miércoles, 28 de marzo de 2007

¿Sí señor?

No sé si será una definición de administración empresarial o una expresión común entre la población norteamericana. Los empleados o las personas absolutamente sumisas responden a cualquier petición de una autoridad superior diciendo: “Yes, sir”. Así, a este tipo de personas se les conoce como “yes-sir man”.

En la milicia es normal: un soldado que cumpla las órdenes impuestas por jerarquía independientemente de sus consecuencias. De ahí se valen para justificar sus acciones cuando algo resulta mal: cumplían con lo cometido por sus (entre ellos se habla de “mi sargento, mi capitán…”) superiores de mayor rango. “¡Sir, yes sir!”.

¿Se imaginan este mismo comportamiento en el mundo laboral? En un primer caso no creo que el jefe, por más autoridad que posea, asuma las consecuencias fatales de su equipo de trabajo. Por su cargo se exime del problema echando la culpa (ya no trasladando la responsabilidad) a todos los que participaron en el proyecto. Porque nosotros, como empleados, no tendríamos vergüenza (ni personal ni profesional) para responder tranquilamente “yo estaba cumpliendo las órdenes de mi jefecito… despídanlo a él… no a mí”.

Un segundo caso, más triste y grave todavía, es el de un empleado que no cuestiona nada de lo que está haciendo. Una obediencia debida, un sacramentum fidelitatis, un “yes, Master” de Darth Vader ante Tarkin, que en vez de facilitar los procesos de trabajo puede complicarlos al hacer algo porque sí, porque toca, porque se lo piden. En estos casos no hay malicia indígena, sentido común o razonamiento alguno que aporte al desarrollo de cualquier proceso. No se trata de respeto o nobleza, se trata de ingenuidad.

Ser “desobedientes” nos permite conocer más de nosotros, de los demás y de lo que estamos aclarando. A muchos esto no les conviene: su poder tambalea cuando alguien pregunta por qué o para qué, y su imagen se opaca si no hay respuesta cuando una pregunta desnuda su humildad. Un jefe como Wateson, director del periódico donde trabaja Peter Parker, no tolera que se cuestione su cargo y acumulará su molestia hasta cuando tenga oportunidad de deshacerse de tremenda piedra en el zapato.

Esos empleados yes-sir serían el personal de trabajo para la empresa de un ex jefe mío, que no permitía pregunta alguna porque consideraba que si se les daba la oportunidad de pensar a sus empleados, la embarraban. Por eso se limitaba a dar instrucciones claras con la seguridad de recibir únicamente un “sí, señor” como respuesta. Un día pregunté “¿por qué?” (como si hubiera dicho “no señor”) y el resto de la historia es fácil de imaginar.

miércoles, 21 de marzo de 2007

Desde arriba

En la pasada clase de Gestión Tecnológica, conocimos a un empresario de Buga que produce su propio modelo patentado de fuselajes de avionetas comerciales. En su charla mencionó una expresión bastante llamativa: “al volar estamos por debajo únicamente de Dios, pero por encima de muchísimos hachepés”.

Hace dos años volé en parapente 30 temerosos y asombrosos minutos. Luego de aterrizar y con las manos aún temblando por la excitación de hacerlo, escribí estas líneas que hablan de mi afortunada experiencia:

¿Qué hubiera perdido? ¿Ganado?
La oportunidad de saberlo.
Y ahora que la aproveché, no lo sé.
Aposté sin saber a qué y la vida me invita a seguir jugando.

Efectivamente uno se siente grande y pequeño a la vez, agradecido de volver a tierra pero inquieto por regresar al aire. Humilde y pedante posición que uno vive momentáneamente a causa de la velocidad y la relatividad desde las alturas. Por algo ha sido y será desde siempre el sueño de la humanidad.

De vez en cuando Mora salta a la ventana para alimentar su hambriento instinto de curiosidad. Cuando lo hace, me abstengo de acercármele para evitar cualquier movimiento involuntario hacia el vacío. Y cuando se baja, me tranquilizo al verla arrunchada en la alfombra o en cualquier otro lado del apartamento que represente menos riesgo que el de una delgada (y a veces mojada) cornisa.

