordación se disputa junto con otras populares canciones de fin de año, como la nostálgica “faltan cinco pa’ las doce / el año va a terminar / me voy corriendo a mi casa a abrazar a mi mamá” (Cinco pa las doce, de Los Inmortales y Jaime Gale), o la pegajosa “vamos a brindar por el ausente / y que el año nuevo esté presente” (El hijo ausente, cantada por Pastor López y su Combo), o la guarachosa “La víspera de año nuevo, estando la noche serena…” (Víspera de año nuevo, famosa por Guillermo Buitrago con Los Trovadores), o el jingle de Caracol Radio que con su mensaje “de año nuevo y navidad” formula votos fervientes de paz y prosperidad. Pero por tradición, creo que El año viejo se queda con el primer lugar en nuestras memorias.

¡Mira! Me dejó una chiva,
una burra negra,
una yegua blanca
y una buena suegra…


La autoría de este inolvidable porro es de Crescencio Salcedo y su interpretación más escuchada es de La Integración y Antonio González. Su autor pretendía con esta sencilla letra ir más allá de disfrutarla por su ritmo: apropiarnos de ella para hacer nuestro balance final.

¡Ay! Me dejó una chivita,
una burra muy negrita,
una yegua muy blanquita
y una buena suegra…


Valida lo sembrado, cultivado o cosechado durante el año que termina. La chiva representaría la alimentación del día a día; una burra los beneficios del trabajo; una yegua, la comodidad del transporte del amo; y una suegra (que tal vez no esté tan buena pero sí sea más buena que la hija) la calidez de la familia.

¿Qué cosas nos deja este año? ¿A qué le dimos valor? Sería suficiente con haberlas disfrutado así no sean explícitamente salud, dinero, viajes y amor. Más que sea por rito, esta última medianoche agradezcámoslas y pidamos el deseo de renovarlas y gozarlas a plenitud el siguiente año. Nuestra fe las validará y nuestra firme voluntad las conseguirá.

¡Ay! Me dejó, me dejó, me dejó,
cosas muy buenas,
cosas muy bonitas…


¡Que el bien nos haya!

miércoles, 6 de diciembre de 2006

El hábito no hace al monje

Pasó bastante tiempo antes de querer enmarcar mi diploma luego de graduarme como profesional. Al igual que ahora, en esa época no tenía pared alguna donde colgarlo, pero era justo sacarlo del tubo de cartón antes de que sus dobleces se marcaran aún más.

Me gustó un sencillo marco de madera en la ventana de una marquetería y tipografía. Entré y pregunté cuánto costaba. “¿Para qué lo quiere?”, refunfuñó el viejo vendedor con una mirada desconfiada. “Pues para enmarcar un diploma…”, dije con la obviedad que requiere la necedad.

¡Ah…! Usted quiere el marco del diploma ¿no es así?”. Ahora era yo el que tenía la duda… Me mostró otras molduras con distintos certificados, pero eran demasiado suntuosas. Con la excusa de verlo sobrepuesto en el de madera y de paso quitarme la inquietud creada, le dije: “No tengo el diploma… aquí, digo…”. Con la serenidad de la complicidad respondió: “Tranquilo… ¿De qué lo quiere?”.

Sólo necesitaba mi nombre. Él se encargaría de averiguar los demás datos que un diploma de cualquier carrera y universidad lleva. Aunque ya lo sea, es cierto que no tengo cara de Ingeniero Industrial pero igual le pedí este título. “Claro, se lo hacemos. ¿De qué fecha?”. Asombrado, le dije que luego regresaría porque me estaban exigiendo un tiempo mínimo de experiencia laboral y necesitaba confirmarlo. “Y como descuento, ¡le regalo la enmarcada!” agregó al despedirnos.

Salí especulando qué profesión quería, literalmente, tener. Cualquier ‘cartón’: un diploma enmarcado así lo acreditaría. Me convertiría en el protagonista de Atrápame si puedes, donde Frank Abagnale Jr. se luce con falsos papeles y con lo aprendido en películas clásicas de abogados y médicos. Yo creí que eran cosas del cine. Quién se va a poner en esas, pensaba.

