miércoles, 31 de octubre de 2007

No "exijo una explicación"

Porque el libro de la infancia marca tu identidad como ninguna lectura en la vida”.
-Lo cita Andrea Moreno en su Messenger-

Pelotillehue. Una cena en El Pollo Farsante. Un trago en el Bar El Tufo. Una fórmula médica de la Farmacia La Píldora Falluta. Un baño con Jabón Sussio. Las noticias de El Hocicón, un diario pobre pero honrado. Un café en El Insomnio. Y un refresco Tome Pin y Haga Pum.

Antes de dormir me subía a la gigante cama a leer o a escuchar, da igual, las historias de nuestro personaje favorito: mi papá bajo las cobijas y yo encima de ellas, pasando las hojas con la tibia luz de la lámpara de noche. Supongo que me quedaba dormido y mi mamá luego me pasaba a mi cama.

La emoción estaba en abrir la nueva revista justo en la mitad, donde se encontraba Panamericana, una caricatura de un solo cuadro que ocupaba las dos páginas centrales. Eran increíbles las historias que en la carretera se contaban sin necesidad de diálogo alguno; una fotografía simple, divertida.

También me gustaban las ediciones De Lujo o De Oro de Condorito, donde se contaban nuevos o viejos chistes. Era lo de menos: lo importante era leerlos de nuevo. Con él, claro. No importaba que en noches pasadas ya lo hubiéramos hecho. No había necesidad de que mediara carcajada alguna, lo que interesaba era la compañía, el momento, el cariño.

No recuerdo si con él, mi papá o Condorito, aprendí a leer. Ambas cosas supongo. De lo que sí estoy seguro es que mi gusto por las letras nació allí. Pepo, su autor, era impecable en la ortografía y los signos de puntuación. Era obvio (y siempre lo será) que las mayúsculas se tildan, por ejemplo.

Y la observación: qué buena enseñanza de mi papá. Saber L.E.E.R una imagen, apreciar los detalles que en ella se encuentran, disfrutarlos, analizarlos. Allí estaba la historia no contada, la mitad del arte hecho dibujo de adorno, de paisaje, de contexto. Supe que los cocodrilos están a la vuelta de la esquina, que los sonámbulos caminan por los techos, y que el balón de fútbol está por fuera del afiche del jugador.

Humor agradable, inteligente, amistoso y social. Por muchos años guardé todas esas revistas, hasta que luego me las botaron… Hace poco compré un Condorito Clásico, y cada página era un recuerdo vívido, presente, real diría, de esos bonitos instantes. Increíble.

Cabellos de Ángel. Garganta de Lata. Yuyito. Don Cuasimodo. Comegato. Don Chuma. Ungenio González. Doña Tremebunda. Fonola. Chacalito. Chuleta. Che Copete. Coné. Washington. El Padre Venancio. Matías. Pepe Cortisona. Genito. Don Máximo Tacaño. Titicaco. Mandíbula. Tomate. Yayita. Huevoduro… Y Condorito, un pajarraco con sandalias, tres plumas en la cola, un parche en su rodilla izquierda, un pantalón negro arremangado, una camiseta roja, un collar de blanco plumaje y una vistosa cresta.





Cuando vaya a Chile será visita obligada ir a la estatua que en honor a Condorito existe. Esta foto me la envió mi amigo Adapar. Desde allí recordaré los buenos momentos que compartí con mi papá antes de morir, cuando yo apenas tenía siete años. Tal vez ese día las lágrimas sean tan gratas como las que me escurren al escribir este artículo.

No “¡Plop!”.

miércoles, 24 de octubre de 2007

Zen-amor-a-uno

En su interpretación más estricta, la mecánica cuántica sostiene que los resultados de un ensayo, por más objetivo que sea, dependen de la experimentación humana. Una idea muy zen: si un árbol cae en el bosque, y nadie está allí para oírlo, ¿produce algún sonido?


Si una mujer no se arriesga a conocerlo/aceptarlo a uno, a probar siquiera una mínima pizca de amistad, ¿cómo validar la existencia pasada-presente-futura del amor?

miércoles, 17 de octubre de 2007

Les pasé la gripa

Bueno, eso supongo. Quién las manda a comerse uno de los gargajos de mi gripa, que aminoró mi salud con fiebre, dolor de cabeza, taponamiento de oídos, escalofríos, calambres, tos y ardor en la garganta.

