miércoles, 25 de junio de 2008

¡Splash!

Era uno de esos días en los que tomamos más tiempo para bañarnos que el de la cotidianidad de la semana, en los que queremos vernos más que bien desde la mismísima piel, cuando consentimos nuestra belleza para nosotros y no para otros.

El sol apenas empezaba a espantar las nubes después de tremendo aguacero. Salí de la casa a cumplir con mi cita, “muy tieso y muy majo” con crema en los brazos, loción en el cuerpo, ropa recién planchada, zapatos bien atados y gel en el cabello.

Caminaba despacio, meditabundo por cualquier cosa que pasara por mi mente, distraído simplemente por vivir. Llegando al punto de encuentro, repentinamente, un fuerte y seco ruido a dos tiempos alertó mis sentidos, y en menos de un segundo lo único que vi fue la cresta de una ola de agua barrosa a mi derecha.

¡Splash!


El ruido fue causado por el trancazo, recalco: ¡porrazo!, de un carro con su llanta delantera, primero, y enseguida de la trasera, contra un hueco de unos 50 centímetros de ancho, 80 de largo e, increíblemente, unos casi 30 de profundidad.

Si el veloz conductor cayó en la tentación que sentimos por salpicar a alguien cuando llueve, los rines de su carro se lo reclamarán en la próxima alineación y balanceo. Y si lo hizo sin mayor malicia y sin considerar la magnitud del hueco, pues aprenderá a esquivar en nuestras calles la próxima vez hasta un salivazo.

Mis gafas evitaron que me entrara directamente agua sucia a los ojos, pero no fueron suficientes para que ésta me escurriera por los párpados, el rostro y la boca seguidamente, impidiendo que hubiera salido insulto alguno al conductor que ya iba lejos para ese momento. Todo mi lado derecho, de pies a cabeza, quedó con barro, con agua, con hojas: sorprendentemente la mancha era simétrica, me parecía a uno de los enemigos de Batman, el Dos-Caras.

Luego de secarme la cara, limpiar las gafas y ya sobre la hora, continué hacia mi cita.

Sólo restaba reír.

Shit happens”.

miércoles, 18 de junio de 2008

Cambio amor por árboles

Tomado de El Tiempo, y éste a su vez de Agencia Efe, y ésta a su vez del Portal Noticioso G1, junio 17 de 2008:

Las parejas tendrían que sembrar 10 árboles antes de contraer un matrimonio civil. La norma está a punto de ser discutida en el parlamento de Brasil y obligaría a sembrar 25 árboles antes de divorciarse, 20 antes de comprar un vehículo liviano, 10 árboles por unidad de vivienda residencial, 20 por cada predio comercial y quizás uno por cada hijo que nazca.


Ecología y amor: una interesante combinación.

¿Cuántos árboles se necesitarían para casarse por la iglesia (si es de blanco, verdaderamente virginal, tal vez le hagan un descuento)? ¿Cuántos árboles se sembrarían por declarar un amor idílico, formalizar un amigoviazgo, alargar un noviazgo, absolver un adulterio, disfrutar una fornicada, aprovechar un vacilón, desnudar una bluyineada, pagar una putañeada, ocultar una mocedad? ¿Cuántos por mantenerse fiel (una buena cantidad según el tiempo de ocurrencia del evento) o descubrir su propia infidelidad (directamente proporcional a la cantidad de otras parejas que se tenga)?

Difícil, adicionalmente, saber que uno no podrá quemar o cortar un árbol como terapia de olvido de ese amor que se acabó.

A pesar de esto, por el futuro de la relación (del tipo que sea) y del mundo que servirá de escenario, hay que sembrar un árbol.

Con estas enmiendas a la Ley (terrena y divina) del Amor y la Naturaleza, apruebo la moción de sembrar hasta una paja por el amor.

miércoles, 11 de junio de 2008

Pintor (algo gordo) de brocha gorda

Lo único que había pintado eran mis cuadros con colores o carboncillos, y mucho antes, acuarela. Esa hoja de papel ya era suficiente desafío. Este fin de semana, unos siete metros cuadrados de pared blanca fueron mi lienzo.

