miércoles, 29 de agosto de 2007

Escaleta del cine clásico

Primera escena:

Un tipo compra cosas de primera necesidad en un supermercado específico al atardecer. Se acerca al punto de pago y espera paciente los dos turnos que faltan para ser atendido. Al ojear una revista farandulera se encuentra ineludiblemente frente a una bella mujer.

Segunda escena:

El mismo tipo vuelve al mismo supermercado a comprar, ahora, cualquier cosa: una simple excusa para verla. Desilusionado, entrega el dinero mecánicamente a la registradora de turno sin importarle en ese momento nada más que su ausencia.

Tercera escena:

Mismo tipo. Mismo supermercado. Misma cualquier cosa. Diferente hora. Qué alegría ver su rostro nuevamente, su cabello suelto, su sonrisa amable, su espalda recta, sus manos ágiles, su uniforme impecable, su nombre en el pecho.

Cuarta escena:

Guión inconcluso...

¿Cómo se llama la película?

miércoles, 22 de agosto de 2007

El huevo


¿Por qué está solo? ¿Con qué se quebró? ¿Quién lo quebró? ¿Se rompió desde adentro? ¿Desde fuera? ¿Qué había en él? ¿Qué pasó con lo que estaba allí? ¿Nacería vivo? ¿Seguirá vivo? ¿Lo mataron al abrirlo? ¿Era de un ave? ¿De un reptil? ¿Será de un monstruo? ¿Sería un HuevoCartoon? ¿Sería Huevoduro? ¿Dónde está ahora? ¿Fue desayuno de “Salchicha con huevo”? ¿Frito se comió? ¿Quería sal? ¿Hay más huevos? ¿‘Güevas’?

miércoles, 15 de agosto de 2007

¡El lobo, el lobo…! ¡Qué viene el lobo!

Versión pirata de la moraleja de El Pastor Mentiroso de Esopo: “A un mentiroso le creen todos, incluso cuando sea verdad lo que dice”.

Hasta la anónima voz corría por las calles del centro de la ciudad al esconderse del lobo, alertando a los pastores que encontraba a su paso. Aunque pudiera ser mentira, nadie correría el riesgo ante el inminente peligro que representaba tal grito. Así, tratando de ver a la gigantesca fiera en la congestión vehicular, cada pirata, digo, pastor, tomaba su mercancía en cajas de cartón de manzanas chilenas y salía despavorido a buscar refugio para ocultarse del cazador en los locales de baratijas y cafeterías con lechona que rodean a los sanandresitos. El ajetreo resultó ser falsa alarma.

En estos casos, la moraleja de la fábula de Esopo necesita ajustarse: si ellos dejan de asustarse por el lobo, perderían toda su mercancía de contrabando, pagarían multas por derechos de autor e irían a la cárcel por lavado de activos. Los vendedores ambulantes que han caído en las fauces de la fiera saben lo que significa. Los ojos verdes de Paola, una minorista conocedora del cine callejero del momento, recuerdan el día en que el lobo les confiscó, a ella y a sus vecinos de andén, sus películas y música en todo formato, teniendo que pagar más de trescientos mil pesos de multa para salvarse de la cárcel. Hasta los banquitos de madera y el cartón que conformaban su negocio se perdieron. El camión de la oficina de espacio público de la Alcaldía, el mismísimo lobo feroz, se lo había tragado en su remolque.

En la cacería, el lobo está acompañado de muchos cerdos, “la Policía”, aclara Paola riéndose de tan extraña asociación de la naturaleza. Las redadas por lo general terminan en alegatos y trifulcas con los dueños de las chucherías, y las excusas del derecho al trabajo son el lema con que justifican su labor diaria. “De esto vivo, con esto llevo a la casa el desayuno para mi hijo”, insiste ella. Todos juzgan su trabajo pero al final la mayoría compra algo pirata. “Todos ganan con esto… mire que hay artistas que son famosos porque sus discos se conseguían en los ‘agáchese’ o en los semáforos”.

Lo que defiende el Municipio es el espacio público, y de chanfle, el control de los productos comercializados fuera de las leyes colombianas. Dos pájaros de un tiro. “No se sabe qué es lo que quieren: si limpiar las calles o quitarnos nuestras cositas”. La periodicidad del misterioso y cambiante camión no está definida, pero cuando pasa, nadie es juzgado como pastorcito mentiroso. “Somos parceros”, dice; solidarios, diría yo. Hay que cuidar el rebaño aunque no sea de ovejitas.