En una de las tres noches de malestar fui a la cocina a tomar agua, y aproveché también para sacar la flema que en exceso amortiguaba el aire que entraba/salía de mis pulmones. Al lado del sifón y con un color verdoso que irradiaba en la oscuridad, finalmente cayó espesa, lenta, densa, cuajada, maciza, pesada, perezosa y pegajosamente.

Al otro día me di cuenta de que ellas no esperan a que haya mercado, sino que lo que encuentren será bien recibido por el hambre que las apremia. Recolectan lo que sea de mi alacena, como cuando las encontré merodeando la pimienta negra, vagando en una bolsita aromática de hierbabuena, rondando la nueva crema lavaplatos con olor a uva, llevando a cuestas una presa viva (Autor y coautor de un crimen), o trabajando diariamente en el tarro de la basura.

Esa mañana las encontré en el borde de lo que había expulsado la noche anterior. Como si fuera una gota de leche condensada, sorbían del espeso charco lo que alcanzaba en sus bocas, y salían corriendo al camino que las conducía de regreso a su guarida, a compartir en comunidad aquel mucoso tesoro verde.

Las espanté y limpié el lavaplatos. ¿Les sabría rico mi manjar? ¿Las extinguirá mi infección? ¿Se volverán mutantes? ¿Cómo estornudará una hormiga?

miércoles, 10 de octubre de 2007

Mi primer 'palo'

Así como la tasa de cambio es relativa, la historia de mi primer millón de pesos también lo es. Para tararear la canción de Bacilos tendría que ajustarlo a la TRM del día ($1.968,06), y sacarle ritmo al verso que habla de “mis primeros quinientos ocho dólares con once centavos”.

La diferencia con los otros primeros millones está en su origen. Legal, por supuesto, pero de un trabajo totalmente distinto a los anteriores, de los que no menosprecio para nada la experiencia (más personal que profesional) adquirida.

Es sólo un millón de pesos. Lo que mis compañeros de universidad se ganaban en su práctica laboral hace cinco años. Lo que pagaba por vivir en una cabaña en medio de la Sabana de Bogotá hace cuatro años. Lo que recibí por participar en un proyecto de investigación nacional hace tres años. Lo que nadie me consignó por estar desempleado durante meses hace dos años. Lo último que retiré de la cuenta de ahorros luego de renunciar por seguridad hace un año. Lo que recibí por leer, escribir y tomar fotos en mi nuevo trabajo este último mes como gerente de proyecto de una revista de ingeniería.

Es una parte de lo que muchos de ustedes gastan mensualmente, y un porcentaje frente a lo que gana un ingeniero promedio en la industria. Claro, hay excepciones, pues conozco compañeras que ganan un poco más del mínimo, y colegas que facturan en dólares la hora de consultoría. Mi primer millón también es una excepción a la regla, porque se basa en algo que no había intentado antes de lleno: el mero gusto, lejos de la necesidad, lejos de la obligación. Claro, sirve para las necesidades y las obligaciones del día a día, pero el haberlo obtenido con gozo multiplica su valor y gratifica el empeño. Es la materialización del dicho aquél: “lo importante no es hacer lo que se quiere, sino querer lo que se hace”.

Ya lo había experimentado hace un tiempo atrás pero sin ningún contrato laboral estable. La primera vez que vendí una de mis pinturas, por ejemplo. Fueron sólo $40.000 y sirvieron para comprar materiales y poder hacer otras obras que fueron vendidas o regaladas. Recientemente, el pago de una fotografía digital para una revista institucional: $13.000. Todos los escritos para El Clavo, otros impresos y esta bitácora han sido gratuitos, pagados únicamente con la satisfacción propia de publicar (antes que perecer).

¿En qué voy a gastar mi primer ‘palo’? Pagando la última cuota del semestre del postgrado. Ya llegarán más primeros y enésimos millones para otras cosas. Así es.

miércoles, 3 de octubre de 2007

Bigotes

La barba y el bigote, al ser casi una máscara, deberían ser prohibidos por la policía. Además, como distintivo del sexo en medio de la cara, son obscenos y por eso les gusta a las mujeres”.
– Arthur Schopenhauer –

Ha crecido silvestremente. El ralo cultivo ya casi cumple tres semanas. Ascendió de categoría al ser un grisáceo bozo rasposo a un incipiente mostacho cerdoso. Y es curioso: no duele al tirar de él como creía; levanta el labio y todo; como a veces pasa…

Los compinches vellos no tuvieron, esta vez, la misma suerte. Ellos, hace más de un año, crecieron de la misma desmedida manera. La barba me cubrió por casi cuatro meses y era una maraña de pelos bordeando mi cara. Al bigote se le negó esa posibilidad, y cada mañana se enfrentaba a la guillotina portátil. Por esa apariencia me convertí en “Don Esteban”, un bonachón jefe que impartía a mansalva órdenes a sus leales Pito y Sirena con la voz más temida de cualquier Avantel.