La diferencia es abismal: de un pincel y un lápiz a una brocha y un rodillo. Pero la esencia era la misma: crear. Seguiré maravillándome con la raya de un lapicero. Y de ahí para allá, lo que venga. ¡Es que es mágico!: antes no hay nada, y luego un trazo aparece. ¡¿Cómo?! ¿Qué más “sale”?

Compré sólo un cuarto de galón de pintura para el ensayo. La bandeja para empapar el rodillo y el palito mezclador también eran nuevos, y la cinta de enmascarar y un periódico viejo sirvieron para cubrir el piso. Luego, a leer las instrucciones del tarro, porque ni idea de cómo mezclar y aplicar su contenido.

Había que limpiar el polvo de la superficie, así que por ahí empecé. Al ojo, calculé el 25% de agua que se necesitaba agregarle al poco de pintura que vacié para revolver. No sé si quedó aguada o espesa. No tenía a quién preguntarle: todo su delicioso olor era para mí solito.

Pero después de la primera mancha no había reversa. ¡Ya qué!: luego de untarme ambas manos y rellenar mis uñas con pintura, podía continuar hasta el codo. Y sí que lo hice: hasta un mechón de cabello quedó manchado al pintar el filo del guarda escoba.

Le pasé el rodillo hasta agotar el contenido de la bandeja. Salía empapado, y luego de rodar de arriba a abajo y de izquierda a derecha, volvía más liviano de lo que se levantaba. La pared, el ángulo con la columna, el pedazo de cielo raso correspondiente y el rededor del tomacorriente, quedaron del mismo y parejo color. Los retoques, con la brocha.

¿Color de la pintura? Blanco. Algo aburrido para comenzar, pero luego vendrán los demás colores.

Ahora faltan las otras paredes. Averiguaré cómo se hace un sombrero de papel para continuar.

miércoles, 4 de junio de 2008

No es indecisión

¿Dar o no dar?

Nota 1. Un ex jefe, lo suficientemente miserable como para ser multimillonario, decía que él no daba limosna porque hacía sus propias obras de caridad por otro lado. ¿En qué? Nunca supe, pero lo decía con tranquilidad; supongo que era cierto. Un instituto que administre el dinero es una buena opción y un voto de confianza.

En la casa:
* El hijo del vecino vende rifas a $1.000 (por un premio de $100.000).
* Señoras con altoparlantes piden ropa usada (un sábado a las diez de la noche).
* Los celadores del edificio ponen una caja de cartón para el aguinaldo (en diciembre).
* Los bulliciosos “diablitos” adelantan la tradición caleña (desde octubre).


Nota 2. Hace un tiempo publiqué “VII y VIII mandamientos” donde mostraba cómo “cuando uno da la mano se cogen del codo” en una cotidiana escena de bus. La gente abusa de la papaya-ponida de los crédulos. Ya los choferes no están dejando subir “a trabajar” a todo el que se lo pide por detrás.

En el bus:
* Un joven con fórmula médica en mano vende bom-bom-bunes (1 en $400, 3 en $1000).
* Drogadicto rehabilitado ofrece el combo lápiz-lapicero (de –china calidad).
* Viejo con guitarra en mano (desafinada y desatinada, respectivamente) canta boleros.
* Cuatro músicos tocan vallenatos (y regalan tarjetas de presentación) a todo pulmón.


Nota 3. En la clase de Valoración Tecnológica no comprendo, aún, cuánto puede costar una idea cualquiera. Tampoco entiendo cómo se valoriza una obra de arte cualquiera. Toca regirse al mercado SEM: Según El Marrano. Eso sí, nada es gratis en la vida, porque todo tiene su valor.