La solución al problema del tránsito local y de la falta de empleo no la dará el lobo. Sería como pensar que la venta y el consumo de drogas se terminan finalmente legalizándola para un mínimo consumo. Los vendedores ambulantes tienen su capital (a veces empeñado) en los corotos regados en una esquina cualquiera del centro, donde ricachones conductores o varados peatones compran cómodamente DVD’s y MP3’s más baratos (y en anticipada primicia, a veces) que en los grandes supermercados o en las videotiendas extranjeras o en las franquicias cinematográficas.

¿Usted ha comprado cosas piratas? ¡Ah! Usted sí que es un pastorcito mentiroso.

miércoles, 8 de agosto de 2007

Ceguera colectiva

“Más valía ser un tonto de capirote con sus dos lámparas que un sabio privado del milagro de los amaneceres, de las floraciones, de los horizontes de invierno y de la belleza de las rocas, y sobre todo de la sonrisa de las muchachas y de las noches de estrellas que nos permiten percibir la norma kantiana que anida en el corazón humano”.

– Eduardo Escobar, al reflexionar sobre su operación de cataratas, en SoHo –


Hace unos días viajaba yo sentado en una de las ventanillas de la parte delantera derecha de un bus de una empresa cualquiera, y un señor levantó su mano esperando la detención del transporte en la calle. Se acercó lentamente a la puerta y le preguntó al chofer si era la ruta siete pero de la competencia, recibiendo como respuesta un “¡Qué no ve que este es un ABCDEFG!” y arrancó con la rabia puesta en el acelerador.

Pude ver que en sus cuencas había un par de ojos borrosos cubiertos por unos párpados casi cerrados: efectivamente el señor era un ciego. Y claro, no le podía preguntar a su bastón metálico si el siete que apenas distinguía era o no de la empresa de buses que necesitaba. Me sorprendió que no pidiera el favor a alguien para que le ayudara con la ruta, y luego pensé en que seguramente no lo hizo por evitarse la broma de algún desgraciado.

Ayer, sentado en una de las ventanillas de la parte posterior derecha de un bus, grande, viejo y lleno hasta el segundo piso, vi cómo otro señor se apresuraba a encontrar la puerta de salida pero a cuatro filas de asientos de distancia de hacerlo. Desde la mitad del bus, el señor tanteaba con una mano la parte lateral del techo buscando el timbre, arrimándose con generosidad a los pasajeros de dos filas de asientos más adelantes que la mía. La señorita que quedaba al lado del corredor exclamó un enérgico “¡Oiga!” y el señor continuó avanzando mudo ante el reclamo.

Hizo lo mismo en la fila delante de mí e intentó seguir con mucho afán por entre las piernas de los tipos que estaban allí sentados. Obviamente uno de ellos lo empujó y la pelotera casi se arma, pues se fue encima del resto de gente que estaba de pie en el pasillo. Cuando los codazos de los asardinados pasajeros lo enderezaron, levantó su bastón de gruesa madera y con él comenzó a buscar ahora el dichoso timbre.

Lo lanzó con fuerza tres veces: la primera delante de mí, pegando justo en el borde de la ventana; la siguiente encima de mí, dándole al puro vidrio; y la última un poco más atrás, también a la ventana. Agaché mi cabeza y sólo mis despeinados cabellos parados sintieron el rejonazo que se estalló en el opaco cristal. La gente lo empezó a abuchear y en medio del escándalo el señor gritó “¡Déjenme bajar, que no veo!”, y sólo entonces los empujones cesaron y quienes pudieron se apretaron aún más para darle paso al señor hasta la puerta.


¿Por qué estaba solo? ¿Cómo supo dónde se iba a bajar? ¿Por qué no le pidió ayuda al chofer o alguno de los pasajeros para que le ayudara con anticipación a bajarse? ¿Cómo hizo para subirse? ¿Cómo haría ahora para orientarse a donde iba, si al parecer el bus lo dejó muchísimo más lejos de su parada? ¿Por qué no tenía puestas unas gafas oscuras que evidenciaran su condición? ¿Por qué nadie vio que sus ojos pequeñitos estaban a oscuras?

