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No debéis afligiros, mi señor. No tenéis más que proporcionarme una bolsa y un par de botas para andar por entre los matorrales, y veréis que vuestra herencia no es tan pobre como pensáis...
miércoles, 20 de enero de 2010
"Se hace querer"
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miércoles, 13 de enero de 2010
Saber o no saber
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miércoles, 6 de enero de 2010
Contaminación carnavalesca
A partir de 2010, el Carnaval de Negros y Blancos de Pasto fue nombrado por la UNESCO Patrimonio Cultural Inmaterial y Oral de la Humanidad. Un orgullo más por mi tierra natal: ¡felicitaciones!
miércoles, 30 de diciembre de 2009
Nueva década
miércoles, 23 de diciembre de 2009
Regalo esperado
Tal vez por eso las lucecitas de la decoración navideña se encienden y se apagan para recordarnos que sólo tenemos la esperanza vana de recibir lo que queremos y, algunos, el gusto de recibir lo que necesitamos. Y muchos, pero muchos, nada.
Curiosa esa situación, ¿no?
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miércoles, 16 de diciembre de 2009
Amigo secreto
Lo que importa es el detalle, lo que el buen corazón de las personas esté dispuesto a compartir…
miércoles, 9 de diciembre de 2009
"Nos hemos utilizado"
miércoles, 2 de diciembre de 2009
Contrato amoral
En El Regreso del Profeta de Hajjar Gibran.
De igual manera, las parejas deberían hacer un alto en el camino para evaluar cómo les fue en términos de amor, amistad y sexo durante estos 12 meses, y qué piensan mejorar para los que vienen. Los hijos deben participar de esa planeación así no hayan sido planeados (y muchas veces, deseados).
Propuestas, ajustes, indicadores, metas que le permitan a la pareja saber de su desarrollo como seres humanos individuales y colectivos.
Y así como en el mercado laboral, poner fin a lo que no marcha como se había propuesto o prometido el año anterior o intentado durante el actual, y terminar sin temor lo que tiende a empeorar con el tiempo irremediablemente. En el mejor de los casos, darse una licencia para meditar sobre lo que se significan como personas y como pareja.
Se entiende que hay cláusulas de disolución del contrato cuando las partes comprenden que las ganancias ya no son lo que eran, o que ni siquiera superaron las proyecciones que se habían hecho, o que ni siquiera cumplieron con el estándar mínimo ofrecido desde un principio.
Uno no sabe nada ni de Dios ni del amor, y sin embargo decimos, sentimos, pensamos y hacemos cosas en sus nombres. ¿Podrá Dios ser tan intransigente ante esa promesa hecha en un estado de total embriaguez de enamoramiento puro? ¿Será tan testarudo al exigir que tal pacto, a pesar de todo lo malo, DEBE durar toda la vida?
Yo no creo que la infelicidad en pareja sea una decisión que a Dios no le importa, y que nos exige, gruñonamente, cumplirle como prueba de karma para el perfeccionamiento del alma en vida de pareja. Si llegamos al cielo nos dirá: “¿Y no los mandé a ser felices? ¿Por qué no se separaron y disfrutaron sin la compañía de la otra persona?” Será tarde ya.
Si no metemos a Dios en el asunto porque fue un notario o una simple promesa al viento lo que unió a la pareja “por siempre jamás”, ¿no será más humanamente correcto actuar con el gusto del libre albedrío y decidir a favor de nuestro propio bienestar en el momento más conveniente para la relación?
Claro: como en todo contrato debe haber multas de incumplimiento. Se pagarán con unas lágrimas, un montón de recuerdos y un prudente rato de nostalgia, pero es más honesto que vivir de las apariencias y los deberes sociales por el resto de la vida, esperando a ver si se mejora la cosa mientras se le sigue diciendo ‘amor’ a alguien por quien ya no se siente eso: ¿Hipocresía, costumbre, obligación, amor?
Por favor: ¡la letra menuda no la escribió Dios!
Esta es mi propuesta: “Contrato leonino”.
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miércoles, 25 de noviembre de 2009
miércoles, 18 de noviembre de 2009
Gato novela
¿Entonces, qué de qué?
¿Tú y yo qué venimos siendo?
