miércoles, 28 de octubre de 2009

Maté a Mora

Ni más faltaba: ¡fue sin querer queriendo!

Pero pasó.


Desde hacía unos días estábamos ella y yo en el apartamento, y ya nos habíamos acostumbrado a estar solos. Cada uno en su espacio-tiempo, pero siempre buscándonos y encontrándonos cuando nos hacíamos falta mutuamente.

Con unas caricias respondidas con rasguños, hasta con mordiscos a veces, cumplíamos fielmente al pacto de amistad entre el amo y su mascota. Era suficiente, necesario, y propio de un franco ‘te quiero’.

Esa noche, desvelado en la cama por un mal sueño, no había nada más que hacer sino esperar a que llegara el amanecer. El silencio era correteado por uno que otro carro que a lo lejos pasaba, para luego regresar a escuchar el tic tac del reloj de pared. Me acurrucaba, pero mis pensamientos me descobijaban.

Como buen celador de cuadra, Mora llegó a la pieza con sus mudos pasos. Se metió bajo la cama, dio una vuelta hasta la ventana y luego de una rápida ojeada, decidió peinarse ese mechón en su espalda que la cortina le había alborotado. Pulcra. Vanidosa. Hermosa. Mujer.

Yo la veía sin musitar palabra o intentar movimiento. Era un estado de contemplación absoluta: podía escuchar cada lengüetazo y cada pasar de saliva lleno de pelos. Cuando quedó como ella quería quedar, se alistó a continuar con su paseo nocturno por el resto del apartamento.

En ese momento, decidí levantarme de la cama para distraer mi insomnio. Al bajar los pies, empujé una de las chanclas que estaba de medio lado y por alguna razón el ruido que hizo, hizo que Mora diera un brinco de espanto, lleno de pavor, repleto de pánico, rebosante de terror.

No sabía donde caer, se resistía a caer, se sentía más segura en el aire que en el suelo que la había atacado. Su cuerpo se retorció de todos los lados pero la gravedad cumplió su tarea.

Con la velocidad de un rayo, su cuerpo se flexionó hasta pegarse al piso. Sus pupilas se dilataron al máximo, ¡casi que se le salen de la córnea! Los orificios de su nariz se expandían ahogados… Sus orejas se echaron para atrás en acto de atenta escucha… Sus colmillos resaltaron de sus labios prestos a destrozar lo que se atravesara en su boca… Sus bigotes se plegaron como púas de un puerco espín… Su cola, un filoso aguijón… Y las garras, ¡oh, las filosas garras!, habían sido desenfundadas de su peluda vaina.

Ante tremendo adversario, cualquier enemigo habría huido del campo de batalla sin dudarlo.

Pero lo único que encontró fue a un amo desbaratado de la risa a las 2:50am, contagiando con sus carcajadas al silencio que los acompañaba, y burlándose con razón del susto, ¡tan hijueputa!, que le había hecho pasar a su gata…

Maté a Mora del susto: ahora le quedan ocho vidas.


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miércoles, 21 de octubre de 2009

Rebuscada

Sé que tú no quieres, que yo a ti te quiera.
Siempre tú me esquivas de alguna manera.
Si te busco por aquí, me sales por allá.
Lo único que yo quiero no me hagas sufrir más”.

Llorarás, de Óscar De León.


Que le digan a uno que no, para cualquier cosa, debería ser tan sencillo como poner una inyección en la nalga: luego de dar un par de golpecitos a la zona, con el fresco de un algodón humedecido en alcohol, ¡qué venga la aguja bien ubicada, precisa, directa y decidida!

Se espera que sea rápida para causar el menor dolor posible cuando entra, cuando vierte el contenido (medicina o veneno) y cuando sale con la ‘R’ de ‘rapidísimo’. Cualquier procedimiento adicional ya es sadismo.

Esta mujer, bella para mayor seña (¿sobraba decirlo?), es un pez enjabonado. Es increíble lo fácil que le resulta decirme ‘no’, sea real, claro y honesto, o ficticio, confuso y mentiroso.

Aunque veloces, sus palabras duelen y ya no sólo en el músculo glúteo mayor. Duele más adentro, en los cebos del corazón, en los vacíos del cerebro, en los tuétanos de los huesos, en los parásitos del intestino.