Y es ahora cuando mi curiosidad comienza a bostezar. ¿Por qué allí? ¿Por qué no allí? Es interesante preguntárselo (no a ella, por supuesto) para descartar posibilidades sobre su proceder: cuando está o no prendido; cuando está o no tibio después de funcionar; cuando hay alguien o no en la habitación; cuando nos dice que es hora o no de comer; cuando es de noche o de día; cuando hace frío o calor; cuando está lamiéndose o durmiendo. ¿Pero por qué encima del televisor?

Una respuesta más consistente surgió cuando veía-mos (con su cola peluda en la mitad de la pantalla) la historia de un guepardo en el África: los árboles eran su lugar de descanso. Recordando otros programas similares, las imágenes de cualquier felino siempre lo han mostrado trepado en algún tronco. Es más, es una escena recurrente en cualquier historia donde haya gatos de por medio. ¿Dónde estaba, acaso, el gato de Cheshire cuando se le apareció a Alicia?



No es una avioneta o un parapente. Es un televisor. Ella se siente poderosa viendo desde arriba lo que somos acá abajo. Es parte del exclusivo misterio gatuno. ¿O dónde se acuesta su perro cuando usted ve televisión? ¡Merecido lo tiene por perro!

miércoles, 14 de marzo de 2007

Croac

En el primer semestre marqué el rumbo de mis relaciones académicas-sociales ante el resto de compañeros hasta el final de mi carrera. En una exposición individual cuestioné airadamente el comportamiento de todo el grupo, reclamando por su atención y su respeto en clase. Mi demanda fue demasiado efectiva, tanto que los siguientes semestres continué como comencé: solo.

Esa palabra, “solo”, evolucionó por selección natural hasta convertirse en un mejor referente de mi conducta: ‘sapo’. Había que adaptarse a las condiciones cambiantes y exigentes de ese medio universitario, logrando así una mutación algo verdosa con la firme intención del camuflaje. Y lo hice.

No hubo clase en la que no preguntara, respondiera o participara con algún aporte al tema en discusión para el interés de los presentes. También reía y molestaba con mis pocos buenos amigos, porque creo que la radiación no me alcanzó para evolucionar en un ñoñus mamertus. Parecía, pero no lo era, pues de lo contrario ¿cómo hubiera podido perder materias o cabecear de sueño en casi todas las clases? Y con El Clavo mi naturaleza se condicionó a expresar libremente una posición alternativa frente al entorno. Yo era (o soy) un buen sapo.

Así pasó el tiempo y me gradué. Creí que mutaría nuevamente en el medio laboral (¡de pronto a lagarto!) pero no fue así. En la oficina que estaba seguí saltando, croando –digo– criticando objetivamente todo proceso que necesitara mejorar. Pero a las demás especies no les conviene eso, que un sapo cuestione lo que hacen perezosas marmotas, miedosas ratas, viejos dinosaurios, infinitos parásitos, dudosos camaleones, solapados perros, sagradas vacas, bulliciosas cacatúas, prestas zorras, negligentes pavos reales o chismosos buitres. Por eso aún busco un buen charco.

En estos días unos adolescentes (enormes, de esos criados con concentrado) de mi conjunto se estaban metiendo por el balcón al apartamento de una muchacha (tentadora, de esas nacidas maquilladas a la moda) donde no había nadie esa noche. Pasé justo en ese momento y di aviso al vigilante, pues hacía poco unos ladrones habían entrado al edificio. Éste los sorprendió in fraganti y me llamó para que atestiguara y poder multar así a sus padres por infringir el reglamento residencial. ¡Ah, vaina! ¡Tenía que hacerme ir-responsable de tal acusación…! ¡Ante semejantes gorilones…!