Pues bien, un profesor que me dio clases en mi carrera lo hizo. No creo que haya ido por un título al local que encontré, pero tampoco es necesario hacerlo: basta con presumirlo. Me enteré hace poco en la oficina de información, cuando averiguaba sobre unos cursos y él entregaba la documentación de su inscripción a la Maestría en Ingeniería. Revisando sus papeles la secretaria se extrañó de que la fuera a cursar, pues en su hoja de vida la mencionaba como terminada. Con un tímido tartamudeo dijo: “Usted sabe… Cuestiones de trabajo…”. Tal vez no la haya culminado, algo frecuente en estos exigentes programas académicos, pero mucho cuento es “graduarse” de ellos descaradamente para obtener un empleo.

Cuando me preguntan sobre mi última entrevista de trabajo, les digo que estaban buscando alguien que supiera de tal tema, y que yo había dicho que de esas vainas no sabía (en teoría debería). Todos me dicen: “¡Mucha pelota! ¡Decí que sí sabés!”. He perdido muchísimas oportunidades por andar rodando de sincero por la vida, pero me cuesta detener mi propia inercia existencial. No habrá tamaño babero que limpie mi chorro de babas cuando realmente me enfrente al problema.

Un papel no garantiza que uno sea lo que dice y al mismo tiempo la tentación por aparentarlo es grande. Quienes cuidan su imagen (los vivos) dicen que es tan o más difícil que ser (los bobos). Como todo, posiblemente lo correcto sea equilibrar las capacidades con las potencialidades (los vi-bos) y ser consecuente de nuestros actos: ser y pare-ser. Por eso, más que una pared, busco validar la verdad de mi diploma en una franca posibilidad. Esto no me ha asegurado un salario estable, pero mi consciencia duerme tranquila sin vestir un hábito ajeno o ser un monje ateo.

¿Que si tengo experiencia en transbordadores espaciales…? ¡Por supuesto! En vacaciones solía navegarlos ¡hasta en reversa!, y yo…”.

Definitivamente mi ‘cartón’ seguirá enrollado.

miércoles, 29 de noviembre de 2006

Experiencia laboral

Decisiones, cada día, alguien pierde alguien gana, ave María.
Decisiones, todo cuesta, salgan y hagan sus apuestas, ciudadanía
”.
– Rubén Blades –

Un empleo más para él entre los menos para todos. La entrevista fue perfecta: una sonrisa, una anécdota, una broma; rarísimo. Él supuso que lo vincularon por su perfil, su corbata, su recomendación, su carro. No se dio cuenta de que fueron las hormonas de la jefa las que firmaron el contrato. Y las que lo llevaron junto con ella a una encrucijada definitiva por su trabajo o su amante.

En la inducción las cosas parecían normales. Le llamaba la atención que su jefa lo tratara con generosa cortesía y no sólo con el formalismo que en una transnacional se respira; había algo más, sutil, misterioso. En esos ojos se reflejaba una mujer madura, experta. Él la miraba con el respeto que uno puede tener para con sus superiores, por lo menos hasta cuando se pasa el período de prueba.

Esos dos meses pasaron y se vieron entonces simplemente como un hombre y una mujer. ¿Y quién no se derrite poco a poco ante una retina enamorada? Tanto las funciones como los sentimientos comenzaron a aumentar cada semana. No sabía que ella sentía muchísimo más de lo mismo que él desde su primer día de trabajo: pura atracción. Callaba, disimulaba; finalmente era la jefa. Pero como en el amor no hay letra menuda, éste aprovechó cada quincena que le pagaron puntualmente.

Sacaron adelante los proyectos que el área necesitaba mejorar trabajando juntos casi todo el tiempo. Una buena combinación de perfiles profesionales complementarios, decían los directores inmediatos. Una interesante mezcla zodiacal de signos y ascendentes decían los horóscopos del fin de semana.

Sus cuerpos explotaron el día que trabajaron horas extras actualizando los indicadores semestrales. Un roce de las manos catalizó lo que estaban guardando desde que se conocieron. Sólo tuvieron chance de obedecer a sus instintos. ¡Qué cuentos de gráficas, tablas, fotocopias y carpetas! Besos, caricias, abrazos y aromas. ¡De eso también se trata la vida! Esa noche acabaron juntos: su informe y su pasión.