Esta vez los apodos tampoco han faltado; una reacción burlesca de los más cercanos al cambio. Pero es una experiencia diferente y es interesante ver cómo resulta para mí y los demás. “Carranguero” y “celador de cuadra” han sido buenos apuntes, pero uno me ha inquietado: Don Chinche.

¿Cómo sentiría La Elvia los besos de su eterno novio? Que alguna me lo diga si ya lo han probado. O que alguna lo pruebe conmigo en su boca, en su cuello, en sus senos, en su vientre. Sería agradable sentirlo y hacerlo sentir en el cuerpo de la pareja. El plazo se vence para las interesadas: no sé por cuánto tiempo más tendrá licencia de libre crecimiento.

¿Tiene razón el filósofo?

miércoles, 26 de septiembre de 2007

miércoles, 19 de septiembre de 2007

No es suficiente

No te rasques las huevas frente a ella. Levanta la tapa del inodoro antes de orinar. Lávate las manos cuando salgas del baño. No digas palabrotas. No la celes o, si acaso, sólo un poquito. Nunca le digas que está barrigona. Nunca mires ni hables de las tetas o del culo de las amigas de ella. Lava los platos. No pienses solamente en sexo y no te vayas a quedar dormido inmediatamente después de hacerlo con ella. Debes acariciarla hasta que sea ella quien se quede dormida. Dile que ella es la mujer más bella que jamás has visto. Y regálale flores y muchos, pero muchos, presentes.

Estas son algunas premisas de uno de los correos electrónicos que a la gente le gusta re-re-re-re-enviar a sus contactos, porque “Fw:Re: ¡Está buenísimo!” independientemente de su contenido, como se cuenta en La Cantera de las Palabras.

Dejando al lado el tema del spam, del archivo PowerPoint me llamó la atención su historia: un tipo va donde un sabio monje para conocer el secreto del amor en las mujeres.

La insolencia no está en lo caricaturesco de los consejos (ni más faltaba, sería como negar que las mujeres también se tiran pedos), sino en la mentira que encierran en su conjunto porque: a) Es imposible saber qué es lo que se necesita; y b) Así lo sepamos con exactitud, nunca será suficiente para nadie.

Con una analogía de una historia Sufi podría explicar por qué. Un sabio mendigo retó a un adinerado rey a llenar su charola. Cada vez que la llenaba con monedas y joyas, ésta quedaba vacía nuevamente. Después de perder su fortuna y ver derrotado su ego, el rey le pregunta “¿de qué está hecha tu escudilla?”. El mendigo se rió y le dijo: “Está hecha del mismo material que la mente humana: está hecha de deseos humanos”.

Cuando se alcanza un deseo, otro aparece. Entonces, ¿cómo conquistar a alguien si ni siquiera, hombres y mujeres, sabemos lo que queremos? Y si lo supiéramos y lo hiciéramos, ¿qué más querríamos?

miércoles, 12 de septiembre de 2007

Escampadero

La mayoría busca un techo mientras deja de llover y otros llevan paraguas consigo a todo momento. Como sea, todos buscamos abrigo y una bebida caliente en las mañanas frías mientras esperamos a que salga el sol.

La cultura popular se ha encargado de relacionar esa acción con las difíciles circunstancias de desempleo actuales, comparando cualquier oficio temporal con un escampadero, ese lugar que nos cobija hasta cuando otra oportunidad llega.

¿Sería correcto ajustar el término a una relación de pareja? ¿Quién lo sería de quién? ¿Quién tendría la sensatez de aceptar la intrascendencia de las relaciones? ¿Quién sería capaz de afirmárselo a su pareja categóricamente? ¿Quién viviría la libertad del amor sin compromiso alguno?


El objetivo principal es beneficiarse mutuamente. El proyecto podría incluir más colaboradores pero una dupla es suficiente: resulta cómodo, seguro y económico para las dos partes. Con esta condición que nos somete a la monogamia, se construye lo que se considera amor verdadero: una promesa eterna con votos de fidelidad que se detallan en las bodas como la letra menuda de un contrato (como cualquier otro).