En el carro:
* Madre soltera menor de edad vende cajas de Chiclets (o Súper-Coco’s).
* Una muñeca de trapo tetona y culona (igual a las mujeres siliconudas) baila en muting con un tipo.
* Malabarista (a veces en monociclo) juega con machetes, naranjas o antorchas.
* Grupo de cuatro negros (afrodescendientes: está de moda) simultáneamente limpian parabrisas, vidrio trasero y farolas.


Nota 4. Se considera que el estado actual de nuestros cuerpos y almas, en su ser, estar y tener, es consecuencia de karmas de vidas pasadas. Es cuestión de pagarlo y no deber cuentas. Si casi no me alcanza para el mío, ¿por qué los demás no lo fían con otros?

En la calle:
* Anciana arrastra un costal con su ropa (sólo estira la arrugada mano y los ojos opacos).
* Ciego (con lazarillo) tantea la posibilidad de una exitosa operación.
* Gamín (con heridas purulentas) dice que tiene mucha hambre.
* Hombre (con un marcadísimo defecto físico) implora para calmar su dolor y olvido social.


¿Les doy o no les doy? ¿Por compasión, obligación, seguridad o gusto?

miércoles, 28 de mayo de 2008

Es diferente

Las nuevas propagandas radiales de Deprisa promocionan sus diferentes servicios de transporte de carga y mensajería con una publicidad interesante:

No es lo mismo carro que tarro, tono que bono, lino que pino, o traste que sastre. No es lo mismo historia sin fin, que un gran puerco espín, loco que poco, Raimundo que inmundo, o las doce y tantico, que las doce en puntico.

Prometer que cumplir, juzgar que argumentar, suponer que afirmar, creer que probar. Esta idea (también convertida en canción por Alejandro Sanz) sirve para revisar dos conceptos en particular, ‘entender’ y ‘aceptar’, que la sociedad ha confundido como similares.

Un ejemplo: “Es que tú no me entiendes”. Sirve para justificar que todo acto de capricho, malparidez o silencio es válido para la persona, a pesar de no tener una sensata explicación ante la pareja. No creo que exista una razón válida más complicada que una ecuación matemática o un concepto antropológico que no pueda entenderse hablando. Su tergiversado equivalente entre líneas es “tú no me aceptas”, y es ahí cuando las fronteras significativas desaparecen, y su equivocado sinónimo toma posición sobre el tema con el fin de expresar el descontento que ocurre al no aceptar, absolutamente, la perspectiva del otro. Es cuestión de negociar y ser conscientes de que no todos podemos aceptar todo lo de la pareja, por más que la queramos. Así que en vez de subestimar la inteligencia de la otra persona y hacer melodramas, es mejor comunicarse para llegar a un acuerdo: el que entendamos no significa que otorguemos razones porque sí.

No es lo mismo farándula publicitaria que cura contra la malaria. Ni leones que balones, ni vámonos de rumba que durmamos en la tumba. Karina que harina, Helena que melena, Marcela que parcela, Paula que aula. O las nueve y pucho que las nueve en punto.

“Yo te entiendo” es la otra frase utilizada para darle la comba al palo a los problemas, sobre todo, en las relaciones jerárquicas. La dicen principalmente los actores que tienen poder para actuar, pero que por negligencia o arbitrariedad, no lo hacen. Así que se limitan a escuchar las quejas o las sugerencias de los demás, para al final contentarlos con la confirmación de que “entendieron” las necesidades u oportunidades discutidas en la charla. Es una exaltación de su sobrada inteligencia, capaz de entender racionalmente todo lo que decimos, pero inhabilitada para actuar. Su equivalente (también equivocado) es un “no puedo o quiero aceptarlo”, y va seguido de un “pero…” que justifica motivos para no hacer algo al respecto. Es un aliento para los desesperados demandantes, pero nada más: el que entienda la situación no soluciona el problema.
No se parece el día que me quieras, a no me tires piedras. Ni tampoco campamento a pegamento, o cemento a firmamento. Banda de rock a un poco de arroz, Indonesia a india necia, Malasia a falacia, ni ya casi voy, a hoy.