De ahí en adelante todo lo que hicieron en el trabajo, incluyendo el amor, lo hicieron bien: planeado, ejecutado, evaluado, aplicado. Obviamente en el más excitante silencio. El escritorio fue su apoyo; las agendas dieron paso a sus poses; el aire acondicionado enfriaba su cansancio. Un gesto con la ceja indicaba una visita a la cocina por un café, por algo de azúcar, por algo salado. Ante los ojos de los demás nada sucedía: la jefa y su asistente trabajando, era obvio; ni la chismosa secretaria lo sospechaba.

Pero como no todo es color rosa, la empresa no permite relaciones amorosas entre empleados: es una de las firmes políticas de la compañía. Uno de los dos o los dos, si quieren continuar con su romance, tienen que salir de la organización. Tarde o temprano algún sapo los echará al agua y el riesgo profesional para ambos es alto.

¿Qué hacer entonces? Por favor justo lector voyeur, decídalo usted. Presento tres tentativas opciones para estos amantes:

a) ¿Que ella o él también caigan en la inopia laboral del país renunciando al pan de cada día para vivenciar la libertad del amor por fuera?
b) ¿Arriesgarse a que los despidan miserablemente por expresar la inaguantable ambrosía de sus deseos dentro de la oficina?
c) ¿Cortar de tajo una fuerte y creciente relación pasional y sentimental, para mantenerse a punta de miradas amigables pero lascivas?

¿Qué opción le recomendaría a este fulano y a esta fulana para su historia de amor? ¿O qué otras posibilidades propone usted para que la trama de este escrito continúe o acabe? Permítase dar un desenlace alternativo: tal vez esté escribiendo el final de su propia y actual o futura experiencia laboral.

miércoles, 22 de noviembre de 2006

Causas de muerte

Exposición de fotografía Ruta del Arte
Pontificia Universidad Javeriana Cali
Noviembre 7 al 15 de 2006
Composición Secuencial
Fotografía Digital


Se electrocutó


Se estrelló

Se cayó

Dio papaya

Se atravesó


Se asfixiaron

Se asaron

miércoles, 1 de noviembre de 2006

Más que gramática

«El Dalai Lama califica al amor romántico de “no muy realista”. “Es un simple fantasma que no merece los esfuerzos que se le dedican”, añade».
– Matthieu Ricard –


De vez en cuando escribo SOBRE el amor, pero hace rato que no escribo POR amor cartas, misivas, notas, mensajes para alguien en particular; de esas que se piensan en las noches y se transcriben en las mañanas, que hablan sobre los sentimientos propios ante un lejano correspondido o un cercano indiferente, que transmiten el dolor o la pasión por la apuesta mutua en el juego de dos amantes.

En estos casos, el estilo literario no importa a la hora de decir lo que se quiere. Cursi o coloquial, lo que vale es su intención, su sorpresa o su verdad. La última que entregué, para finalizar una secuencia de romántica prosa, se titulaba “Cupido Card”. Escrita bajo la influencia de El Lado Oscuro de La Fuerza, sin arrepentimiento alguno la rabia del momento precisó:

Beneficiario: D.
Socio: El Marqués.

Flores frescas: $5000. Copa de helado: $14000. Recuerdo de un viaje: $23000. Regalo de cumpleaños: $32000. Descubrir luego, con tus propios ojos, que la mujer que amas te ha engañado: No tiene precio. Hay ciertas cosas que el dinero no puede comprar. Para todo lo demás existe el amor. ¡El puto amor!

Lo bueno de una impresora compartida en una oficina o sala de cómputo es que nos permite conocer el trabajo o la holgazanería de anónimos o conocidos. Cuántas hojas huérfanas quedan a la vista de quienes buscan sus propias impresiones entre el montón de papel acumulado en la máquina. El abandono de sus dueños las convertirá en basura, a menos que un curioso valide su contenido y las adopte para su estudio o su entretenimiento.

Buscando mis papeles en las impresoras de la universidad me encontré con la segunda hoja de la que sería una extensa carta de amor. Sin el permiso de su descuidado y desconocido firmante, resaltaré algunos apartes de su “no muy realista” contenido.

Te propongo que siempre nos escuchemos, que cada día en vez de despertarnos como si fuera otro día, pensar que es el último y ser lo más especiales que podamos el uno con el otro y así podremos con todos los obstáculos que vengan…

… sólo tú y yo tenemos el poder para hacer que esto dure una eternidad, para que nunca nos alejemos uno del otro, afrontando las situaciones de una forma madura…

Anoche soñé contigo. Te extraño a cada momento… te quiero de verdad…

Mi muñequita hermosa, mi todo de verdad… estamos construyendo algo divino, ojalá dios nos permita estar siempre juntos…

Y por último, felices dos meses, el principio de algo increíble… Te amo con toda mi alma. Mateo”.