Qué ciegos somos.

miércoles, 1 de agosto de 2007

Keiko

Keiko es un bonito experimento genético de callejeros pedigríes. Come, ladra, orina y caga como cualquier perro, y hasta hace un tiempo su blancuzco pelaje era su atractivo. Pero un día no fue su mamá, mi mamá, quien lo bañó, sino que uno de mis hermanos y un cuñado quisieron quitarle, además del mugre, las motas de sus patas. La tijera no les bastó y continuaron con una máquina eléctrica hasta dejarlo rosado como un cerdito.

Desde ese día sufre de bañofobia y ni siquiera con los cuidados maternales de su dueña olvida tal experiencia, donde ni con una pastilla tranquilizante pudieron vencer la adrenalínica fuerza con que se resistía a ser trasquilado. Ahora hay que recurrir a técnicas importadas de la inquisición para bañarlo cada tanto, y todos sus torturadores hemos resultado mordidos en los intentos de captura.

Cuando el olorímetro-perruno sobrepasa el límite máximo permitido, su ama comienza un rosario de súplicas por un voluntario que ose atajarlo, para que alguien más ponga en su hocico un bozal casero: un pedazo de media velada vieja. De ahí en adelante su lucha cesa y, resignado, respira con cada jarrada de agua que cae sobre él. Irónicamente la felicidad de Keiko de sentirse limpio sólo es comparable con la felicidad de mi mamá de verlo pulcro.

Un día lo llevaron a los servicios que adornan la maricada de un Poodle o la pedantería de una Labrador, pero ni un Pit bull o un Dóberman habían sido imposibles de lavar hasta Keiko. Los veterinarios fueron advertidos de no suministrar ningún calmante, cosa que cumplieron a cabalidad así como el devolverlo tal cual llegó: sucio. Ahora aparece reportado como un perro de alto riesgo en los centros de belleza de la zona.

Una nueva idea fue sugerida por un técnico de lavadoras. ¿Han visto enjuagar la zanahoria o la papa en el campo? Dentro de un costal éstas reciben fuertes sacudidas bajo un generoso chorro de agua, quitando así el exceso de tierra. Y para mejorar la propuesta, un familiar recordó cómo bañaban a los perros en su finca: ya en el costal, un mayordomo fortachón se encargaba de darle vueltas para luego vaciar un can mareado y dócil a una ducha.

¿Cómo supo Keiko que lo íbamos a bañar el sábado pasado? Un guiño de mi hermano fue la señal para el ritual, pero antes de que el primer dedo se moviera para alcanzar los utensilios necesarios (balde, jabón, toalla, “bozal”) el perro se atrincheró con gruñidos en su guarida. Al otro día finalmente fue emboscado y quedó limpio, mi mamá contenta y mi hermano mordido.


Todo amo dice de su mascota que “¡sólo le falta hablar!”. ¿Es psicótica esta afirmación? ¿Cómo es posible entender un lenguaje lleno de pelos, plumas o escamas? ¿Cuán paranoicos estamos como dueños al creer comunicarnos con nuestras mascotas? Como decía una propaganda de televisión: ¿por qué nuestros animales entienden lo que decimos y nosotros no entendemos lo que ellos nos dicen? ¿A qué nivel llega el lenguaje verbal, gestual o mental con que interactuamos con ellos? Todo, menos la voz, nos habla y escribe. ¿Miau…?

miércoles, 25 de julio de 2007

Zorra de tres cabezas

La primera, cegada lateralmente, halaba el remolque a la misma vertiginosa velocidad con que el látigo golpeaba sus ancas.

La segunda, sentada cómodamente, animaba con gritos ilegibles a su bestia para continuar el camino de las templadas riendas.

La tercera, atada firmemente, corría por inercia con las decisiones de la carreta sin preocuparse por su destino final.


¿Para cuál tendría más sentido hacer o dejar de hacer lo que hacía?

miércoles, 18 de julio de 2007

Una tradición matrimonial

“Casarse es un mal, pero es un mal necesario”, dice una antigua sentencia de Menandro.
“En que sea un mal, estoy de acuerdo, pero ¿por qué necesario?”, comenta un autor italiano.