Nada… Ya te dije que lo nuestro no es posible. Yo soy una gatita de familia y tú un gato callejero…
¿Callejero? ¡Pero si tengo un nuevo collar!
¿De qué te sirve, si no quieres que nadie te dome?
¡Bah! Me voy… Tú siempre con esos discursos…
Pero sabes que es verdad… Vete… Es lo único que sabes hacer, además de nada… (¡Qué collar tan gay…!)
¡¿Qué fue lo que dijiste?!
Nada… Te preguntaba que qué colores hay… De collar, digo…
Ah, más te vale… Oye, por qué no seguimos charlando un rato…
Pero de lejitos… No quiero que se me peguen tus pulgas…
¿Y qué más?
Bien, bien, ¿y tú?
Enamorado…
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viernes, 13 de noviembre de 2009
¡Feliz año!
Que en la mesa pongas un lugar, para el hijo que no ha de llegar,
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miércoles, 11 de noviembre de 2009
"¿Qué hago contigo?"
miércoles, 4 de noviembre de 2009
A quien corresponda - Restaurante
Fernando Pessoa.
Frase introductoria en El Lamento del Perezoso, de Sam Savage.
Existen otros calificativos que un crítico de cocina podría dar sobre sus diferentes platos, pero sería pretencioso utilizarlos, para bien o para mal, en este momento. Así que me limitaré a decir que su comida es buena. Nada más.
El motivo de mi carta es simple: expresar mi agradecimiento: ¡gracias!
Listo.
Pero mis agradecimientos serían mayores (¡mayúsculos!: los escribiría en una carta posterior) si hicieran algo por los clientes que nos alimentamos de sus ollas. Es algo complejo por la única dificultad que perjudica a la humanidad, que somos humanos, y como tal quedamos indefensos no a las Leyes Naturales y del Tiempo, sino totalmente desnudos ante nuestro libre albedrío.
Tal vez el guante le caiga a más de uno, pero no es mi intención cuestionar a todos lo que están detrás de mis cubiertos. Es evidente que para que los platos estén frescos, calientes y, nuevamente lo digo, buenos, su trabajo ha sido cuidadosa o improvisadamente bien realizado.
Sin embargo, el enorme favor que les pido (pedimos, dicho sea de paso) es que hagan algo con quienes sirven la comida.
“Lo malo de la rosca es no estar en ella”, dice el refrán, pero si hay algo peor que la envidia es la injusticia, y es ahí a donde apunta mi solicitud. ¿Qué tengo que hacer para que me sirvan, con un guiño de ojo, dos porciones de maduro asado? ¿Con quién tengo que hablar, susurrar si es necesario, para que en mi plato la ensalada a-parezca verde? ¿Qué debo decir, cuál es la clave, para que mi corte de carne sea más grande? ¿Cómo me gano el derecho a doble mazorca en mi sancocho?
¡Claro, gratis, por supuesto! Pagando, ¿qué gracia tendría mi denuncia?
Es inaudito que al cliente frecuente (tal vez tiene una tarjeta de esas que suman puntos, calorías en este caso) que está delante le agranden la porción de papitas fritas con una sonrisa a la mesera, y que llegue yo, con el mismo gesto de caridad-y-buenachonidad y me diga “es que no me alcanza para todos…”. Que pida igual cantidad de alverjas que quien va dos puestos más adelante y me diga “es que él sí paga doble porción”, a sabiendas de que he estado pendiente de su pago en caja. Que le pida una yuca cocida más grande, como la que acaba de servir, y me diga “¡todas son iguales y sólo es de a una!”. Y además, añade, lastimeramente, “qué pena…”.
Me atrevería a decir, aunque suene mentirosamente increíble, que haría esta misma solicitud si yo también estuviera en la rosca. Es que es tan evidente, tan insensato, tan vergonzoso…
Pensando positivo, aprovecho la arbitrariedad de sus sirvientes para hacer dieta. Es lo único que aleja de mi mente las enormes ganas de hacer un escándalo (no sé cómo vaya a reaccionar… si con quien sirve o con quien recibe esos beneficios adicionales…) cada vez, cada día, cada dos o tres clientes que son bendecidos por la subjetividad generosa de sus meseros y meseras en su restaurante, de donde recomiendo, de verdad, que la comida es buena. Sólo eso.
Atentamente,
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