Está absurda y verdaderamente enamorado. Su discurso promete lo inalcanzable. Su corazón le dictó tales palabras. Su cerebro se apagó momentáneamente. Su cuerpo necesita valerse de tales hipérboles para favorecer prontamente a la evolución. Sus oídos tolerarán cualquier cantaleta o poesía. Sus cálculos están desmedidos en el tiempo. Su almohada está tan rellenita como su amada. Su dios se encartó con tal milagrito. Sus dos primeros meses han sido el estárter de su vida. Su alma le parece pequeña para amarla de esa manera.

¡Bah! ¡Patrañas, nada más!

...

[Silencio]

...

[Suspiro]

...

miércoles, 25 de octubre de 2006

Consecuencias de estudiar

Conmigo, zona”.
-Andrés Caicedo, en su libro El atravesado-


El imperturbable vigilante me respondió en ambas ocasiones lo mismo: “¡Sí señor, es en esa ventanilla!”. Le dije a mi intuición que tranquila: ¿cómo dudar de la autoridad del lugar? Sólo había tres personas en la fila y la primera al cabo de dos o tres minutos se retiró. Breve la vuelta, supuse: terminaría la diligencia antes de que el sol de mediodía me siguiera derritiendo por dentro también. A las 11:23am estaba de primero, con dos personas más atrás mío.

El funcionario público parecía diligente: ya habían pasado más de cinco minutos sin que bebiera su tinto. A las 11:38am habíamos siete personas en la cola detenida. El funcionario recibía, digitaba, corroboraba, enter, imprimía, sellaba. Parecía sencillo, pero se demoraba por la velocidad de respuesta del sistema y el registro adicional en un gran libro verde.

Menos mal la atención era en jornada continua, pensé, al ver cómo seguía llegando gente. Algo de la brisa del aire acondicionado de la oficina se escapaba por la rendija para ayudarme a soportar tal temperatura mientras tanto. No había ido hasta allá para desistir al final. A las 11:53am el demorado tipo en turno le pasó el último documento.

Una gruesa señora de unos 40 trajinados años, de cabello color cobre corto, aretes en candonga plateados, vestido fucsia y sandalias no-sé-por-qué doradas, se hizo al lado mío. Con unos papeles en la mano, me imaginé qué quería con semejante disimulo.

A las 12:04 la señora, muchísimo más rápido que la liebre, saltó a la ventanilla recién desocupada. “Disculpe señora, es mi turno”, le dije prudentemente. “Ay cariño, es solo un momentico… No ve que el señor me mandó desde temprano por una firma y me dijo que viniera por el sellito”. Mi sangre comenzó a hervir con su propio sol.

Sin alzar la voz, le expliqué: “el señor le pidió que volviera, pero no sin hacer la fila”. “Ay, corazón, mire que tengo afán y con este calor ¡cómo voy a hacer esa colísima por un sellito nada más!” Y me dio la espalda, tapando con su rechoncha existencia la salida del fresco aire en su totalidad. Recordé cuánto tardaba “el sellito” y no me aguanté.

Representé la misma escena de Los Simpsons, en la que Homero le responde a Marge con un irónico discurso sobre el contentillo que siente por hacer feliz a quienes han bebido una Llamarada Moe, sin recibir crédito alguno por su invención. Al final Homero le aclara: “Ah, por cierto, estaba siendo sarcástico”.

Siga señora, con todo gusto… ¡Cómo se le ocurre hacer tremenda fila si no se va a demorar…! Usted tiene más afán que las veinte personas que están aquí… Ellas poco importan: ¡Hágale, irrespételas! Usted se ha ganado desde temprano su turno… Señor funcionario, por favor, ¡apúrese, antes de que la pobre viejecita se desmaye esperando el sellito!”.

No necesitaba aclararle nada.