Pero últimamente sus excusas han sido el pegado de la olla. Le he dicho que me diga lo primero que se le ocurra, falso o verdadero, con tal de no escucharla mascullar una nueva versión de un ‘no’.

¡Qué tal la última!: que no salimos porque tal vez su ex contrató a un detective que la espiara y que nos puede tomar fotos o grabar las conversaciones.

¡Qué excusa tan rebuscada!

Cuando se le acabe el repertorio le tocará salir conmigo. ¿Tendré suficiente paciencia? ¿Para entonces querré salir todavía? ¿Le dedicaré o bailaré con ella esta canción?

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miércoles, 14 de octubre de 2009

Mi casi novia

"Hoy hace tres años amanecí pensando que había encontrado la mujer que me haría perder el juicio.
Ahora, sé que no me equivoqué
".
Frase en MSN de Cristhian dedicada a Paula.


Pretensioso, pero esta frase podría estar en mi Messenger.

Ese día ella se acercó al punto de venta de la Revista El Clavo a comprar la última edición de esa época. No recuerdo ¡POR QUÉ CHANGOS! yo tenía que dejar la mesa de atención en ese momento; ahora, retrospectiva y positivistamente, al lado de atenderla a ella, cualquier cosa era una pendejada o un pendejo al que tenía que saludar.

Más o menos le dije a mi compañero de trabajo: ¿la atiendes o la atiendo? Sin tirar una moneda o sin mediar favor alguno, me alejé del lugar con un afán sin sentido dejándolos solos en lo que era una normal venta más.

Cuando la volví a ver fue de la mano de mi amigo, cuadrados y felizmente enamorados, siendo la misma bonita pareja que ahora son, y que espero sigan siéndolo.

Ya he hablado de los casi y de las coincidencias, pero estas son las cosas que no me caben en la cabeza, y me llevan a utilizar la publicidad del producto comercial de moda, añadiéndole una palabra más, para preguntarme: “¿por qué (yo) no?”.

Mi amigo vive espantándome como a perro con periódico cuando me les acerco, cuando le digo que ella es mi casi novia… Y me río, me contagio de la risa del destino, con ‘D’ de Dios, cuando me pasan estas cosas…

Lo que me faltaba: a falta de mi propio Cupido, me convertí en uno. Ojalá siga valiendo la pena.

Será hasta LA próxima.


Postdata: Otra vez, así como esta mañana se me pasó el bus, perdí la oportunidad de saludar a la misma protagonista de otras historias por unos cuantos segundos tarde. ¿Acaso sufro de esquizofrenia? ¿Ella es mi delirio? O un diagnóstico menos trágico (¡glup!): ¿lo que no es para uno, no lo es en ningún momento?
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miércoles, 7 de octubre de 2009

Sili(en)co(ñ)a

Ella era una chica plástica,
de esas que veo por ahí.
De esas que cuando se agitan,
sudan Chanel Number Three.
Que sueñan casarse con un doctor,
pues él puede mantenerlas mejor.
No le hablan a nadie si no es su igual,
a menos que sea un fulano de tal.
Son lindas, delgadas, de buen vestir,
de mirada esquiva y falso reir.
"Chica Plástica"

Cuando se acerca, hombres lascivos se saborean con sus enormes y redondas tetas. Y al pasar mujeres envidiosas ven con nostalgia ese firme y también redondo trasero.

Su abdomen plano se ajusta a las tallas de sus ceñidos vestiditos, y su figura queda tan delgada, como la punta de su nariz recién operada.

No sé qué más decir. Rubén Blades y Willie Colón escribieron en su canción lo que tenían que decir de ella hace muchos años.

Y como no soy De Tal, sino De Carabás, ¡no me saluda!

Algo que agregar: que tal vez en la época de la salsa dura no había (o no era común) la silicona. Todo lo que la chica plástica de ahora tiene, en verdad es de plástico.

Sin necesidad de entrar en la discusión sobre qué es la belleza y toda esa carreta, ¿para qué le sirve, A ELLA, tanto más y tanto menos de su cuerpo? Bueno sí, llenar la cabeza con algo en qué pensar: en vivir arreglada para arreglar su vivir.

De resto, para follar. Para atraer la mayor cantidad de machos cabríos que usen todo lo que ella tiene como si fuera de ellos. Para contentarlos atrayéndolos o reteniéndolos. Para garantizarles que con sus falsos atributos tienen ganado el cielo.