Pero, ¿somos tan crédulos de esperar que toda compañía esté con nosotros “x100PRE”? ¿No sería mejor tener claro que quien está con nosotros (o nosotros mismos) tiene el derecho (y a veces el deber) a dejarnos solos en cualquier momento? ¿Por qué jurarse el uno para el otro, que lo mío es tuyo y lo tuyo es mío, y que ni Dios habrá de separarnos?

La incertidumbre está presente a toda hora. Entonces, ¿por qué esperar que el alguien con quien estoy sea la excepción a la norma? Inconscientemente todos esperamos eso: que un noviazgo dure, con el extra tiempo del matrimonio si se quiere, para toda la vida.

En el fondo todos queremos estar con alguien y que la vaina dure un poquito más. Y esperando eso, haciendo fuerza para que la cosa se mueva o aguante, nos desgastamos más. No dejamos que las cosas no ocurran o dejen de ocurrir. Mientras pujamos para que dure (y esté duro) nos olvidamos de disfrutar lo que sea que esté sucediendo. Nos olvidamos del proceso y esperamos el resultado, cegándonos ante la posibilidad de gozar cuánto y cuándo se pueda.

Queremos estar seguros de tener bien amarrados los cordones antes de dar el primer paso: queda descartado el método científico de ensayo y error. Queremos ir a la fija en el trato y nos demoramos escogiendo o desechando a quien siquiera nos pretende. ¿Qué tal que sea mejor de lo que los cuentos de hadas nos prometieron desde niños?

¿Por qué no gozamos de lo que tenemos bajo la sombrilla que ya encontramos? ¿O por qué no buscamos otro cobertor más grande? ¿O por qué no nos empapamos de soledad? Cualquier opción será buena mientras la disfrutemos, mientras dure. Lo importante es vivir lo que ocurra dentro o fuera del paraguas hasta que nos sintamos conformes con nuestra siguiente apuesta a favor de evolución humana.

A propósito, el escampadero también nos protege de la luz: tal vez por eso me gusta mojarme o tomar el sol de vez en cuando.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

De pelos

Las canas son vanas; el diente miente; la arruga saca de duda
– Dicho popular –

Recuerdo que en un esfuerzo por retener la niñez en mi cuerpo, corté los dos o tres primeros vellos que en mis axilas anunciaban la irreversible adolescencia. Tan delgados, tan vírgenes, tan orgullosos de haber nacido, fueron cortados para desnudar la piel de esa zona que, por ese tiempo, comenzaba a oler algo más salado.

Un día, un fantoche compañerito de salón mostró los horrorosos pelos que desde hacía unos meses ya tenía bajo su brazo, y los demás amigos hicieron lo propio con bastante vanidad. Sólo a mí parecía molestarme tan desagradable cambio físico, y lo único que había que hacer era aceptarlo: ¡adiós tijeras y bienvenido desodorante!

Hace tiempo alguien bromeó con la edad de un cumpleañero diciendo: “¡ya estás tan viejo, que te van a salir pelos en las orejas!”. Mientras todos se reían, yo recordaba lo curioso que me resultaba ver a los ancianos con tupidos mechones de vellos negros en los lóbulos de sus oídos. Como resulta complejo cortarlos en medio de las curvas de los pabellones auriculares, algunos señores andan como perros ovejeros mostrándole al mundo otra inevitable señal de la ancianidad.

¿Qué sucede con los cabellos y vellos de las mujeres? Además de teñirlos en Tecnicolor o arrancarlos estando ensebados (“Artificial”), no sé qué más podría ocurrir.

En la última ocasión el peluquero, con la máquina eléctrica cerca de mis orejas, me preguntó: “¿también los corto, señor?”. Pensé que se refería a las patillas, así que le dije que sí. Con el ruido del aparato, sentí que un monstruo-zancudo entraba a mi cabeza, y lo único que podía hacer era quedarme quieto. No le tomó más de dos segundos hacerlo pero de inmediato le pregunté qué hizo. “Le corté los vellos de su oreja, señor”.

Tenaz. Dramático. Mientras emparejaba el otro lado, la historia de mi vida pasó delante de mis ojos, como en esas películas que muestran lo que recuerda el actor antes de morir. Contundentemente, la vejez se había manifestado por primera vez en mi cuerpo, en un lugar inhóspito para cualquier explorador. Nada que hacer: ni siquiera una estresada cana había sido la causa de suspiros por la añorada juventud física.