Mientras el asustado funcionario agilizaba el trámite, con un gargajeado “Ghrrrosero" la señora comenzó a sacudir sus rollizos brazos. Sólo veía cantaletear sus protuberantes labios rojos y sentía el vaho de empanada tan añejo y salado como el de sus axilas. Callaba el abucheo de los demás con el ademán de coger su bolso y levantarlo contra ellos, bufando por su pite de nariz para compensar el aire que le faltaba. Creí que de verdad se desmayaría pero de la rabia. La encrespada gallineta, con su madre volada a la mierda por todos los demás, se despidió gritándome: “Uitch… tan estudiado y tan attthhhrrravesado…". Extraña deducción…

¡Por fin mi turno!

Gracias señor. Vengo a reclamar el formulario de registro”. “No joven, es en la ventanilla de al lado… ¡Siguiente!”. La ventanilla de al lado… La misma que había estado vacía todo el tiempo, cuyo horario de atención era de lunes a miércoles hasta las 12:00pm… La misma hora en la que el desentendido vigilante, ¡ese miércoles!, se atragantaba su vianda al fondo de la oficina para seguir trabajando.

¿Cómo estudiar y no resultar un atravesado? Por lo menos no se es un huevón que se deja meter los dedos a la boca de un cualquiera sin fundamento. Excepto, claro, de un confiable e ignorante portero.

Ah, por cierto, no estaba siendo sarcástico.
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miércoles, 18 de octubre de 2006

Entre copas

"Los niños y los borrachos dicen siempre la verdad".
- Dicho popular -

Hace poco salí con mi amigo del colegio a quien no veía meses atrás, luego de que se agarró a pitar incansablemente frente a mi casa. Con el sueño de mi siesta a cuestas, al subirme al carro me di cuenta de que la vuelta iba para largo y ojalá tuviera pronto retorno. Fuimos a toda velocidad donde algún conocido de él y allí estaban otros dos compañeros del salón. Era domingo, tres de la tarde, y juntos habían bebido desde el viernes sin parar.

Vos sos mi amigo…”. Con los cinco sentidos intactos esta afirmación sería tácita entre nosotros y hasta ridícula en esta época, lejana ya de los juegos en que nos “ajuntábamos” con la misma facilidad con que nos “desajuntábamos”. Pero con el hígado pasmado en no sé cuántos grados de alcohol, se convertía en el grito de batalla que ratificaba al mundo nuestra amistad en contra de la distancia y el tiempo. “¡Salud!”.

El anónimo anfitrión de la fiesta ya estaba en otra realidad tan inimaginable como la que había dejado al dormirse. Mi amigo fue a la cocina a comer con la mano un guardado olvidado en la nevera de cuándo hace. Y mis dos compañeros recordaban con precisión hechos de hace más de 10 años atrás, traídos a colación a pesar de su tartamudeo. “Te acordás cuando estábamos en… y entonces fuimos…”.

Después de la primera copa que me echaron literalmente encima, seguí recibiendo por las buenas las copitas de la recién abierta botella de ron. Cada cuento se acompañaba por sonoras carcajadas de historias vividas, en su mayoría, en total sobriedad. El disgusto por el aliento de guayabo y trasnocho cerca de mi cara no mermaba, mientras escuchaba la purga de sus cerebros y corazones. “Yo te quiero mucho porque sos una gran persona…”.


Al acabarse la segunda botella, pretendieron continuar con una de vodka. Todavía con algo de cordura, justifiqué que nos caería mal y que nos dañaría el resto de la celebración. “No se diga más: plata para la de ron”. Un botello-tón exitoso. Logré convencer a la terquedad de mi amigo para que me diera las llaves y luego me convencí a mí mismo de que podía conducir cuidadosamente su carro con mi naciente borrachera.

Encontramos un estanco y luego fuimos por unas amiguitas de él, que se apretujaron con los otros dos compañeros en el asiento trasero. Luego de dar vueltas por la ciudad y escuchar música a todo volumen fue suficiente para mí. Con una firme excusa conduje hasta mi casa, le confié a mi amigo su auto y me despedí de todos. Luego me enteré de que siguieron bebiendo, que fueron a un motel y que mi amigo, a pesar de su futuro matrimonio, se acostó con una de esas niñas, la del tierno rostro angelical.

No supe qué celebraban. Cualquier cosa habría sido un motivo para tremenda francachela. La amistad, por ejemplo, en ese y en cualquier momento más invaluable que siempre. In vino veritas, dice una frase del latín. La verdad en el vino, traduce. El hombre es expansivo cuando ha bebido, significa.