¿Recuerdan la polémica en que terminó El Rito? Después del alboroto de sus tormentosas reflexiones durante la boda de Juan, las voces de la conciencia se callaron con la noticia de mi amigo Mauricio, quien recién le había propuesto matrimonio a su novia. Pues el sábado se casó, y tales personajes aparecieron nuevamente para hablar esta vez más pacito; hasta la envidia, sin mordaza, sólo cuchicheaba. Al saludarlo, tal vez por la fuerza con que lo abracé, mis ojos se aguaron por la dicha sincera de ver a mi amigo feliz; que así lo sea.

[Ta-ta-ta-tan… Ta-ta-ta-tan…]

La boda comenzó con la tradicional marcha nupcial que bramaba en mi inconsciente para erizar todo lo que se pueda parar, recordando que la hora cero llegará tarde o temprano [¡Glup!].


La mayoría de los invitados y familiares llegaron tarde a la iglesia, pero el padre no iba a esperar: $350.000 por hora de misa estaban pagos de la siguiente ceremonia. Apenas salieron los nuevos esposos, comedidas señoras organizaron la capilla con arreglos florales diferentes.

- “Entonces… ¿cuándo nos casamos?”, preguntaban los paradigmas.
- Y siguió la evolución: “Bueno, casado o no, con cura, notario o chamán, ¿cómo va lo de propagar la especie?”.
- ¡Silencio!... No vamos a empezar otra vez…



Mauricio estaba tranquilo, con la serenidad que lo caracterizaba en cualquier examen de la universidad. A diferencia de la mamá de Juan, en ese momento no hubo excesivas lágrimas en los ojos de la nueva suegra por la decisión de su hijo, viendo cumplida, como dijo, una de sus tareas maternales. ¿Y en la mamá de Yudy? Tampoco: no es el momento, comentó, preocupándose de que todo saliera bien en el evento.

La novia, en blanco, lucía bonita del brazo de su padre y dos juiciosas pajes adornaban con pétalos de rosa su camino al altar. El tercero, el que entregaba los anillos, quizá creyendo que eran dados, hizo tintinear las argollas lejos de la almohadilla siete veces mientras el sermón.

- “Que no le coja la noche, o si no…”, advirtieron las voces.
- ¿Si no qué? ¡A ver! ¿Qué?, las confronté.
- “¡Ja! Ojalá ‘cogiera’ aunque sea con la-noche…”, murmuró el instinto.
- ¡Chito!
- “Y anda solo de nuevo”, se burlaban.



¿Por qué es de mala suerte ver a la amada antes del matrimonio? A Mauricio se la escondieron cuando quiso saludarla antes de la boda. ¿Para qué cargar un objeto robado, otro nuevo, otro prestado y algo de color azul? Este último estaba en el moño del liguero y, no siendo suficiente, se bailó en la recepción el vals Danubio Azul de Johann Strauss (no supe diferenciar si era agüero o etiqueta). ¿En cuánto aumenta la probabilidad de éxito de casarse si alguien se gana el ramo o la liga? Sería interesante estudiar tal efecto (placebo, supongo) que ocurre en las mentes de los ganadores. Por supuesto (¿y por fortuna?), yo no fui esta vez el conejillo de Indias de dicha investigación.


En fin, costumbres nada más. Como la de casarse, por ejemplo. Un temerario rito social que aprueba la unión eterna de dos individuos alrededor de la sagrada institución matrimonial. “Porque en últimas ése es el único motivo por el que el matrimonio resiste: a los seres humanos no nos conviene estar solos, como está escrito en el Génesis […] o muy pocos soportan la soledad. Por eso nos casamos y nos descasamos y nos volvemos a casar: por una lucha sin fin para evadir la soledad, a través de un matrimonio ideal (si se pudiera), pero si no, al menos a través de un matrimonio real” (Héctor Abad Faciolince en Las formas de la pereza).

miércoles, 11 de julio de 2007

Sufragante

¿Cuánto tiempo estaría manchado por haber participado en las votaciones del 8 de julio? “15 días”, me dijo el jurado de la mesa 195 del Pascual Guerrero. “Tranquilo, esta tinta no es de la que quema como la pasada”.