¿Será que con silicona ella siente más rico lo que sea que le hagan? ¿No pues, que se pierde sensibilidad en las carnes? ¿Será que sus orgasmos son también de plástico?

Es el tipo que se la come (así, el que se la come, no valen palabras romanticonas como hacer el amor o tener intimidad) el que siente más placer en su cabeza (la de arriba) al saber que toda una Yayita está disfrutando con su cabeza (la de abajo). Y eso es lo que se conoce como encoñe.

Ella le garantiza a su pareja pasajera o estable que va a pasar bueno. ¿Qué más le puede garantizar? A parte, claro que a los 40 años se va a ver horrible (ella misma y el resto del mundo opinará igual) con nada más que el recuerdo de los polvos que le echaron encima.

La silicona es una prótesis sexual que garantiza que su pareja se va a encoñar con la mujer que se rellene de ella.

¿Para qué más le puede servir?
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miércoles, 30 de septiembre de 2009

Misión ¿Posible?

Si la naturaleza es tan sabia y poderosa como dicen los libros, la suerte y la razón deberían estar de nuestro lado”.
El gato Rigoberto, en El Clan de la Calle Veracruz, de Albeiro Echavarría.

En cuestión de segundos una cebra es atrapada por feroces leonas en medio de la selva africana. En los programas de animales se ve tan fácil la cacería, tan rápida… ¿Será por la televisión o por la selva africana?

Un paréntesis: algo similar ocurre en las películas románticas, en donde en máximo dos horas dos desconocidos se convierten en el amor de portarretratos. Eso también está editado o es ficción; y nos lo creemos.

En vivo y en directo y en un parque de la ciudad, las cosas no son tan ágiles. La naturaleza tiene otro ritmo que el de la pantalla.

En una tabla-comedero, montada sobre un arbusto por algún buen vecino hace mucho tiempo, cientos de aves se alimentan de las frutas que otros cuantos vecinos llevan voluntaria y diariamente.

Un vivo gato extranjero al barrio se dio cuenta de que podía hacer su propio picnic para el desayuno gratis y fácil: no hay tiempo que perder cuando de una siesta felina mañanera se trata.

¡Que la música de Misión Imposible empiece a sonar!

Agazapado entre el pasto, se acercó hasta el tronco y de un brinco sigiloso se acomodó cual camaleón en una rama más alta que su mesa de bufet. Sólo era cuestión de esperar, pensó. Y yo, parado a unos cuantos lejos metros, pensé lo mismo: sería testigo de mi propia escena de Discovery Animal National Channel Planet. Estaba tan atento como yo. No quitaba los ojos del punto donde se libraría un capítulo más de la vida salvaje.

Otro paréntesis: ¿por qué el camuflaje de los animales no hace juego con su hábitat? Es decir, ¿por qué el pelaje de los mamíferos cazadores no se encuentra en una gama de colores verdes? Sería el paso más lógico de la Evolución. Curiosa pregunta para Gaia.

Y el tiempo comenzó a pasar. Y pasaba. Y pasó… Con tantos abuelitos y abuelitas caminando alrededor de la pista, me empezó a dar sueño: era como contar de día lentas ovejas con sudadera gris y camiseta blanca.

Creo que el gato ni respiraba; concentrado. Sólo se movió un poco para acomodarse un poco mejor.

Ya pueden dejar de tararear la música. Nada pasó. La misión que decidí (yo), decidió (gato) y decidieron (aves) aceptar resultó, ciertamente, imposible.

Se me hizo tarde por estar esperando a que cualquier pájaro se acercara al comedero. El gato se terminó de arrunchar contra el tronco y se quedó dormido en la rama. Y las aves se quedaron sin comer la fruta recién servida, pero ‘vivas’ y burlándose de nosotros dos.

¡Ah, la Naturaleza!

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miércoles, 23 de septiembre de 2009

¡Zapatísimo!

El zapato que va bien a una persona es estrecho para otra: no hay receta de la vida que vaya bien para todos”: Carl Gustav Jung (1875-1961), psicólogo y psiquiatra suizo.

Con el sonsonete…

¡za.pa.ti.co.ro-to,
cám.bia.lo.por.o-tro,
que’.ste.está.muy.ro-to,
di.le.a.tu.a.bue.li-ta
que.te.com.pre.o-tro!


Intentémoslo con éste, a ver si nos cabe (en la cabeza) que el mundo no está para que nos calce, sino que lo calzamos y caminamos dejando huella y pecueca también.