¿Una copa?


miércoles, 11 de octubre de 2006

Pura coincidencia


El amor entre dos personas es fundamentalmente una coincidencia, dos vidas que se cruzan por casualidad en el momento y en las circunstancias precisas”.

– Robert H. Hopcke –

[…]

En quinto de primaria, una bonita niña llamaba mi atención entre las demás compañeritas de salón. En grado sexto mezclaron los grupos y quedamos separados a lo largo de todo el bachillerato. Luego de la graduación, perdimos el rastro. Ahora, 10 años después de la última vez que nos vimos y 16 de que jugábamos en el colegio, nos contactamos por una casualidad por correo electrónico. Ella vive en otra ciudad y cuando nos hemos querido encontrar, alguna pequeñez lo ha impedido durante casi un año que lo hemos intentado.

[…]

¿Se imaginan al aeropuerto El Dorado un lunes festivo en la noche en el muelle nacional? La gente pareciera reproducirse mientras espera un avión y el caos aumenta con algún retraso o una maleta extraviada. En ese bullicio, encontrarse con la mujer que vale el amor de toda la historia, es una grata coincidencia. En medio del ajetreo, nos saludamos y nos despedimos con el afán que la multitud nos imponía por dejar del lugar. Esa semana la llamé para salir a tomar un café y seguir escribiendo nuestra historia, pero me dijeron que había viajado para realizar su doctorado. No me dijo nada. Esa vez fue la última vez que la vi.

[…]

Siempre he pensado en lo curioso e incómodo que resultaría que la ex de uno se encuentre por suerte y sin saberlo con la actual pareja, y comience el natural chismorreo entre mujeres. Por lo general, inicialmente esto se da anónimamente al intercambiar experiencias íntimas buenas y malas de sus pasadas relaciones, para luego atar cabos y sorprenderse de que el protagonista de sus orgasmos o sus lágrimas es el mismo hombre. En estos momentos mi ex almuerza en la casa de otra de las mujeres por quien uno abandonaría el futuro y, según sé, aún no lo saben. Y espero que así lo sea.

[…]

Hace un año conocí a una amiga de mi amigo. El muy tacaño se demoró en presentármela porque, supongo, él estaba detrás de ella. Inteligente, bonita, elegante… yo tampoco se la hubiera presentado. Lo cierto es que mi interés por ella no fue un vendaval y sólo un par de veces la volví a ver. Cuando le conté a mi amigo que quería pretenderla, me contó que viajaría a Bogotá. Había aceptado un trabajo y nos invitaba amablemente a su despedida. Creo que casualmente ella también empacó mi aletargado impulso.

[…]

Cuando regresé para instalarme nuevamente en la ciudad y con la intención de formalizar la relación que había quedado truncada por mi intempestivo viaje, me encontré con tremenda coincidencia. La llamé por sorpresa para vernos y todo lo demás. Palabras más, palabras menos, le dije: “Hola, ya llegué. ¿Nos podemos ver?”. Y ella respondió casi por reflejo: “Me voy mañana a trabajar donde estabas”. Los caminos se cruzaron y nuevamente nos separamos, sin esperar mayor cosa para cuando termine el juego del gato y el ratón.

[…]

Hace dos años una entrometida amiga insinuó presentarme a una de sus compañeras de estudio "disponible". Con la dejadez que acompaña todo recién rompimiento (salvo el de mi ex, que disfrutaba de los preparativos de su matrimonio) no acepté tal invitación y no volví a hablar del tema. El otro día me pidió el aburrido favor de acompañarla a visitar a su amiguita que estaba enferma. ¡¿Cómo iba a ir a la casa de una desconocida a fingir mi pesar por su convalecencia?! Por casualidad el sitio de encuentro cambió y con algo menos de tedio la llevé al lugar. Excepto su novio, ¡qué belleza de mujer! “¡Ough!”, me dije. Lo bueno es que el azar no existe. ¿O sí?