Es aquí cuando uno se cuestiona su papel en esta sociedad: entre tantos enemigos naturales, ¿vale la pena ser un sapo… vivo o muerto?

Mientras contestan, ¿sabían que ‘sapo’ es la voz prerromana de origen onomatopéyico por el ruido que hace este anfibio al caer en un charco o en tierra mojada?

Me voy…

[SAP…]

miércoles, 7 de marzo de 2007

Guerra Fría

Arduo amor ni ganado ni perdido
batalla sin derrota y sin victoria
”.
– Meira del Mar –

-“¿Me escuchas?”, gritaba él. El Muro le respondía de por medio con su eco.
-“¡Sí, te escucho, pero no te entiendo muy bien!”, le respondía ella aguzando sus sentidos entre tanto bullicio del otro lado.

Su comunicación era permanente. Desde hacía tiempo atrás, creía escucharla cuando el viento le arrastraba su voz, y a partir de eso le respondía creando un diálogo nunca fidedigno. Hablaban de todo en sus tácitos encuentros solitarios.

-“¡He pensado mucho en ti!” Luego de unos segundos esperando su respuesta, él volvía a decirle a su amada antes de despedirse: “¡No dejo de pensarte!” No sabía si ella lo escuchaba, no podía verla, nadie le confirmaba si aún estaba allí presente.

Estaban limitados por la fortificación de tamaño hormigón. Se había construido como medida preventiva para evitar sus propias tentaciones. Cuando se conocieron no había nada que los separara, pero lentamente se fue erigiendo piedra-de-duda tras piedra-de-duda, y la rutina del tiempo se encargó de sedimentar a la amistad en sólido concreto.


-“¡Te quiero!”, le declaró un día con todas las fuerzas de su voz.
-“¡Yo también! Siempre será así… Pero nada más”, le respondió ella con seguridad.
-“¿Siempre será así?”, le preguntó él. “¿Por qué? ¡Yo quiero amarte! ¡Estar contigo!
-“¿Por qué me lo dices apenas ahora? Yo, acá, ya tengo novio… ¿Creí gritártelo una noche? En verdad, lo siento mucho…”.
-“Pensé que era un mal rumor del viento…”, sollozó golpeando tremenda estructura.

Entonces él derrumbó el muro de 4m de altura y 47Km de largo que los separaban, pero era tarde. Ella no tuvo necesidad de construir base alguna para estar con otra persona. La caída del Muro acabó con su romántica Guerra Fría, en la que ninguno de los dos fue capaz de hacer algo por ganarla o por perderla contundentemente. Ambos eran libres ahora, sin nada que los aislara, pero también eran presos del sentimiento por no haber hecho algo inicialmente por superar su cobardía de no arriesgar su férreo aprecio por un suave amor.

Algún día, quizás… Aunque ya para qué…

miércoles, 28 de febrero de 2007

Amar es corporeizar

"El cuerpo es inmortal porque es mortal"
– Octavio Paz –

Todos nuestros miembros son reales porque nuestros sentidos los validan. Lo demás, lo que no pasa por esa fuente y filtro de información, sólo nos resta creerlo. Verdad libertad miedo alegría belleza tristeza fe amistad confianza odio inteligencia piedad esperanza.

Así, si la existencia se determina por la materia y si todo lo demás está en nuestra imaginación colectiva individual heredada aprendida, el amor desaparecería de la realidad. Rodolfo Llinás desarrolla una idea sobre el tema en El Cerebro y el Mito del Yo, soportada con sus trabajos científicos e investigaciones sobre la funcionalidad y fisiología de nuestro cerebro. Y lo afirmó categóricamente en una entrevista por televisión: el amor no existe.

Él y ella, colectivamente y desde lo plural: pies talones tobillos pantorrillas rodillas muslos caderas nalgas hombros brazos codos antebrazos muñecas manos dedos orejas labios mejillas cejas pestañas ojos párpados; desde lo singular: abdomen columna ano pecho espalda cabeza nariz boca. Individualmente, él tetillas testículos pene; ella senos pezones vulva. Las características físicas externas que nos hacen diferentes son las de mayor interés sexual ¿Coincidencia?