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miércoles, 16 de septiembre de 2009

¿Amor o amistad?

Otro septiembre: mes de amor y amistad. ¿Acaso para ser amigos o amantes no hay que compartir mucho tiempo el resto del año? De lo contrario, ¿qué celebraríamos? ¡Ah! Una vez más, el dinero, la publicidad y la presión social se meten a mediar en las relaciones interpersonales. Tema trillado.

Aprovecho el momento para preguntar: entre el amor y la amistad, ¿cuál es el límite? ¿Cuál es la frontera que no puede transgredirse tácitamente?

Se recurren a los extremos: sí o no; vivo o muerto; una mujer no puede estar medio embarazada: o lo está o no lo está; blanco o negro. Hasta la Biblia por ahí lo dice, cuando se refiere condenatoriamente a las aguas tibias.

Los matices son para los mediocres, se dice, para los indecisos, para los justos. El cuentico de la tolerancia aguanta a estirarse, pero nunca alcanza para darle contentillo a las dos partes totalmente.

A uno le toca escoger entre amar en silencio a aquella persona amiga y amigo del alma o desear no haberse metido nunca en semejante vaca loca del noviazgo. La hipocresía es la máscara de la resignación en cada caso, cuando las cosas no salen como uno lo esperaba: era más emocionante anhelar el objetivo que alcanzarlo.

El punto de quiebre es la sexualidad, entendida netamente como el contacto físico de los cuerpos, no como el reconocimiento público de seres sexuados.

En el momento que se pisa esa línea divisoria, las cosas cambian. Difícilmente las cosas tienen reversa para situarse en el punto límite de nuevo. No se concibe que las cosas puedan ir y venir de un lado al otro en una próxima ocasión con un pasaporte: se exige la ciudadanía exclusiva en uno de los dos territorios, o se será un inmigrante indocumentado e indeseado por no comprometerse con las reglas de ese país.


El sexo es comunicación. Y como tal, debe entenderse. Una forma más de conocer, conocerse y conocernos. Si como seres sexuales el opuesto o el igual nos inspiran, nos provocan, nos palpitan, ¿por qué no se descarta una de las dos opciones a través de una pruebita de amor o amistad? ¿Cuál es el pecado de un beso apasionado para reconocer o reprobar ese corrientazo? ¿La prueba ácida de una caricia sensual no es suficiente para conocer el futuro de la pareja y aceptar o no el compromiso?

Es cierto que la Química es lo esencial a primera o a enésima vista, pero ¿qué tal si catalizamos la reacción con la Física? No esperar que las feromonas de uno y otro se sincronicen por su cuenta (con una inmensa probabilidad de que no lo hagan… me suena conocido…), sino ayudarles con el encuentro acercando nuestros cuerpos.

Claro, el requisito es, además de la protección sexual, el cariño. Ese va a ser el que más se enriquezca y le duela a la vez, si el gustico queda y no hay una seguridad emocional que amortigüe el desgaste del corazón en el tiempo. Pero mientras tanto los cuerpos, ¡felices!

Que no sea un mes, ¡que sea el instante! Con o sin prueba ensayo/error/decisión, disfrutemos en pareja.

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miércoles, 9 de septiembre de 2009

¿De la que me salvé?

¿Son mis años o los de ella?: para los dos han pasado la misma cantidad de horas, minutos, segundos…

Se puede quejar de mi barriga más redonda, supongo… lo más notable tal vez de un cambio físico prudente en el tiempo…

Yo de ella… Tal vez sean mis mañas más acentuadas pero… ¿qué le pasó? ¿En qué cumpleaños perdió la sonrisa? ¿Cuál incipiente arruga cubre su otrora ternura? ¿En qué año viejo quemó su gracia? ¿El día adicional de años bisiestos decidió amargarse? ¿En cada Semana Santa decidió aburrirse de la vida?

En ese entonces, sus tetas habrían sido la inspiración natural de un cirujano plástico, sus piernas habrían boquiabiertado cualquier pasarela, su talla seis no era proporcional a semejante trasero tan firme y empinado, su cabello y su cuello eran la publicidad perfecta para la más fina joya y su alegría era el “Ptffssssshhhh” de la última Coca-Cola del desierto.