[…]

miércoles, 4 de octubre de 2006

De regreso a clase

Ver tantas herramientas en una ferretería alborota mi antojo por tenerlas. Desconozco el uso de la mayoría de ellas, pero en mi imaginación sé que las necesitaré algún día. ¿Para qué? Para algo servirán. Las pocas que paulatinamente he comprado están bien guardadas, pero cuando las uso, muy eventualmente, lo hago con el gusto de saber que son mías y que las puedo utilizar aunque sea para apretar media vuelta un tornillo cualquiera. Igual me pasa en una librería. El detalle es saber cómo y cuándo, como paso avanzado del conocimiento.

Pues bien, bajo esta premisa me inscribí a un seminario taller, con la convicción de que tal temática, desde su técnica, me ayude más adelante a solucionar hipotéticos problemas en hipotéticas empresas que hipotéticamente me contraten para ello. Desde hace tiempo quería hacerlo (y no sólo en ese tema, claro está), pero la incertidumbre giraba en torno al costo de dichos cursos, la oportunidad de aplicarlos y la afinidad personal por ellos. Toda esta disertación sentará sus bases solamente tomando el curso y evaluándolo cuando llegue tal hipotético día. Sería como comprar una guaya flexible para mototool de ½”: inicialmente parecería un gasto, pero cuando la requiera habrá sido una inversión.

Ahí estaba yo, en mi primera cátedra. Nuevamente en un aula de clase, mejor equipada que las de otros tiempos, y lejos de parecerse a los cafés, donde también aprendo más de la vida misma con una buena charla (la catalogo igualmente como educación no formal). Tenía más emoción que expectativas por la curiosidad de algo nuevo, en saber qué más hay detrás de una vaga idea de un tema de mi carrera como Ingeniero Industrial. Mi atención estaba puesta en las diapositivas y en los ejemplos de un experto en la rama. La necesidad de aprendizaje de mis compañeros estaba manifiesta, y con ella participaban activamente desde su vivencia diaria en casos específicos. Yo, atento, escuchando, aprendiendo.

Volver a clase luego del pregrado es extraño. Con unos años encima y desde la experiencia laboral (en mi caso, un recuerdo de trabajos anteriores) uno valora más el aceptar que los conceptos teóricos no se parecen en nada a la realidad de los empleos; uno goza más la oportunidad de aprender desde algo tangible y no desde lo que el libro o el profesor dicen. Y claro, uno es consciente de que es la plata de uno la que paga el curso.

Es mágico el hecho de aprender cosas nuevas cuando son los años los que pulen el interés en algún campo de la vida. ¿Cómo será tomar el diplomado en Fotografía, o esa maestría en Historia, o la especialización en Bioética, o el Doctorado en Recursos Humanos, u otra carrera como Ingeniería Genética o una licenciatura en Literatura? Lejos claro, para mi profesión, de la consabida especialización en Finanzas, Mercadeo o Calidad, que tampoco me aseguran que mi situación laboral mejore. Ante tal incertidumbre y con la posibilidad de darme gusto, confiando en Dios espero escoger entre las primeras opciones. ¿Para qué...?

Por ahora, al terminar el seminario tendré una guaya flexible para mototool de ½”. Luego me hará falta comprar el mototool. Para algo servirá…

miércoles, 27 de septiembre de 2006

Un salpicón, por favor

Gracias, señor…

▪ “Va a ver que no se arrepiente. Recién hecho, fresquito”.

¡Está frío…! El jugo… [Sbbbhhh…] está en su punto… De naranja… Con este calor… ¡Ah…!

▪ Compra una arroba de hielo cada mañana. El bloque le dura todo el día.

Piña… Qué dulce está… [Humm…] Acá hay otro pedazo más grande…

▪ A la madrugada escoge en la galería las frutas regateando los mejores precios.

Suavecita… Una colorida papaya… [Humm…] Bien madura…

▪ “Lo difícil no es picar la fruta, sino pelarla”. Le toma mucho tiempo.

[Sbbbhhh…] Tal vez que sobraba la leche condensada… No… [Humm…] ¡Lo mejoró…!

▪ A medida que se vuelve aguado, le agrega “el espeso” de un tanque con la fruta cortada.

[Ñam Ñam Ñam…] Esto me sabe a… ¡Guanábana…! Rara combinación… Pero rico…

▪ “Es muy cara, a dos mil la libra. Eso sí, da buen sabor. Cuando se puede, la compro”.

¡Mango...! [Humm…] Cómo huele… Qué delicia… [Humm…] ¡Qué amarillo, ¿no?!