Por ahora sólo es uno a cada lado, y al cogerlos se alcanza a oír cómo rechinan entre los dedos que los acarician. Hasta la sensación de dolor al halarlos es nueva: parece que nacieran del cerebro activando nuevos neurotransmisores a su paso. No logro describir lo que se siente: hay una experiencia de vida comprometida. Pero antes de parecerme más a un gato, ¡adiós copitos y bienvenidas tijeras!

miércoles, 29 de agosto de 2007

Escaleta del cine clásico

Primera escena:

Un tipo compra cosas de primera necesidad en un supermercado específico al atardecer. Se acerca al punto de pago y espera paciente los dos turnos que faltan para ser atendido. Al ojear una revista farandulera se encuentra ineludiblemente frente a una bella mujer.

Segunda escena:

El mismo tipo vuelve al mismo supermercado a comprar, ahora, cualquier cosa: una simple excusa para verla. Desilusionado, entrega el dinero mecánicamente a la registradora de turno sin importarle en ese momento nada más que su ausencia.

Tercera escena:

Mismo tipo. Mismo supermercado. Misma cualquier cosa. Diferente hora. Qué alegría ver su rostro nuevamente, su cabello suelto, su sonrisa amable, su espalda recta, sus manos ágiles, su uniforme impecable, su nombre en el pecho.

Cuarta escena:

Guión inconcluso...

¿Cómo se llama la película?

miércoles, 22 de agosto de 2007

El huevo


¿Por qué está solo? ¿Con qué se quebró? ¿Quién lo quebró? ¿Se rompió desde adentro? ¿Desde fuera? ¿Qué había en él? ¿Qué pasó con lo que estaba allí? ¿Nacería vivo? ¿Seguirá vivo? ¿Lo mataron al abrirlo? ¿Era de un ave? ¿De un reptil? ¿Será de un monstruo? ¿Sería un HuevoCartoon? ¿Sería Huevoduro? ¿Dónde está ahora? ¿Fue desayuno de “Salchicha con huevo”? ¿Frito se comió? ¿Quería sal? ¿Hay más huevos? ¿‘Güevas’?

miércoles, 15 de agosto de 2007

¡El lobo, el lobo…! ¡Qué viene el lobo!

Versión pirata de la moraleja de El Pastor Mentiroso de Esopo: “A un mentiroso le creen todos, incluso cuando sea verdad lo que dice”.

Hasta la anónima voz corría por las calles del centro de la ciudad al esconderse del lobo, alertando a los pastores que encontraba a su paso. Aunque pudiera ser mentira, nadie correría el riesgo ante el inminente peligro que representaba tal grito. Así, tratando de ver a la gigantesca fiera en la congestión vehicular, cada pirata, digo, pastor, tomaba su mercancía en cajas de cartón de manzanas chilenas y salía despavorido a buscar refugio para ocultarse del cazador en los locales de baratijas y cafeterías con lechona que rodean a los sanandresitos. El ajetreo resultó ser falsa alarma.

En estos casos, la moraleja de la fábula de Esopo necesita ajustarse: si ellos dejan de asustarse por el lobo, perderían toda su mercancía de contrabando, pagarían multas por derechos de autor e irían a la cárcel por lavado de activos. Los vendedores ambulantes que han caído en las fauces de la fiera saben lo que significa. Los ojos verdes de Paola, una minorista conocedora del cine callejero del momento, recuerdan el día en que el lobo les confiscó, a ella y a sus vecinos de andén, sus películas y música en todo formato, teniendo que pagar más de trescientos mil pesos de multa para salvarse de la cárcel. Hasta los banquitos de madera y el cartón que conformaban su negocio se perdieron. El camión de la oficina de espacio público de la Alcaldía, el mismísimo lobo feroz, se lo había tragado en su remolque.

En la cacería, el lobo está acompañado de muchos cerdos, “la Policía”, aclara Paola riéndose de tan extraña asociación de la naturaleza. Las redadas por lo general terminan en alegatos y trifulcas con los dueños de las chucherías, y las excusas del derecho al trabajo son el lema con que justifican su labor diaria. “De esto vivo, con esto llevo a la casa el desayuno para mi hijo”, insiste ella. Todos juzgan su trabajo pero al final la mayoría compra algo pirata. “Todos ganan con esto… mire que hay artistas que son famosos porque sus discos se conseguían en los ‘agáchese’ o en los semáforos”.