Por todo ese tiempo, a mi dedo le sería prohibido su derecho a quitar legañas (no sabía que la primera acepción de la palabra en Español se escribe con ‘e’, como el nombre del sobrino de Condorito, Coné) de mi ojo derecho por su suciedad aparente, una mancha color rojo-sangre-coagulada-en-algodón-usado. ¿Quién rascaría a la nariz o a la oreja del estribor de mi cuerpo? El índice izquierdo compadecía a su antípodo compañero por perderse de proporcionar tan placentero y necesario reflejo. El dedo meñique derecho ofreció sus servicios desde la banca como buen suplente del equipo diestro.



La primera foto fue tomada una hora después de mi elección: voto en blanco en todas las candidaturas. La siguiente foto, 10 horas después, muestra la notable desaparición de la temida mancha. Me había bañado las manos con la frecuencia normal y sin mayor restriego: al lavar los platos, antes de comer, después de limpiar el arenero de Mora, en seguida de sacar la basura, luego de ir al baño…

¿Se había absorbido a mi cuerpo? ¿Dónde estaba tan efectivo tinte? Sólo mi uña había hecho las veces de teflón ante la sombra que pretendió cubrirla. Si era así, con algo de malicia y bastante jabón, mi dedo se libraría del veto impuesto para votar de nuevo (en blanco otra vez: no había nadie por quién hacerlo), pero sería un dato de gran ayuda (no sé exactamente cómo) para quienes trafican con votos.



24 horas después, mi dedo se había desprendido en gran parte de su obligatorio maquillaje. Soñaba él nuevamente con ser igual a los demás colegas y probar sin discriminación el arequipe, tomar el pan sin fingir ser dedi-parado, y ayudarle a sus compañeros a extirpar alguna espinilla. Ya no serían 15 días de condena: por buen comportamiento su pena se había reducido.

La presidenta de la mesa dijo que no votaría porque se le dañaba la manicura del día anterior. Creo que este pretexto para no participar de la democracia, así sea en forma blanquecina, supera en años luz a mi disculpa de haber asistido a las urnas ese día: el certificado electoral (que no entregaron, “¡Ough!”) para el descuento en el valor de la matrícula en Univalle.

La democracia colombiana es la suma de excusas (chimbas) de sus ciudadanos. Y así, después, nos quejamos del Gobierno turnado.



Así luce hoy.

miércoles, 4 de julio de 2007

Mi segunda bofetada

"Porque te quiero te aporrio".
-Refrán popular-

La primera fue en un momento post-pasión de cama, cuando sólo hay risas exhaustas y dos cuerpos desnudos que quieren seguir tocándose con cualquier excusa, incluso con una palmada en la mejilla originada por cualquier palabra graciosa… de esas que se acompañan con un tierno “tan bobo”… y que rayan entre un golpe y una caricia… No recuerdo más… hace tiempo ya…

Hay que diferenciar de lo que es una nalgada: un toque en los glúteos de la persona. Esas que por amistad, cariño o deseo, entran en una categoría diferente de contacto físico.

Al igual que la primera, la segunda no la vi venir. ¿Que si me la gané? Es posible: no reconocí en ella el límite de paciencia para mis tradicionales palmaditas en el hombro, un gesto que considero afectivo con quienes me relaciono, una forma más cercana que el mero saludo de mano o beso en la mejilla. Por eso, desde ahora, procuraré dejar de hacerlo antes de ganarme otra bofetada de cualquier intolerante.

Estaba ella, bonita mujer y diferente de la primera protagonista, delante de mí. Luego de estar con ella hablando un rato quise llamarla para decirle algo, pero en apenas la tercer cortita palmada en su hombro izquierdo sacó su puño abierto y girando su cuerpo acertó un manotazo en mi brazo derecho con todas sus fuerzas, arriba del codo, en la parte posterior, justó allí donde los gorditos se sumen para disimular su presencia.

Mi extremidad se contrajo hacia mi pecho en un reflejo instintivo de defensa propia. Pensé que la golpiza continuaría porque, además de la velocidad del trancazo, sentí la rabia con que lo hacía, la adrenalina que reverberaba de disgusto por mis mimos con un merecido guantazo.

La piel de mis abullonaditos y sensibles tríceps ardía de dolor. Quemaba de dolor. La cosa no era sólo física y tampoco estaba relacionada con el vano orgullo de ser hombre. La razón era emocional: me cimbró el corazón al recibirla de mi secreta amada (tan secreta, que ni ella misma lo sabe y yo a veces lo sospecho), en un arranque de ira por algo que para mí era sólo una caricia juguetona, un pretexto por tocar su cuerpo.