El cuerpo, extensión limitada que produce impresión en los sentidos por cualidades que le son propias, se convierte en el medio que el amor necesita para hacerse evidente. ¿Pero le bastaría con vivir solo en el hombre o en la mujer? Parece que no. Un cuerpo le queda corto: necesita como mínimo dos para caber. Su volumen se despliega en la medida que le den más cuerpos para habitar. Su masa se alimenta de la unión de las cosas para subsistir.

Su etérea vida se reconoce en la interacción de los sentidos frente a la materia palpable. Eso explica la expresión “hacer el amor”. ¿Y qué es eso? Los poetas eruditos adultos sabios niños viejos han dado sus propias versiones sobre lo que entienden por amor. Definiciones bellas simples confusas prácticas lógicas abstractas vívidas emotivas absurdas sentidas no logran calificarlo. ¿Por qué? Porque no existe.

Somos capaces de crear. Temporalmente somos dioses; lo somos cuando lo queramos. Las crisálidas del amor juntas dan vida al momento más delicioso placentero exquisito confortable excitante indescriptible sutil deseado: el coito. Allí nuestras únicas diferencias físicas quieren ser iguales uniéndose en la intimidad. Los genitales y los puntos de placer comparten y explotan qué tanta vida pueden dar los sentidos. El amor no tiene cuerpo. Se lo damos cuando lo hacemos: cuerpo y volumen materializan su idea; lo corporeizamos.

¿Necesito “amar” a ese otro para que le demos vida al amor? Si retomamos los conceptos de materia y volumen, de los sentidos y su certificación del entorno, no. Simplemente la unión de los cuerpos parirían ese monstruo y caballero de un mismo cuento. El que no continuemos leyéndolo momentos después de su efusividad locura pericia delicia relatividad lo mataría. Lo individualizaríamos nuevamente en nuestra imaginación para colectivizarlo en una próxima oportunidad.

El amor se convierte por instantes censurables rápidos arrechos repetibles necesarios riesgosos en el autor de su más bella obra, con conceptos y lineamientos de una corriente artística, BodyArt, que utiliza en sus performances cuerpos para manifestarse. El amor es un artista. Y nosotros su inspiración.

miércoles, 21 de febrero de 2007

Canje

¡Cómo es posible! Estas son las vainas que indignan a cualquiera. Cualquiera que aspire a un puesto de trabajo con méritos en demasía, pero que sobran cuando es una fina rosca lo mínimo que se necesita para alcanzarlo.

He participado en complicados procesos de selección donde la decisión está tomada previamente: ¿para qué la disfrazan con los formalismos de “la calidad”? ¿Por qué nos hacen perder el tiempo y una porción de esperanza, cuando en la primera reunión de candidatos no falta quien sobresalga por su tranquila sonrisa o su corta falda? Son tan obvios… y los otros tan miserables…

Pero este caso es el colmo. Fue una coartada muy bien planeada que se descubrió cuando los contratos ya estaban firmados y los puestos entregados. Así es, los puestos, porque aquí no hubo un beneficiario sino dos. Dos personajes que intercambiaron sus oficios como las láminas del álbum del mundial de fútbol.

Parafraseando, el canje se resume así: usted me recomienda a mí y yo a usted, de lo contrario, nos mantenemos en nuestros puestos aunque no nos aumenten la plata por quedarnos. Obviamente el cambio mejoraría la situación de ambas partes: se ganaría experiencia en el cargo y un ajuste económico compensatorio.

A se ganaba $100 en el puesto 1 y lo dejaba si y sólo si le pagaban $150 en la otra parte. Y en el puesto 2, B ganaba $50 e iba a al puesto 1 si y sólo si le pagaban $100. Este negocio se conjuró individualmente entre los directos interesados al darle la disimulada bendición al que llega. ¿Será que las empresas auspiciaron a conciencia esta sinvergüencería? ¿Qué sentido tendría? ¿O será que fueron engañadas sin saberlo? ¿Quién o qué más se ganaría jugando con las sillas?