Estos significados inventados por conveniencia o ignorancia hacen parte ya del lenguaje cotidiano. Sin embargo, no pueden ser válidos en su forma por el mero hecho de existir, y menos en su esencia, porque para eso existe el buen uso de las palabras; y más que las palabras, la sensatez de quienes las pronuncian. Por eso me gusta la nueva publicidad de Deprisa (ya si cumplen o no su promesa es otro tema).

Es lo mismo, pero diferente. ¿”Entienden”?

miércoles, 21 de mayo de 2008

Instantes eurekescos

El carro había salido del taller por mantenimiento, y al día siguiente había algo extraño en el sonido del motor.

¿Qué es lo que le suena al carro? De nuevo en el taller, el mecánico improvisaba respuestas ante tales atípicos síntomas. Un ruido-raro era la única pista del diagnóstico. Mi onomatopeya del sonido no ayudaba mucho: “BruuuhmmmThrrrrhhhhmmmm”. Lo preocupante era la ‘T’.

Luego de una tanda de aceleraciones a fondo y mirando y tocando y oyendo al motor, el mecánico se arriesgó a revisar las correas de distribución. Claro, con más superstición que certeza, porque el ruido no apareció. Las correas eran nuevas y él mismo las había cambiado, así que la cuestión era seguir los pasos dados anteriormente para cumplir con la garantía de su trabajo.

Comenzó a aflojar tornillos que tensaban el caucho acanalado. “De pronto es el patín… o los rodamientos del alternador… o si no es el aire acondicionado… todo va agarrado de allí…”. El pronóstico sonaba costoso.

Ya sin las correas y con el carro inmovilizado, el ruido no apareció. Con algo de alivio por el “menos mal…” del mecánico, éste volvió a sujetar las correas en sus respectivas poleas. “Eso es que estaba muy templada… la aflojé una cosita de nada”.

Arranqué, y al llegar a la primera esquina de la cuadra el ruido-raro seguía. Una vuelta a la manzana, y de vuelta al taller. “Maestro, eso sigue sonando”, le dije. Su cara de interrogante era ahora de admiración. Luego de media hora más de “adivinación”, me remitió donde otro colega.

Al despedirme le comenté que me iba a ir retumbando por la calle, sobre todo cuando metía los cambios… Su mirada se perdió por unos segundos en un trance que para él serían eternos, sus ojos parecieron brillar más, pero simplemente fue que los abrió para decirme “¡ya sé lo que es!”. Su sonrisa apareció, como el ruido, y emocionado le dijo a su asistente “pasame la diez de copa”.

El recién cambiado filtro de aire no estaba sellando como debía, de manera que la entrada de aire convertía al dispositivo en un rústico fuelle. Como en las primeras pruebas el carro no se movía y el ruido no había aparecido “murphysticamente”, el desfogue por el relevo de los cambios en la combustión del sistema no se presentaba. Con Pegadit y un trozo de neumático, reforzó el empaque del filtro y problema solucionado.

La leyenda cuenta que Arquímedes descubrió una aplicación del empuje del agua mientras tomaba un baño, y gritó “¡Eureka!” (del griego εὕρηκα, ‘he hallado’, una conjugación perfecta de εὑρίσκειν, ‘hallar’). ¿Cómo ocurren esas “iluminaciones”? ¿Qué sinapsis extraordinaria requiere el cerebro? ¿Por qué no ocurre con más frecuencia o en el momento requerido?

La imaginación es un acto creacionista. Son increíbles, bíblicamente fantásticos, esos milisegundos de brillantez mental. Tal vez sea un hecho aburrido para una mente experimentada, pero para el que lo vive con asombro y está atento a esos instantes eurekescos propios o ajenos, se convierte en un hecho fenomenal. Me encantan. Porque a veces es mejor disfrutar la magia que conocer el truco. Luego llegarán las aguafiestas razones.

jueves, 15 de mayo de 2008

A los profes

En 1999 escribí "CartAcróstico", texto publicado con motivo de la celebración del día del profesor en la Universidad. Nueve años después lo presento y lo celebro nuevamente hoy.