Lo que defiende el Municipio es el espacio público, y de chanfle, el control de los productos comercializados fuera de las leyes colombianas. Dos pájaros de un tiro. “No se sabe qué es lo que quieren: si limpiar las calles o quitarnos nuestras cositas”. La periodicidad del misterioso y cambiante camión no está definida, pero cuando pasa, nadie es juzgado como pastorcito mentiroso. “Somos parceros”, dice; solidarios, diría yo. Hay que cuidar el rebaño aunque no sea de ovejitas.

La solución al problema del tránsito local y de la falta de empleo no la dará el lobo. Sería como pensar que la venta y el consumo de drogas se terminan finalmente legalizándola para un mínimo consumo. Los vendedores ambulantes tienen su capital (a veces empeñado) en los corotos regados en una esquina cualquiera del centro, donde ricachones conductores o varados peatones compran cómodamente DVD’s y MP3’s más baratos (y en anticipada primicia, a veces) que en los grandes supermercados o en las videotiendas extranjeras o en las franquicias cinematográficas.

¿Usted ha comprado cosas piratas? ¡Ah! Usted sí que es un pastorcito mentiroso.

miércoles, 8 de agosto de 2007

Ceguera colectiva

Más valía ser un tonto de capirote con sus dos lámparas que un sabio privado del milagro de los amaneceres, de las floraciones, de los horizontes de invierno y de la belleza de las rocas, y sobre todo de la sonrisa de las muchachas y de las noches de estrellas que nos permiten percibir la norma kantiana que anida en el corazón humano”.

– Eduardo Escobar, al reflexionar sobre su operación de cataratas, en SoHo


Hace unos días viajaba yo sentado en una de las ventanillas de la parte delantera derecha de un bus de una empresa cualquiera, y un señor levantó su mano esperando la detención del transporte en la calle. Se acercó lentamente a la puerta y le preguntó al chofer si era la ruta siete pero de la competencia, recibiendo como respuesta un “¡Qué no ve que este es un ABCDEFG!” y arrancó con la rabia puesta en el acelerador.

Pude ver que en sus cuencas había un par de ojos borrosos cubiertos por unos párpados casi cerrados: efectivamente el señor era un ciego. Y claro, no le podía preguntar a su bastón metálico si el siete que apenas distinguía era o no de la empresa de buses que necesitaba. Me sorprendió que no pidiera el favor a alguien para que le ayudara con la ruta, y luego pensé en que seguramente no lo hizo por evitarse la broma de algún desgraciado.

Ayer, sentado en una de las ventanillas de la parte posterior derecha de un bus, grande, viejo y lleno hasta el segundo piso, vi cómo otro señor se apresuraba a encontrar la puerta de salida pero a cuatro filas de asientos de distancia de hacerlo. Desde la mitad del bus, el señor tanteaba con una mano la parte lateral del techo buscando el timbre, arrimándose con generosidad a los pasajeros de dos filas de asientos más adelantes que la mía. La señorita que quedaba al lado del corredor exclamó un enérgico “¡Oiga!” y el señor continuó avanzando mudo ante el reclamo.

Hizo lo mismo en la fila delante de mí e intentó seguir con mucho afán por entre las piernas de los tipos que estaban allí sentados. Obviamente uno de ellos lo empujó y la pelotera casi se arma, pues se fue encima del resto de gente que estaba de pie en el pasillo. Cuando los codazos de los asardinados pasajeros lo enderezaron, levantó su bastón de gruesa madera y con él comenzó a buscar ahora el dichoso timbre.

Lo lanzó con fuerza tres veces: la primera delante de mí, pegando justo en el borde de la ventana; la siguiente encima de mí, dándole al puro vidrio; y la última un poco más atrás, también a la ventana. Agaché mi cabeza y sólo mis despeinados cabellos parados sintieron el rejonazo que se estalló en el opaco cristal. La gente lo empezó a abuchear y en medio del escándalo el señor gritó “¡Déjenme bajar, que no veo!”, y sólo entonces los empujones cesaron y quienes pudieron se apretaron aún más para darle paso al señor hasta la puerta.


¿Por qué estaba solo? ¿Cómo supo dónde se iba a bajar? ¿Por qué no le pidió ayuda al chofer o alguno de los pasajeros para que le ayudara con anticipación a bajarse? ¿Cómo hizo para subirse? ¿Cómo haría ahora para orientarse a donde iba, si al parecer el bus lo dejó muchísimo más lejos de su parada? ¿Por qué no tenía puestas unas gafas oscuras que evidenciaran su condición? ¿Por qué nadie vio que sus ojos pequeñitos estaban a oscuras?

Qué ciegos somos.