miércoles, 2 de agosto de 2006

La vida, como debería

Hay una escena en un capítulo de Los Simpsons donde Homero distrae a Maggie con una caja de cartón para que deje de jugar con BoBo, el osito de peluche del Señor Burns. Cuando ella accede al cambio, Homero ya no le quiere entregar la caja pues ahora es él quien quiere la caja.

También hay una propaganda de Master Card, que presenta los distintos precios de los juguetes de un bebé. Al final, el niño aparece jugando con la caja de cartón donde venía el regalo de moda, con la consigna de que hay cosas que el dinero no puede comprar.

¿Qué puede tener una caja de cartón que llama tanto la atención? Mi memoria no me da para recordar si jugaba con alguna de ellas cuando pequeño, pero he visto cómo mis sobrinos se turnan para meterse y dejarse empujar los unos a los otros.

Luego de dejar caer la caja donde venían los zapatos que compré hace poco, Mora encontró allí su gimnasio, su parque de diversiones y su compañía. Supongo que le recuerda el lugar donde nació y fue criada. La disfruta sin cansarse atravesándola, rasgándola, saltándola, volteándola y defendiéndola del tarro de la basura, alejando con sus garras todo lo que intente acceder a su refugio, como las medias que luce su amo o la cinta de tela con la que se suelen corretear por todo el apartamento.



Una imagen más de la naturaleza que nos dice cómo debe ser la vida: un simple juego.

5 comentarios:

Andrés David dijo...

prrrrrrrrrrrrrrprrrrrrrrprrrrr

ApoloDuvalis dijo...

Sí, hay algo acogedor en disponer de un pequeño espacio que sea sólo nuestro. Así es como me explico la obsesión de tantos universitarios, que con su primer sueldo no piensan en ahorrar para un viaje sino en dar la cuota inicial de un carro. Y claro, mientras el motor sea la imaginación, la caja de cartón puede llevarnos más rápido y más lejos que el más suntuoso Lamborgini Diablo.

ed. materon dijo...

ja, buena foto

Paradoja Humana dijo...

Amo los gatos, me encantó la foto de Mora, es preciosa, ya me diste una idea para cuando tenga una gata, la caja es una idea buenísima para mantenerla entretenida.
Recuerdo que en mi ninez jugaba con cajas, al ser hija única nunca tuve que negociarlas con nadie, eran grandotototas y todas para mí, me llevaba mi cobija preferida y algún cojín de la cama de mi abuela y dormía la siesta allí, la caja duraba hasta que se desbarataba.
Algunos de mis primos incluso las convirtieron, para sus hermanas, en verdaderas casas de muñecas hechas a mano.
Gracias por recordarme esta linda época de mi vida.

Daniel dijo...

Yo tengo en la oficina unas cajas que me sirven de almohadita para los esporadicos sueñitos de la tarde. Son lo máximo.