A quien corresponda:

Por medio de la presente quiero expresar pensamientos y sentimientos que surgen desde los diferentes pupitres donde mi tiempo se ha sentado con la razón, para ser partícipe activo del proceso enseñanza – aprendizaje que sólo terminará el día en que mi misión cambie con la muerte.
Retroalimentar las situaciones en las que entramos en conflicto cuando uno de los dos no reconoce el valor del otro, es una necesidad fundamental para el mejoramiento continuo de nuestra existencia, pues ¿de qué sirve el proceso si no fortalecemos sus debilidades?.
Organizar su plan de trabajo no significa tener que cumplir con un programa rígidamente predeterminado, con la inútil intención de calificar mi desarrollo intelectual en escalas numéricas; el proceso debe ser flexible pues ya es hora de que la solemnidad de su título como profesor se transforme.
Fomentar la creatividad en la búsqueda de soluciones factibles ante problemas tanto de su materia como de la vida misma, es uno de los diversos espacios que deben crearse en su clase como una herramienta motivadora de cultura, diálogo, discusión y respeto por el otro.
Estoy convencido de que su función no es sólo transmitir información veraz sino también despertar en nuestra mente criterios racionales y emocionales, que sirvan como parámetros para gozar nuestra libertad intelectual con una responsabilidad personal y social a través de nuestra profesión.
Ser congruentes en la teoría y práctica conlleva a cumplir mis expectativas de la temática, que en el tablero y con tiza, pretende trascender en mi vida más allá de las puertas del aula de cualquier institución educativa.
Otros canales de comunicación entre los dos deberían establecerse para que el buen trato sea un elemento constructivo de nuestra relación interpersonal, pues qué bueno es saber que la mutua asertividad brinda la atención y la percepción de nuestra realidad.
Recuerde que en nuestra memoria perdurarán tanto sus enseñanzas, aprehendidas por nosotros, como su ejemplo motivador de ser cada día mejores; y sobre todo la tranquilidad de saber que fuimos, somos y seremos compañeros y amigos de un mismo salón.

Atentamente,

Yo

Posdata: Gracias por compartir lo que desconocemos hasta que nos conocemos y acepte mis disculpas por los momentos en que su paciencia sobrepasa los límites de su vocación.

Hay cosas que no han cambiado, como la pertinencia del mensaje y la importancia de la postdata Qué ñoño...

A todos los profesores, que lo son o lo aparentan, gracias y felicidades.

miércoles, 7 de mayo de 2008

Nómada

Movimiento: eso somos.

Los pastores, los cazadores-recolectores y los gitanos lo descubrieron hace tiempo, y aún hoy sus descendientes mantienen el nomadismo como estilo de vida. Esto se considera un aporte a la ecología del planeta, por las buenas prácticas de respeto a los recursos del entorno y los principios de libertad, autonomía e igualdad que ello implica.

El sabor del chicle se pierde con el tiempo. Es inevitable. Y si no lo fuera, sería hostigante prolongar su gusto indefinidamente. ¿Por cuánto tiempo estaríamos dispuestos a hacer el mismo trabajo? Así lo hagamos bien, ¿un año? Así nos paguen bien, ¿cinco años? Así lo disfrutemos, ¿20 años? ¿Cuándo nos aburriremos de repetir lo mismo o de experimentar sus pequeñas variaciones bajo el mismo techo?

Hay dos situaciones que determinan nuestra permanencia en un mismo cargo o una misma empresa: el mero gusto y el propio miedo. Si abusamos de nuestro sentido, las papilas gustativas pueden atrofiarse hasta perder la sensibilidad que antes nos hacía sentir placer. Y si no afrontamos nuestro temor al mundo exterior, jamás descubriremos qué otras cosas hay en el mundo que rodea a nuestra oficina.