▪ Puede montar su carreta de venta en cualquier parte. Aunque ahora tiene “un buen local”.

¡Uy, no…! Este banano está redulce… Magulladito… Aquí hay más… [Humm…]

▪ “A la gente le parece caro. $1000 ese vasote con cuchara y todo… Lo quieren es regalado”.

[Sbbbhhh…] Refrescante… Un tanto ácido… [Glu Glu Glu…] ¡Ah!

▪ La tajada de piña cuesta $500; grande, a $600. La de papaya y sandía, $1000. La fruta entera,
según el tamaño.

¿Qué si me gustó? Está buenísimo…

▪ “Gracias a Dios me da pa’ el sancocho. Y pa’ mis hijos”.

[Burp…]

▪ Su señora le ayuda con los pagos. “Las mujeres son las de la plata”.

Otro, por favor…

▪ “Mija, otro bien poderoso pa’ Don Marqués. Y una servilleta, pa’ que se limpie”.

¡Gracias…!



miércoles, 20 de septiembre de 2006

Bajo un árbol la encontré

Siempre he pensado que en el amor no hay parejas, ni triángulos amorosos, sino una fila india donde uno quiere al que tiene delante, y éste a su vez al que tiene delante de sí y así sucesivamente, y el que está detrás me quiere a mí y a ése lo quiere el que le sigue en la fila y así sucesivamente, pero siempre queriendo a quien nos da la espalda. Y al último de la fila no lo quiere nadie.
– Antonio, en Rosario Tijeras, de Jorge Franco –

El disciplinado sol hacía apenas un rato acababa de desayunar. En el lugar no había nadie más a esa hora: sólo ella sentada bajo un árbol gigante. El pobre grandulón se quedó con las ganas de coquetearle lanzándole sus kamikazes hojas cargadas de rocío. El viento, su gélido compinche, llegó tarde a nuestra cita y con la pereza mañanera de un día cualquiera no pudo hacerle cuarto a sus intenciones.

Bella como la primera vez y las sucesivas veces hasta la última vez… Les recuerdo a los lectores de esta bitácora esa amarga escena: “ella riendo con él tomados de la mano y viniendo hacia mí” (Por no creer, tuve que ver). Pero bueno, cosas del pasado pasadas luego de Una in-esperada llamada.

Saludo tradicional.
Beso en la mejilla.
Abrazo prudente.
Aroma exquisito.
Mirada sorprendida.
Voz firme.
[…]

La magia es infinita, es eterna, es verdad. Existe al apreciar el Universo y su belleza y simplemente confiar en que lo correcto nos es dado en abundancia, y ella hacía parte de mi mundo en ese momento para volver a empezar.

A mí no me gusta que me hablen contemplado, si los hombres supieran lo maricas que se ven cuando se ponen de romanticones... por eso es que me gusta Emilio, porque es seco, como un carbón”.
– Rosario, ibídem

Después de tanto tiempo volvió a mis manos el libro que le había prestado, Rosario Tijeras. El trueque se hizo efectivo a cambio de una caja de chocolates comprada para la ocasión. Claro, ella obviamente no esperaría encontrar una carta en el relleno de cada bombón, pero yo sí quería ver una misiva suya entre las páginas que había manoseado leyendo el libro (por cierto, le deshojó la 185-186). Creo que primero se comería uno de mis Post-It en el caramelo antes de que alguna nota cayera del improvisado abanico lírico escrutado en cada pliegue… Nada… Como la ilusión: esperar lo inesperado.

Una pizca de canela sazonaba un café de máquina que compartimos y las palabras dejaron atrás una de las tantas vidas que toman a su paso reencarnando en una nueva. Una sonrisa imprevista, una accidental caricia, un comentario adrede… Instantes que no perpetuaban el ayer, sino que se gozaban a plenitud, como si mañana ella se llevara consigo el libro que aún no he escrito.

Verla sonrojarse por una pequeñez es una de las formas más bonitas en que ahora la recuerdo hasta una próxima vez bajo otro árbol probablemente. Pepe Le Pew, en una de las persecuciones a su huidiza gatita, dice: “el amor tiene la forma de corazón”. Totalmente.

Palabras de amor […] que preparaba para decírselas algún día […] en el tono marica y romanticón que a ella tanto la molestaba. ¿De qué otra forma se puede hablar de amor?
– Antonio, ibídem