Este hecho se develó a los pocos días de ambos nombramientos. Un cabo, un lazo y la lógica bastaban para entender esta claridad. Mientras tanto los demás candidatos confiaban en la seriedad de ambas organizaciones, aplicando a los requisitos exigidos y haciendo lo posible por vincularse humildemente por los $100 del puesto 1 y los $50 del puesto 2.

Por eso dicen que la mitad del mundo vive de la otra mitad. Pero ni siquiera esta proporción se equilibra en este caso: se aumentan las oportunidades en el lado de los vivos, distanciándose aún más de los que estamos del otro lado, viendo las injusticias de otros bobos títeres de repuesto.

miércoles, 14 de febrero de 2007

Presiones e impresiones

En mi primera clase de postgrado se enunció una de las leyes que caracterizan al Pensamiento Sistémico. Palabras más, palabras menos, dice: “cuanto más se presiona, más presiona el sistema”. Es decir, cuanto más me esfuerzo la primera vez, más tengo que esforzarme en otra oportunidad.

Si a la mujer que nos gusta la llamamos de manera continua (presión al sistema), nos convertimos en intensos, un adjetivo que se volvió sustantivo por culpa del enamoramiento. El sistema compensa dicha presión amplificando la compensación de la situación a través del desdén de la candidata y su categorización radical del sujeto como ‘cansón’.

Hasta ahora, desde el pregrado en Ingeniería, conocía la tercera ley de Newton que afirma que “a cada fuerza de acción corresponde una fuerza de reacción igual y opuesta”. Por ejemplo, si alguien nos hace un favor quedamos en deuda hasta que lo paguemos en iguales condiciones.

Si a la mujer que nos gusta la dejamos de llamar de manera continua, el sistema se retribuye equitativamente: “si él no me llama, pues yo tampoco lo llamo…”. Tal vez Newton partió de la ley del talión o los humanos volvimos a imponer lo que nos parece justo según la injusticia de los demás sobre nosotros. Así, la misma candidata hace un reclamo disfrazado de curiosidad: “¿por qué no me llamaste?”.

Ambas premisas hablan de una retribución luego de una acción, pero su magnitud de realimentación varía. Es ahí cuando se aprovecha lo mejor de estudiar: ver las cosas desde fuera de lo absoluto. ¿Con qué formulación se comportan “los cuerpos” de este sistema y desde qué perspectiva se “analizaría” una relación sentimental? Ni la sistémica ni la física dan cuenta de ello.

La retroalimentación de este sistema no es consistente. La solución no corresponde a la situación. Los cuerpos o el sistema cambian de lógica cuando los embriaga el amor. Luego de una presión en la otra persona, generamos una impresión de nosotros mismos, lastimosamente desproporcionada para bien o para mal de la verdadera: ‘intenso’ o ‘ingrato’.

Tal vez más adelante la experiencia nos dé herramientas para discernir lo conveniente, para aprender qué causa la explosión o la implosión de un amor. Aunque otro de los postulados del pensamiento sistémico contradiga esta intención: “es verdad que se aprende mejor de la experiencia, pero como las consecuencias de nuestros actos no vienen inmediatamente después de realizarlos, es imposible encontrar la relación”.

El aprendizaje continúa. Y con esta oportunidad de estudio nuevas alternativas de comprender el mundo o el amor vendrán para hacer con él o de él algo mejor de uno.