Me aterra saber que la comodidad sintetiza nuestra satisfacción. Para qué desgastarse buscando otro empleo, o para qué conocer nuevos ambientes, o para qué tejer nuevas amistades. Al sentirnos cómodos matamos la curiosidad innata humana, la raíz del ingenio y el mejoramiento continuo (y no me refiero únicamente a los temas empresariales). Sin ahondar en el tema, por ahora, creo que en eso se resume el amor, en comodidad mutua (!).

Y hay dos situaciones que determinan nuestro abandono laboral: la ambición y la necesidad. Por la plata baila el mono, aquí y en Cafarnaum, así que sobre el tema no hay mucho que opinar: cada quién medirá el tamaño de su e-go-lsillo. Pero cuando es por necesidad debemos entender que es por la obligación que la situación actual colombiana dictamina: un contrato de trabajo a término indefinido es un Balotto.

Es una lástima que las empresas se aprovechen del mercado laboral, con el facilismo de escoger una uva de todo un racimo de todo un cultivo de toda una región de todo un país. Y peor aún, que la uva de al lado sea descartada por no tener “la palanca” que tenía la primera para entrar en la boca del empleador; la formación, la preparación y las ganas ya no cuentan. Otra cosita que me indigna: que los responsables de selección de personal juzguen esta situación como una inestabilidad mental o falta de compromiso del candidato; por favor…


Todo esto para tratar de entender mi desarrollo de carrera desde la perspectiva de la evolución del hombre: soy un nómada laboral. Una vez más, para sorpresa o indiferencia de mis vecinos agricultores sedentarios que han echado raíces en suelo ajeno, me alejo con tristeza y por obligación, de mi trabajo. Las condiciones de la tierra cambiaron por fuerza mayor, y es necesaria mi partida a tierras más fértiles por buscar. Gracias a Dios por lo recolectado: volveré cuando el suelo esté verde de nuevo.

Cambio, eso también somos. Arriesguémonos y viajemos.


miércoles, 30 de abril de 2008

101

101… ¿Dálmatas? ¡Bah!

101 ‘entradas’ en mi bitácora personal. 101 escritos y fotografías publicadas a la fecha en este Blog.

El miércoles 7 de septiembre de 2005 publiqué mi primer artículo, “De verdades y mentiras”, y luego, dos escritos en seis meses después, presenté lo que sería el derrotero de esta bitácora: “¿Qué y/o cómo?”.

A partir de ahí me propuse publicar una columna semanal cada miércoles, día escogido por haber sido el día que publiqué originalmente, y también por la relación lingüística con Mercurio, dios de la comunicación en la Mitología Romana. Además, es un buen día para que los lectores tengan tiempo de leer mi mensaje en la bandeja de entrada de sus correos electrónicos entre semana.

Y he cumplido. Bueno, en un par de ocasiones he publicado un día no-miércoles, pero no creo que los dioses se pongan celosos por mi cambio en la agenda. Y espero seguirlo haciendo. Ha sido productivo el ejercicio de disciplina sistemático en el desarrollo de los gustos personales y las habilidades artísticas. La pintura y la fotografía siguen esperando su turno.

El Marqués de Carabás es un diario (semanario, sería la palabra correcta) con algo de periodismo y narrativa literaria, donde reflexiones individuales se socializan para el conocimiento y el entretenimiento de sus lectores. Su objetivo no es cambiar al mundo sino reconocerlo a través de las cacerías del gato.

Sobre esto, una nota: la idea de la cacería es una alusión a lo que mi gato hacía cuando cazaba una torcaza en la cuadra. Su presa la llevaba a mi cuarto, a mi cama, donde yo la vería con seguridad, porque eso significaba (en general, para cualquier dueño que antropologiza a su mascota) la gratitud, la ofrenda, el regalo que compensaba las atenciones que yo procuraba para él. Así, mi observación y mi creatividad cazan para mí lo que yo trato de cazar para ellas con lectura, la reflexión y el diálogo con otras personas sobre temas comunes o no para el resto del mundo.