Lo físico es lo de menos. Es entendible, mejor dicho. Lo que me asombra es que ya hasta su belleza interior decidió trabajar a media marcha. A un cuarto de marcha. Qué raro eso.

En el hipotético, hipotetiquísimo, caso aislado (confinado, desterrado, excepcional y arrinconado) de que me hubiera parado bolas en un plano diferente al de hacerle la tarea como compañera de estudio, y que hubiésemos formalizado cualquier tipo de relación amistosa, sentimental o sexual hasta hoy, ¿será que la vería con los mismos ojos? (bueno, sí, son los mismos, es un decir…).

El verla hoy ha decepcionado a la imagen con que la recuerdo: le cayó límpido a la foto que mi cerebro tenía de ella. Tal vez si la hubiera visto más veces en esta década habría sido testigo de su cambio (extremo), pero no sé si seguiría deseándola y admirándola como en ese entonces. Suena materialista, al parecer, pero no es por ahí la cosa.

Una especie de presbicia ocular o cataratas en el cristalino aclara mi mirada, mis filtros.

Tiempo... ¿Qué me pasó?

Desajustada, monótona, opaca, triste… Ya no le haría la tarea...

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miércoles, 2 de septiembre de 2009

Ahorrador Davivienda


A la celebración de los 13 años de El Clavo llegué con una gripa tenaz. Fui pensando en tomarme la foto y devolverme a la casa cuanto antes.

Al llegar me di cuenta de que tal fiesta para los integrantes de la Revista no existía: en medio de más de 700 personas que sí bailaban y cantaban, todos mis amigos y amigas estaban trabajando. Unos y otros en la barra sirviendo los tragos, repartiendo cocteles, tomando fotos, asistiendo a los músicos, controlando la entrada, y así, miles de cosas que tenían que cumplirse.

Me correspondió ayudar en el arqueo del dinero de las boletas. Billete arrugado tras billete rayado, con una de las compañeras clavianas dimos cuenta del total de ingresos para entregarlo simultáneamente a los pagos pendientes del evento.

Más tarde me pidieron que cubriera por un momento el turno en la puerta del bar. De bufanda en cuello me quedé esperando al próximo desconocido que quisiera entrar al concierto a las 12:30am. Nadie llegaba, nadie salía: sólo los viciosos fumadores ansiosos por otra dosis de nicotina. Con el humo del cigarrillo encima y con la brisa de medianoche, mi gripa empeoró.

Decidí sentarme en una gradita de la entrada, arrimado a la pared, con los brazos sujetando mi cabeza para que no se reventara del dolor.

Al rato, un muchacho me preguntó si podía entrar. Levanté mis ojos, rojos de tanto toser, y me encontré con una mirada desconcertada. Intentando hablar, le dije que sí a cuarto de voz, pero no me oía en medio de tanta bulla.

El extraño me preguntó: “¿no me reconoce?”. Doy fe de cuántas veces he quedado mal por no saludar a un extraño-conocido. Le dije que no meneando mi cabeza, a lo que él respondió hablándole a su pareja: “¡Este man está llevado!”.

¿No me reconoce?”, insistió, pero no me entendía por la ronquera y la tos ferina con que trataba de hablar. “¡Está llevado! ¡Ni hablar puede…!”. Torpemente me levanté, y le señalaba mi garganta, pero él volvió y preguntó: “¿No me reconoce, profe?”.

Cuando dijo ‘profe’, la neurona enésima-millonésima-uno dio una pista de quién podría ser. Le dije que trabajaba allí y él, obstinadamente incrédulo, me dijo, “¡No profe! Usted trabaja en la universidad… ¡Qué le pasa!... ¿Está bien?”. Volví y escuché que le dijo a su pareja que yo estaba llevado.

¿Qué puede pensar un estudiante si ve a su profesor tirado en la puerta de un bar, con la camisa por fuera, más despeinado de lo habitual, a medianoche, solo, un viernes/sábado, con fumadores, sin poder hablar, sin saber quién era él o quién era yo…? ¡Que está llevado de la borrachera!

En ese momento salió alguien de El Clavo y se encargó de la bienvenida y todo lo concerniente a las boletas, las manillas, el dinero y demás.

Creo que me creyó a regañadientes... "sí, cómo no".


Hace poco abrí mi cuenta en el Banco que con sus propagandas popularizó una frase de alta recordación por lo divertidas e inauditas de sus situaciones cotidianas. A pesar de ser ahorrador de Davivienda, ¡yo estaba en el lugar equivocado!