Ahora, al verla, mi brazo se escalofría hasta llegar a mi pecho, y es entonces cuando tarareo el verso de Silvio Rodríguez para desenraizar la semilla que con el golpe y por ósmosis ella sembró en mí: la del temor de enamorarme una vez más. “La cobardía es asunto de los hombres, no de los amantes”.

¿Será masoquistamente correcto el amoroso refrán? Ojalá…

miércoles, 27 de junio de 2007

Infracción 77

«No detenerse ante una luz roja o amarilla de semáforo, una señal de "PARE" o un semáforo intermitente en rojo».


¿Verde o amarillo? Esa es la cuestión.

Viernes lluvioso. 6:10pm. Velocidad crucero. Avenida sexta con cuarenta y pico norte. De reojo, el verde semáforo cambia a amarillo justo cuando paso por la cebra. Más adelante, un guarda de tránsito en motocicleta me detiene. ¿De dónde salió? Estaciono frente a Carrefour-Chipichape. Licencia y documentos del vehículo.

“Usted pasó con luz roja…”.

Al alegarle, amarilla aceptó, pero multa igual. El agente que lo acompañaba detuvo también a una lujosa BMW que venía detrás de mí. Cuando a “mi agente” le pedí condescendientemente que me dejara continuar me respondió: “Si mi compañero lo ayuda al otro señor, lo ayudo…”. Pensé inmediatamente en mi sobrino, quien me acompañaba, pues le acababan de regalar $20.000 y yo sólo tenía $5.000. Ojalá alcance, suspiré, lamentando el impajaritable mal ejemplo.


Formato ya diligenciado.

En mi retrovisor, el agente trasero comenzó a hacer el comparendo, y mi guarda dijo “ni modo…”. Lo llenó y entregó casi de inmediato, necesitó sólo los datos del conductor. Sospecha predecible. Cuando se fueron me acerqué a la camioneta y esperé encontrarme al típico traqueto, pero no: era el típico lavaperros del típico traqueto. La cara de arrancado del tipo era peor que la de mi roído bolsillo y entendí por qué no había colaborado: no se le ocurrió (su cerebro, no su conciencia, se lo impidió), o no podía dar papaya (su patrón le cobraría con la vida tal soborno). Y también entendí por qué nos habían detenido: una jugosa mordida a la BMW.

STTM de Cali.

“MI CORAZÓN, primero TIENES que hacer el cursito de infractores para que TE rebajen un poquito”. Casi le digo dónde encontrar a su “%+&¬$#!* amorcito a la secretaria que me tutió-atendió-diminutió melosamente. Luego, una funcionaria (peliteñida con Cherrynol) nos habló a mí y a unas 30 personas más sobre normas de cultura ciudadana, y nos mostró un video sobre el Código de Tránsito (Ley 769 de 2002). Aún escucho el eco de sus insistentes palabras: INFRACTOR… FRACTOR… ACTOR…

Casos.

Mientras una señora se quejaba de la multa por Pico y Placa al salir del club, la oficiala dijo que en mi situación la comparecencia se limitaría a confrontar mi verdad contra la del agente; un largo proceso en el que la subjetividad no haría justicia. Más triste era el caso de un mensajero: “Pero sólo fueron dos cervezas… ¡Y a mí me coge como en la séptima ronda!”. Además del comparendo y de llevarse su moto a los patios, le quitarían el pase por un año así que, resignado, imploró: “No me dejen sin trabajo”.


La multa.

Luego de dos horas de vanos reclamos, a pagar por infractor. Comparendo 7600100709917. Valor multa 30 SMLDV: $435.000 más $14.400 del ¿Acuerdo? 32. Descuento por pronto pago (tres primeros días hábiles): 25%. Total: $340.650.

Adiós reservas.

Había reunido $400.000 para la próxima matrícula de la universidad, o para algo menos trascendental como unas gafas de sol. Pero no. Alguien decidió que tenía que pagar por algo que miles hacen descaradamente a diario. ¿Quién más y qué tanto deciden por uno? Así, quedan pocas ganas de ahorrar estos $59.350.

miércoles, 20 de junio de 2007

Artificial

Hace mucho tiempo me desenamoré un poquito: no sabía que eso se podía, pero sólo bastó una mirada.