Desde su creación la lista de correos electrónicos de lectores ha crecido lentamente, un poco más de 200 personas a la fecha. Resulta fácil copiar la lista de interminables destinatarios de Spam que manda cualquier fulano para re-re-re-reproducir mis escritos, pero hasta ahora creo que ese no es el medio para darlos a conocer.

Horas de reflexión personal en que la improvisación y la planeación se dan la mano muchas veces para dar a luz nuevas marquesadas, son resumidas en artículos de más o menos 340 palabras, acompañados por imágenes propias que ilustran o son la fuente de los mismos escritos.

Más aventuras del gato y su amo llegarán. Y con ellas, la convicción de la libertad, la alegría, la tranquilidad y el amor. A todos los lectores (853 registra el contador de visitas de mi perfil, sólo al perfil) muchas gracias. Invitados siempre a compartir nuevas oportunidades de conocer lo que nos rodea y a nosotros mismos, con la certeza de una curiosidad insatisfecha, la esperanza de una sonrisa y algo de buena fe en los terrenos de Carabás.

Transformación.

Juego.

Imaginación.

Confianza.


Miau…


Los más comentados:

"Chao bigote" y "Zen-amor-a-uno"

El más sensato:

Intercambio

El más preguntón:

Urbano

El más ñoño:

Amar es corporeizar

El más felino:

La vida, como debería

El más enamoradizo:

Y tú sin mí

El más apasionado:

Simplemente Lo

El más de malas:

Infracción 77

El más sentido:

"No 'exijo una explicación'"

Una historia:

Bajo un árbol la encontré

Una foto:

Mojadita

Una denuncia:

Hipótesis

Uno cualquiera:

No siempre los gatos caen de pie

miércoles, 23 de abril de 2008

Contrato leonino

Por una alusión a la fábula de Esopo, Las partes del león, los contratos comerciales ventajosos para una sola de las partes se conocen como leoninos, una definición bastante ilustrativa de la marcada diferencia que puede haber entre el cazador y su víctima.

Y estas instrucciones son la síntesis que contempla el alcance de los derechos y obligaciones que las partes aceptan al momento de firmar un acuerdo con todas sus cláusulas: dar, hacer, no hacer. Una observación: la claridad de los términos nada tiene que ver con el oscuro camino que hay que recorrer para cumplirlos.

Si toda figura comercial está condicionada por estas definiciones, ¿cómo se vivirían en las relaciones interpersonales, y más precisamente con las que involucran al amor como objeto lícito del contrato? Propongo las siguientes pautas “básicas”, “normales”, “generales”, “obvias”, “mínimas” de cualquier relación relacionadas con dichas exigencias contractuales vistas en mi clase jurídica de Propiedad Intelectual e Industrial:

Dar. Hay que dar amor, paciencia, gusto, atención, confianza, respeto, flores…

Hacer. Hay que hacer el amor, hacer lo que se dice, hacerlo bien, hacerlo con responsabilidad, hacer lo que la otra persona quiere en la justa medida de la dignidad y el goce mutuo…

No hacer. No hay que hacer el amor con otras personas, no hay que incumplir la palabra, no hay que hacer adrede cosas que molesten a la pareja, no hay que irrumpir la tranquilidad de la convivencia, no hay que hacer lo que uno únicamente quiere, no hacer peticiones que no estoy dispuesto a seguir igualmente…

¿En qué momento, hombres y mujeres, usamos y abusamos de dichos parámetros contractuales, explícitos o no, para “amarrar” a la persona con un amor disfrazado de costumbre o interés?

Claro, hay otros verbos que también están presentes desde la formalización, la vivencia y la terminación de un noviazgo o matrimonio: tener, ser, parecer, sentir, decir, pensar, creer… ¿Qué situaciones pueden experimentarse con estas otras formulaciones verbales-reales de las relaciones?