miércoles, 7 de febrero de 2007

Urbano


¿En qué paradero se subió? ¿Pagó el pasaje? ¿Lo llevaron por $500 por la puerta de atrás? ¿Terminó de vender incienso y se sentó hasta su próxima parada? ¿Por qué él sí pisa los asientos? ¿No le alcanzó para el taxi? ¿Por qué el lado izquierdo? ¿Cumple con la exigencia de “sólo peluches saladitos”? ¿Cómo abrió la ventana? ¿A quién mira por ahí? ¿Comprará Bon Ice en el próximo semáforo? ¿Tendrá calor? ¿Le gusta la música que suena en el bus? ¿Será que se encuentra con el par de burros? ¿También canta las canciones de la emisora? ¿Prefiere que el bus haga los pares? ¿Por qué no le ‘echa los perros’ a la anónima señorita compañera de asiento? ¿En qué piensa mientras cambia la luz a verde? ¿Cómo sería el transbordo si se varara la ruta? ¿Le servirá el MIO? ¿A dónde va? ¿Va tarde? ¿Quién lo espera? ¿Cómo anunciará que se va a bajar? ¿Agradecerá al chofer? ¿Quién es?

miércoles, 31 de enero de 2007

El rito

- ¿Y ustedes qué hacen aquí? Se quedan callados durante la ceremonia… Además de metidos, bulliciosos, ¡no señor…!

Hace algún tiempo escribí Noticias de uniones concertadas y a veces convenientes. El compañero a quien me refería finalmente se casó el sábado pasado. La boda fue sencilla y por eso mismo bonita. Juan estaba nervioso y su amada Paula lucía tranquila. Los pocos invitados acompañamos con solemnidad a la nueva pareja de esposos en tan especial momento.


- “¡Uy, chino! Mire que su amigo ya se casó… Y usted, ¡nada…! ¡Mire a ver!”, susurraban los paradigmas sociales.
- ¡Shhhh!
- “Este espécimen de la raza humana no ha dado la talla. ¿Cómo es posible que hasta ahora no haya transmitido sus genes? ¡Es el colmo!”. La evolución había hablado.
- ¡Silencio, les dije! Suficiente trabajo me costó acallar a la envidia para que ustedes vengan a interrumpir…

El novio no tuvo que esperar por ella mucho tiempo. Un pequeño retraso de unos minutos mientras los últimos detalles se ajustaban sin mayor problema. La decoración de la capilla la hacía lucir elegante y armoniosa.



[Tan-tan-ta-tan… Tan-tan-ta-tan…]

- ¡Por Dios, esa música! ¡Qué horror! Siento que es una marcha condenatoria, las notas que sentencian a la libertad ante muchos testigos… para siempre…
- Los paradigmas increparon: “¡Se lo dije, hermano! ¡Ya es hora de que camine al ritmo de esa melodía! ¡Y usted ni novia tiene!”.
- “Con o sin esa música, el muchacho ya está grandecito: ¡Que siembre semilla! ¡Para eso está en este mundo! ¿O es que piensa hacerse el loco conmigo?”, dijo la evolución.
- ¡Dejen oír la misa! Lo de la música es… algún reflejo condicionado… nada más…

Como en las películas y novelas, esperaba que el padre preguntara si alguien no estaba de acuerdo con ese matrimonio. Pero no fue así. Parece que he visto mucha televisión o el padre no quería correr riesgo de que yo levantara la mano para preguntarle qué lo motiva a uno a casarse “para toda la vida”.


- “¡Un marido fiel y un esposo solícito! Eso es lo que exige esta sociedad. Así se habla padre, ¡comprométalo ante Dios!”, vitoreaban los paradigmas.
- “Mientras se reproduzca, que sea con una o con más, a mí no me interesa. ¡Lo importante es la propagación de la especie! ¡No vayas a tirar por la borda los millones de años que llevo trabajando en esto!”, me recordaba el instinto.
- ¡Chito!…

Los asistentes aplaudimos a los novios cuando sus padres brindaron por esta nueva unión. Una torta deliciosa y un vino blanco bien frío amenizaron la recepción. Las felicitaciones aparecían mientras ambos se tranquilizaban porque ya todo había pasado