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miércoles, 26 de agosto de 2009

¿Una piedra en el camino?

Las matemáticas demuestran que la línea recta es la distancia más corta entre dos puntos separados, y una burla popular dice que a una persona obesa es más fácil saltarla que darle la vuelta. Seguir derecho, de largo, rápido, es una ventaja en estos tiempos en que el tiempo escasea.

Por otro lado, el recorrido adicional que hagamos para llegar a un sitio será ganancia en paisajes, gentes, comidas y aventuras, no lo mismo en términos de recursos, cierto. La experiencia de la ruta Santiago Compostelana o del poema Ítaca de Kavafis no serían lo que son si siguieran el trayecto más corto.

A gusto de cada quién.

¿Pero cómo lo puede decidir un árbol? Su misión es retar a la gravedad buscando la luz del sol para vivir, y en su crecimiento se encuentra con algo en que la Sabia Naturaleza no pensó: en que los humanos necesitaban tender cableado de energía eléctrica, alumbrado público, redes telefónicas y sistemas de televisión cerrada por entre sus ramas.

Ellos piensan, “¡Pues de malas! ¡Quién los manda a atravesarse en medio de la ciudad!”, y con esas soluciones van y peluquean cada tanto a esas piedras verdes en el camino del “desarrollo” de las sociedades.

La fácil..

miércoles, 19 de agosto de 2009

Sexo textual

Qué curioso: las dos palabras tienen que ver con gatos y gatas…

morronga. (De morro). f. coloq. gata (hembra del gato).

mojigato, ta. (De mojo, voz para llamar al gato, y gato). adj. Que afecta humildad o cobardía para lograr su intento en la ocasión. U. t. c. s. 2. Beato hazañero que hace escrúpulo de todo. U. m. c. s.

La otra noche me tocó viajar de pie, apretadito y pegadito a las otras salchichas que me acompañaban en el bus. Una muchacha que estaba del lado de la ventana me recibió el maletín, mientras que la otra, la que daba al pasillo, estaba distraída con los botones de su celular.

Me llamó la atención la velocidad con que presionaba las teclas. Su dedo pulgar parecía que tuviera un control de Nintendo, el de mi época, en el que había que oprimir rápidamente el truco arriba-abajo-arriba-abajo-izquierda-derecha-izquierda-derecha-A-B-A-B-select-star para que en Súper Contra le dieran las 30 vidas al inicio del juego.

Al instante recibió un mensaje. Casi sin terminarlo de leer, lo borró y empezó a escribir la respuesta.

A los pocos segundos recibió otro. Esta vez lo alcancé a leer: “Sabes que te gusta, morronga, por qué me dices que no”.

Su dedo casi que se disloca presionando las teclas para eliminarlo y luego para redactar uno nuevo: “porque yo sé que eso te encanta”.

Algo inquieta y celular en mano, ella se peinaba, se arreglaba la blusa y se acomodaba en el puesto con una sonrisita rara. Mi curiosidad me estaba llevando lejos, no tanto como para matarme, sino como para recibir un tremendo codazo justo allí, donde se imaginan.

Recibió otro mensaje. Lo que alcancé a leer decía: “lo quieres todo entre…”. Yo creo que ella hizo curso de lectura rápida y de escritura de mensajes de texto súper rápida. Lo borró y respondió: “contigo sabes que siempre estoy mojada”.

Yo seguía haciendo equilibrio para no alejarme del pasillo-asiento y seguir chismosean… digo, investigando a profundidad esta seria historia literaria.

Otro mensaje. No lo leí por un sacudón del bus. Respondió: “¿con las piernas abiertas o agachada?”.

“Caras vemos, corazones no sabemos”, dice el refrán, “y sexos ni los creemos”, le añadiría yo. Era una de esas mujeres de rostro angelical y con un aura de ternura, que no le alcanzan para matar a una mosca…

Por detrás primero con la falda…”, fue lo que alcancé a leer del siguiente mensaje recibido y, por disimular mi voyeurismo no vi la respuesta completa: “… de pie para que me cojas todo”.

Y en ese intercambio t.s.exual siguieron hasta cuando me tuve que bajar en mi paradero.

Los mensajes que recibía y enviaba lo borraba de su celular. ¿Será que el tipo hacía lo mismo? Si eran pareja, ¡cuánto erotismo le ponen a la relación! Si eran amantes, ¡cuánto riesgo estaba en juego por los registros de esa conversación!