Ver de un día para otro a la novia de uno con una especie de peluca oropel no es gracioso. Es como si nos cambiaran esta misma noche, sin avisarnos, el colchón de la cama o la almohada. ¡Su madre! En gran parte, tal sorpresa se convertiría en una desilusión, pues ya estamos acostumbrados a su suavidad o dureza según nuestro antojo.

¿Qué motiva a las mujeres a cambiar su color de cabello? La mayoría (de dientes para afuera) dicen que por probar cosas distintas; lo llaman, “originalidad”. Otras cambian lo mínimo posible, de negro-claro a negro-castaño-oscuro, para que lo note sólo su espejo. En cualquier caso el ciclo se torna adictivo, pues la raíz del cabello delatará su naturaleza. ¿A quién quieren darles gusto? Esa actitud se basa en un influyente aviso publicitario, que nos invita a sentirnos bien a partir de vernos bien. Ojo: la condición comercial del producto no funciona a la inversa.

Aquel día no pude disimular mi disgusto (no de bronca sino de atracción). El único comentario (escorpionesco) que se me ocurrió decir de primera mano fue: “¡qué pasó!”. Pensé que perdió una apuesta y la estaba pagando con creces doradas. Como con toda mujer, no hubo luego tutía con halagos sobre su look.

En defensa válida de su propio orgullo cambió de color cada tanto tiempo, con el mero capricho de derrumbar mi posición conservadora. Lo logró y se lo agradezco. Rojo a veces, chocolate otras, azulado probó también, bronce luego y negro de nuevo: su terquedad venció mis arquetipos. Por ensayo y error su belleza se fue puliendo más, multiplicando ese tanto por ciento de enamoramiento perdido y restándole muchísimo a mi machismo. Las veces que la he vuelto a ver, ya casada, coincidencialmente ha lucido un mismo color. Supongo que a esas alturas no es necesario sentirse diferente. Ahora, eso, me parece aburrido.

Casi todas las mujeres después de los 40 años hacen dos cosas: pintarse de cualquier color y dejarse el cabello corto para disimular las canas. Unos años después usarán un color gris-violeta-azulado que las hará reflectivas en la oscuridad. La belleza física ha comenzado su deceso y muchas no piensan en rescatar la otra belleza, esa que no se ve. Por eso, además de cantaletosas y rollizas, se vuelven el hazmerreír de la moda: quieren usar descaderados, blusitas, minifaldas y una gran cantidad de maquillaje en su cara; lo llaman, “personalidad”.

Pero hay algo más por mancharse de amarillo pollito, queriendo imitar con productos químicos la suave piel de un bebé: los vellos de los brazos (e incluso del bigote). Por lo general son mujeres trigueñas, de piel color pimienta, cuyo cabello es negro ámbar y quieren disimular lo peludas que son con otra tonalidad. Sólo lo logran, como dice el dicho, caminando rápido.

Hay un paradigma (no es mío y no lo comparto): las mujeres rubias son bobas. Si fuera cierto, ¿por qué las mujeres mestizas querrían pintarrajearse de amarillo para lucir tontas? ¿Una mujer caucásica se volvería inteligente pintándose el cabello de color negro o castaño? ¿Sería acaso una inteligencia artificial? ¿Tan artificial como la belleza de una negra desteñida? ¿Peli-monas, cuqui-negras y viceversa también? ¿Qué misterio hay con las pelirrojas?

En fin. Libertad de gustos. Aceptación. Les recomiendo uno de los capítulos del libro El Sexo de Sofía (Nancy Prada, Intermedio Editores), donde la autora defiende la belleza natural del cuerpo de las mujeres y critica las decoloraciones y las depilaciones de todo pelo.

Me gusta pensar que lo simple es lo bello. ¿También lo es el vello?

miércoles, 13 de junio de 2007

¡Cómo saberlo!

Don Ramón casado con La Bruja del 71: ¡quién lo creyera!

Tantos intentos de Doña Clotilde que hacían pasar saliva a su Rorro lo convencieron inevitablemente de hacerlo, tanto, como la tacita de café que el Profesor Jirafales aceptaba a Doña Florinda en cada visita. Así, en una boda a la que asistió toda la vecindad, la pareja selló su amor en sagrado matrimonio.