- “¡Qué bonito anillo! Ya deberías tener el tuyo propio. Casi treinta años y sigues soltero… ¿Qué dirán los vecinos?”, insistían los paradigmas.
- Por favor, es sólo un anillo… Sólo es el recordatorio de los eslabones de la cadena que arrastramos cuando nos comprometemos.
- Y la evolución exigió: “Vuelvo y le digo mijo, con anillo o sin él, a mí me cumple con la tarea Natura”.
- ¡Ay, sí… Ya sé! ¡Qué cansones! Algún día pasará. Mientras tanto tomémonos otra copa, a ver si se me pasa esta angustia…

Así terminó la boda. Nuevamente los felicité y me despedí en medio de una desazón aún mayor, muchísimo mayor: otro buen amigo me contó en ese momento que ya le entregó el anillo de compromiso a su novia. No tengo palabras para expresar lo que sentí instantáneamente.

- ¿Y ahora qué pasó? ¡Ahj...! ¡La envidia se quitó la mordaza!

Seguiré escuchando pelear a esas múltiples conciencias en mi mente y mi corazón. Quizá tengan razón.

miércoles, 24 de enero de 2007

Rata de dos patas

Rata de dos patas
te estoy hablando a ti,
porque un bicho rastrero
aun siendo el más maldito
comparado contigo
se queda muy chiquito
”.


La necesidad tiene cara de perro, dice el refrán. Y en él, lastimosamente, se justifican las personas que no se conforman con codiciar los bienes ajenos. Así, con papaya ‘ponida’ o no, se dedican a robar lo que la envidia o la pobreza les ofrezca. Allá ellos, a quienes los enriquece su ambición o su pereza; y allá ellos, a quienes la injusticia social los mantiene quincenalmente. Que alguien se apiade de ambos.

Repudiando de mi parte su acción, creo que uno de ellos, más que la misericordia, se ganó hasta la risa de Dios. Hoy su originalidad resulta apabullante, a pesar de que el método haya sido empleado hace cientos de años para torturar a hombres y mujeres, coincidencialmente, “pecadores”.

Un ratero es aquel “que hurta con maña y cautela cosas de poco valor”. Así que cualquier ladrón no es un ratero. Y viceversa. Pero una cosa es el nombre de las cosas y otra son las cosas en sí mismas. En este caso, este bribón hizo mérito para ajustar nombre y significado a su proceder.

El año pasado, un mendigo utilizó como armas dos ratas para atracar a los pasajeros de una buseta en Bogotá. La Policía no tenía antecedentes de tal modus operandi. “El asaltante exigió 10.000 pesos para no dejar a los animales sueltos dentro del vehículo. El miedo y la repulsión de los pasajeros le permitieron recoger mucho más”, decía la noticia en El Tiempo. El chofer no se dio cuenta de nada, ni de los gritos de las señoras encaramadas en las sillas.

El ratero las sacó del bolsillo de su andrajosa chaqueta y sujetándolas por el lomo se las acercaba a la gente para asustarla. Dicen que un señor sacó un billete de dos mil pesos y se lo pasó, pero el muy sinvergüenza le respondió: “No, son diez mil o suelto las ratas”. Otra de las testigos afirmó que "con una rata en cada mano y con toda tranquilidad, el tipo iba recogiendo dinero. Luego se fue hasta la puerta trasera, timbró, el chofer paró la buseta y él se bajó muerto de la risa. Su desfachatez llegó al punto de que luego de bajarse, nos mostró las dos ratas desde la acera y nos hizo muecas", añadió Nelly.

La canción de Paquita La Del Barrio se queda corta para tal canallada.

Que el Gato de la Guarda nos acompañe y favorezca.

miércoles, 17 de enero de 2007

Sin omisión

No hay músculo más fuerte que el corazón humano”.
– Montgomery Burns en Los Simpsons

Cualquier motivo es válido para vivir. Pero no cualquiera para sobrevivir. Debe ser tan fuerte que exprima el deseo de continuar respirando y que especule tanto como la fe para derrotar a la impotencia una vez estemos abatidos.