Sexo escrito, explícito, directo, claro, decidido, planeado, excitante, previo, sano e imaginativo.

Una delicia: no me las voy a dar de mojigato.

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miércoles, 12 de agosto de 2009

Ausencia de

¿Qué existe? ¿La luz o la oscuridad? ¿La luz y la oscuridad? Cierto, las dos, una a partir de la otra.

Sin necesidad de llegar a un positivismo cliché (en estos tiempos de crisis-oportunidad…) con la perspectiva del vaso medio lleno o medio vacío, ¿es la luz la que le opaca a la oscuridad, o es la oscuridad la que opaca a la luz? ¿La ausencia de una de las dos hace que aparezca mágicamente la otra?


Al utilizar la diferencia como elemento creador, ¿es el amor el que aparece con el dolor o es el dolor el que hace brillar al amor?

¿Por qué no pueden existir independientemente? Si fuera posible por cualquier artefacto ingenioso o razón leguleya, podríamos escoger cualquiera, ¿correcto? El amor, supongo de buena fe…

A propósito, ¿cómo es que escogemos el no-amor sin necesidad del proceso de separación del amor? Eso sí que es amargarse la vida y complicársela a alguien.

Entonces…

Tu ausencia es la que me permite amarte.
Porque no estás, te siento aquí.
¿Qué pasará cuando llegues?
¿Con qué te contrastaré?
¿Ya no te amaré?
¿Me dolerás?

El amor verdadero está en alguna parte.
Donde no estoy.
En mi ausencia o en tu presencia.
¿Juntos existe?
¿Existes?

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miércoles, 5 de agosto de 2009

De pañales a pañales

Yo en navidad compro mis calzoncillos azules con teflón para que no se me peguen los huevos”.
Martín De Francisco, en La Tele.


De seguro había pañales desechables, pero mis primeros meses fueron cubiertos con más de una docena de pañales en tela garza que mi mamá lavaba como una tarea más del amoroso deber de ser madre.

Pero esa es una historia paralela a la que me quiero referir. A saber: la ropa interior, de mujeres en particular.

En el caso de los hombres las diferencias no son tan marcadas: del pañal cuando bebés pasan al pantoncillo cuando niños y luego a los bóxer cuando adultos. Y eso algunos: habemos otros más clásicos.

Pero en el caso de las mujeres, luego del pañal cuando bebés, la variedad es significativa. Unas pantaletas flojas y cómodas, con animalitos de todas las especies y en colores pastel muy bien combinados, las acompañan hasta cuando ya se consideran mujercitas.

En la adolescencia, su pizca de rebeldía les permite elegir interiores más pequeños y ajustados, que tapan lo que se debe tapar y no todo lo que se pueda, como con sus segundos pañales. Cómodos, conservadores y confiables para esos primeros momentos de mujer.

La libertad de su ropa interior se logra, más o menos, para cuando tienen la cédula en la mano: se vuelven alérgicas a la cantidad de tela y sólo compran lo mínimo para tapar, por delante y por detrás, lo necesario, para insinuarlo en descotados pantalones descaderados.

Con la adultez ya ganada, los encajes en las bragas y los colores de tentación son sus preferidos en los catálogos de lencería de marca, y el tamaño se convierte en un factor casi que irrelevante pues, como sea, están diseñados para conquistar. Lingerie.

Ya con más de una cana pintada, los calzones se meten al ropero para arropar la madurez de los años, y las prendas en general no volverán a ser ajustadas como en las épocas en que no había mucho que ocultar.

Con el abuelazgo la tela toma venganza de sus predecesores para no dejar escapar nada: ¡hasta al ombligo le vendan sus ojos! Tal vez sea por el frío o porque una tanga ya no sabe qué arruga cubrir primero.

Y más adelante, y también a los hombres, les llega el momento en que mente y cuerpo son incapaces de retener lo que las mamás limpiaban en los primeros meses de vida, y que ahora lo hacen enfermeras en nuestros últimos meses de vida. Una horrorosa situación para todos.

Necesidad, dulzura, comodidad, insinuación, pudor, moderación, tradición y otra vez necesidad. Este es el ciclo de vida de la ropa interior femenina.

Y para todos, ¡cómo es la vida: de pañales a pañales!

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