¿En qué consiste esperar una llamada de quien te gusta? ¿En dosificar la paciencia con gotas de Valeriana? ¿En esperar a que la última burbuja de una Coca-Cola reviente en la superficie de una botella sin abrir? ¿En formar la fila más larga del banco atendida por un cajero en entrenamiento un fin de mes? ¿En continuar con las enésimas pruebas de ensayo y error en un laboratorio de explosivos?

¿Y si por fin escuchamos su voz? ¿Le saludamos como si nada pasara? ¿Cómo si fuera un mensaje pregrabado de la empresa telefónica? ¿Hay que recurrir al viejo truco de la indiferencia? ¿Correr el riesgo de ser malinterpretados? ¿O narrarle el sueño en el que esa persona fue protagonista? ¿Decirle la falta que nos hace verla desde ayer? ¿Hablarle con ese tono romántico que sazona cualquier cosa que se diga?

¿Cómo darle un beso en la mejilla sin saborear su perfume? ¿Cómo tocar su mano sin imaginarla en nuestro rostro? ¿Cómo decirle a sus ojos dormilones que quisiera verlos abrirse en un amanecer a nuestro lado? ¿Pero, qué hay de la trinchera que cava cuando estoy cerca? ¿La relleno con chocolates? ¿Con palabras bonitas? ¿Suaves caricias? ¿Y que agradezca mis intenciones? ¿Con una mirada, por ejemplo?


¡Se me chispoteó! Continuemos…

Cuando El Chavo del Ocho despertó de aquel sueño se dio cuenta de que las cosas seguían igual: ella, intensa, enamorada de él, arisco, manteniendo la historia de toda relación no correspondida. Una escena transmitida realmente por televisión que, de haber sido cierta, habría dado un vuelco al programa mexicano.

¡Ah, el amor! ¿Será cuestión de perseverancia o decidida inmediatez?

¿Alguien puede afirmar: “eso, eso, eso…”?

miércoles, 6 de junio de 2007

Precocidad

Advertencia: Se recomienda la presencia de los padres o de un adulto responsable.

Ella sobresalía por sus encantos tallados en la ropa que lucía. Sus amigas, sin mayor envidia, la animaban con susurros y pequeños codazos a lanzarse en los brazos del gigoló que la miraba tímidamente a unos cuantos metros de distancia. Él se esforzaba por disimular todas las ganas que sentía. Con sus amigos parecían discutir sobre quién iría primero. Obviamente el donjuán era el más apto para acercárseles a las damiselas y comenzar a charlar sobre cualquier cosa. Luego ambos grupos se acercaron y mientras los compinches del galán distraían a las comadres de la elegida, la pareja se elevó en una blanca nube.

Primero algunas palabras que hacían estallar sonrisas en ambos, para luego tomarse de las manos como muestra del más puro afecto. Una imagen como para encantarse de la existencia del amor como la cosa más santa del mundo. Pero… ¡Un momento…! ¡No sólo se agarraron las manos!

Un abrazo los acercó y sus bocas se unieron. Los labios del uno eran humectados por la lengua del otro, con una fuerza que rebosaba cada vez más saliva. Sus manos se soltaron para empezar a palparse mutuamente todas las pocas y tiernas carnes de sus cuerpos. Ella le cogía las nalgas como si se le fueran a caer del ya caído pantalón, y él insistía en perforar con sus dedos la falda, ajustada hasta las rodillas, para llegar al recóndito ángulo formado por sus delicados muslos. Inmediatamente después, mientras tocaba generosamente los senos de su amante, un desconocido pasó por ahí y, asustados, se separaron para continuar caminando juntos hasta donde estaban sus amigos como si nada hubiera pasado.


Esto ocurrió realmente al atardecer de un sábado cualquiera cerca al deslizadero del parque del barrio. Ella, máximo, tiene 13 años; él, 14; sus amigos y amigas, 11. ¿Continuarían con lo empezado? ¿(En) qué podrían acabar?

¿Sabe usted qué están haciendo sus hijitos o hijitas, hermanitos o hermanitas, primitos o primitas, sobrinitos o sobrinitas en estos momentos?

No sólo sintiendo ganas, ¿recuerdan...?

Delicioso…