Hace poco y después de mucho, Fernando Araújo recuperó su libertad. Nunca será suficiente escribir o hablar de su experiencia para denunciar cuán cruel, inhumano y cobarde es el secuestro. De todas las cosas que le robaron en todo ese tiempo, hay una que evidencia la atrocidad de este delito para con la persona y la familia.

Un periodista, en una de las entrevistas por televisión, le preguntó qué le había quitado el secuestro. Con la serenidad que le puede dar la paciencia y la resignación, respondió luego de una corta pausa y con una voz poco firme: “me quitó a mi esposa”.

Encerrado, obviamente Araujo defendía de primera mano su propia vida. Pero volver al lado de su recién casada esposa seguramente le devolvía la esperanza de vivir esa misma vida compartiendo el amor del nuevo matrimonio que había dejado obligado. Después de tanto tiempo anhelando su presencia, su renaciente realidad le dio un golpe más: su esposa tenía, con razón o sin ella, otra pareja.

En radio le preguntaron cómo se había enterado del asunto. Su respuesta ahora contenía todavía más crudeza: “por omisión”. Qué dolor sentí cuando escuché sus palabras. Ninguna circunstancia emocional o racional puede compararse con algo así: ella no lo esperaba en el momento en que Araújo recobró su libertad ni estaría a su lado a partir de ese momento.

Descubrir la infidelidad de nuestras parejas “normalmente” es apenas el 1% comparado con las circunstancias de este triste hecho. En un momento dado, ambos corazones estaban secuestrados y su libertad tenía su propio precio. “Sentimentalmente estoy en ceros”, añadió.

Enfrentarse con un corazón destrozado es casi tan difícil como salir de cautiverio. Pero ¿qué más nos haría sobrevivir sino es el amor? Vale la pena arriesgarse por él aunque nos encierre vivos para luego matarnos libremente.

----------
Epílogo


Una pasada reflexión acerca del secuestro: Intercambio.

miércoles, 10 de enero de 2007

Talco

Un gramo de talco lanzado discreta o arbitrariamente por un cualquiera detona una amigable e inevitable guerra. Esta imagen muestra la magnitud de sus efectos que se ven y se respiran por la Senda del Carnaval.



Caterina, protagonista incansable del juego, esparció y recibió parte (aunque parezca la totalidad) de los cuatro bultos de 25Kg de talco que compartió con sus demás primos antes, durante y después del desfile.



El vehículo de la casa, estacionado a 25m de una de las calles del recorrido de murgas, comparsas y carrozas, también sufrió las consecuencias de la polvareda del 6 de enero en Pasto.



Así lucía esa misma calle al día siguiente a las seis de la mañana. Cuatro días después del evento al interior de mi casa sigue llegando polvo presente en el ambiente, y la intensidad del blanco en la ciudad ha disminuido con el viento.



Para este pequeño arbusto no fue suficiente la protección de sus hojas. Un buen aguacero ayudaría bastante a lavar los estragos de esta tradición cultural.



Para quienes siguen las cabañuelas, hipotéticamente el día de hoy correspondería a octubre: aquí aún no ha llovido. Ojalá y sólo sea un errado pronóstico y no la dura realidad del Fenómeno del Niño, consecuencia mundial de nuestra tradicional ignorancia.

miércoles, 3 de enero de 2007

No pasó

Un cuchillo en su costado izquierdo se encargó de hacer brotar toda la sangre que por su corazón circulaba; se recogió en un balde, mientras colgado en de una pata trasera reclamaba por su vida. Más tarde su roja sangre se convirtió en negras morcillas.

El resto de su cuerpo, salvo sus entrañas, sirvió para la cena de año nuevo luego de prepararse al horno, una forma de cocción típica no comparable con la lechona. Toda una noche estuvo en el horno de barro junto con otros colegas que tampoco pasaron el año.

Los compañeros de corral que se salvaron por su minoría o mayoría de edad para la receta, sí pudieron celebrar la llegada del año nuevo sin necesidad de estar presentes en cuerpo y en alma en la noche del 31.