“De noche, todos los gatos son pardos”.
Dicho popular.
El gatito, de unos cuatro meses, lloraba desde el mediodía. Intentaron cogerlo, pero su agilidad superaba las buenas intenciones de los vecinos. Unas sobras de comida que le tiraron no las recibió; yo tampoco las hubiera aceptado ni como plato principal.
Al atardecer, al verse acorralado por una cantidad de niños con sus madres, se metió al motor de una camioneta en el parqueadero y ahí se quedó el muy rebelde.
Salí a comprar cordones (¿condones…? ojalá…) para unos viejos zapatos y llevaba la muestra roída por tantas ataduras a mis pasos. Escuché tremendos chillidos y lo encontré bajo unos arbustos. Y claro, pardo.
Unos niños de la unidad residencial de enfrente gritaban, tan desesperadamente como el gatito, que alguien lo atrapara para devolvérselo.
A la primera correteada obviamente el gatito huyó tan veloz como El Correcaminos. Y al igual que mi colega Wile E. Coyote, me senté a pensar cómo atraparlo. Sólo me faltaba el paisaje desértico y la música de fondo: tan tararán tararará… tararán tararán tararará…
Como ya he experimentado a favor y en contra la Ley Universal Felina, recurrí a ella para, no matarlo, sólo atraparlo. Mi paciencia tentaría su curiosidad. Y bueno, también pedí la ayuda Divina de El Gato de la Guarda, el mismo al que invoco en “
Rata de dos patas”.
Mis viejos cordones no me podían fallar ahora. Sus ojos se abrieron al ver tremendo juguete marca ACME: ¡qué no se me arrancaran al primer manotazo del gatito!
Y luego de un buen rato de juego, al borde de la locura por sus incansables maulliditos, se animó, ya no sólo a mostrar sus filosas garritas, sino su cabeza por entre las ramas.
Y cual resorte de trampa para ratones: ¡JUALÁS!
El gatito no supo en qué momento estaba cerca a mi pecho. Sentía los latidos de su corazón aceleradamente temerosos. Lo acaricié un rato hasta cuando empezó a ronronear y me habría encantado extender ese enternecedor presente, pero la gritería de los niñitos por la emoción de ver a su gato me sacó del deleite.
Una niñita, con los ojos llorosos, hizo que los míos hicieran lo propio cuando le entregué su gatito. Un gritado "gracias" fue la recompensa que necesité para esbozar una sonrisa, de esas que sólo salen de vez en cuando.
Me sentí un bombero bajando de un enorme árbol el gatito de una cariñosa abuelita. Me convertí en un Boy Scout haciendo la buena acción del día.
De tantas cacerías literarias en esta bitácora, ahora era un verdadero cazador. No casado, pero cazador.
¿Azar o destino? Da igual.
.