Mi propuesta es: dar, libertad; hacer, lo políticamente correcto; no hacer, juicios. ¿Trato? ¿Leonino o gatuno?

viernes, 18 de abril de 2008

Perro come perro

La Revista El Clavo y Antorcha Films realizaron cuatro conversatorios, con lleno total, sobre la película caleña Perro come perro, los días 14 y 15 de abril de 2008 en las universidades Autónoma, Javeriana, Icesi y Univalle. Cada conversatorio fue una charla amena entre los asistentes y algunos de los realizadores de la película, como lo son los actores Marlon Moreno, Óscar Borda y Álvaro Rodríguez, el Director Carlos Moreno y el Productor Diego F. Ramírez.

Una de las ediciones de El Clavo (la 13, cuando todavía era ‘Periódico’…) aparece en una de las escenas de la Película en las manos de Cristhian Carvajal, actual editor de la Revista. Los invito a todos a ver esta película colombiana, y a pillarse los primeros y no últimos segundos de fama nacional e internacional de El Clavo.

Los afiches publicitarios de la Película citan textualmente apartes de los diálogos de los actores. A continuación, la libre versión marquesiana de uno de ellos:


miércoles, 9 de abril de 2008

Sí señora

Una nota para los seguidores de esta bitácora: este artículo sería paralelo a “¿Sí señor?”.

Cuando pequeño, en la casa no me enseñaron a responder “sí, señora”, a cualquier pregunta que una mujer me hiciera y que correspondiera a una respuesta afirmativa de mi parte. A mi mamá le decía “sí, mamá” por respeto, pero la lección no fue extendida a otras personas, ni siquiera a hombres.

El “sí, señora” se me pegó, a la brava, de una gigantona santandereana de 115Kg que me arrendó una pieza por unos meses en Chía, Cundinamarca. Por su temperamento fuerte, en más de una ocasión sus ojos se le salieron de los párpados cuando no le respondía como ella quería los primeros días de nuestra convivencia. “¡Sí, qué! ¡Sí, qué!”, refunfuñaba levantándome el mentón y esperando la respuesta completa: “Sí, no, no sé, señora”. “¡Mucho toche, usted!”, me decía después.

En ese tiempo la obligada respuesta se incluyó, por condicionamiento conductual, en mi léxico. Soy el ejemplo de que la letra (en este caso, los modales básicos) con sangre (en este caso, con forzosas repeticiones) entra (en este caso, se tallan en la lengua).

Esa fue la única lección de La Urbanidad de Carreño “enseñada” por Doña Martha (cuando me cambié a una cabaña en medio de La Sabana, me di cuenta de que se llamaba Bertha). Y me sirvió. Para muchas personas mayores, esta respuesta tipo es bien recibida como señal de buena educación.

El problema está en que la inercia de mi mente me ha hecho quedar mal en más de una ocasión, al responderle “sí, señora” a un señor, joven, niño, anciano… Una de las metidas de pata que recuerdo, fue cuando le respondí de esta manera a mi ex jefe de logística a través de la frecuencia abierta de radioteléfono de la empresa: las carcajadas de todos los radioescuchas, subalternos míos, no se hicieron esperar; igual me pasaba en reuniones de planeación de calidad: los asistentes reían por mi espontánea confusión de género (que el jefe siempre la tomó como una burla) hacia el macho-alfa dominante del grupo.

Y no falta la mujer, de cualquier edad, que añorando vivenciar las condiciones virginales de otras épocas (las fisiológicas propias y las socioculturales ajenas) se apuran a hacerme la bromista aclaración: “Señora no; señorita aún”. Y como a las mujeres hay que darles gusto, se les dice lo que quieren escuchar.

Disléxico, desconcentrado o traumatizado quizá, procuraré dar la respuesta correcta según corresponda al sujeto de mi interlocución. Me ahorraré molestias (machistas) en los hombres y engaños (añorados) en las mujeres.