Tantos intentos de Doña Clotilde que hacían pasar saliva a su Rorro lo convencieron inevitablemente de hacerlo, tanto, como la tacita de café que el Profesor Jirafales aceptaba a Doña Florinda en cada visita. Así, en una boda a la que asistió toda la vecindad, la pareja selló su amor en sagrado matrimonio.
¿En qué consiste esperar una llamada de quien te gusta? ¿En dosificar la paciencia con gotas de Valeriana? ¿En esperar a que la última burbuja de una Coca-Cola reviente en la superficie de una botella sin abrir? ¿En formar la fila más larga del banco atendida por un cajero en entrenamiento un fin de mes? ¿En continuar con las enésimas pruebas de ensayo y error en un laboratorio de explosivos?
¿Y si por fin escuchamos su voz? ¿Le saludamos como si nada pasara? ¿Cómo si fuera un mensaje pregrabado de la empresa telefónica? ¿Hay que recurrir al viejo truco de la indiferencia? ¿Correr el riesgo de ser malinterpretados? ¿O narrarle el sueño en el que esa persona fue protagonista? ¿Decirle la falta que nos hace verla desde ayer? ¿Hablarle con ese tono romántico que sazona cualquier cosa que se diga?
¿Cómo darle un beso en la mejilla sin saborear su perfume? ¿Cómo tocar su mano sin imaginarla en nuestro rostro? ¿Cómo decirle a sus ojos dormilones que quisiera verlos abrirse en un amanecer a nuestro lado? ¿Pero, qué hay de la trinchera que cava cuando estoy cerca? ¿La relleno con chocolates? ¿Con palabras bonitas? ¿Suaves caricias? ¿Y que agradezca mis intenciones? ¿Con una mirada, por ejemplo?
¡Se me chispoteó! Continuemos…
Cuando El Chavo del Ocho despertó de aquel sueño se dio cuenta de que las cosas seguían igual: ella, intensa, enamorada de él, arisco, manteniendo la historia de toda relación no correspondida. Una escena transmitida realmente por televisión que, de haber sido cierta, habría dado un vuelco al programa mexicano.
¡Ah, el amor! ¿Será cuestión de perseverancia o decidida inmediatez?
¿Alguien puede afirmar: “eso, eso, eso…”?

