Nunca se pinchó la cola. La gata evitó las pencas de cactus llenas de espinas con que estaban atrincheradas las más bonitas matas de mi casa. Se equilibraba al filo de los maceteros para orinar la tierra, haciendo caso omiso (es redundante en un gato decir esto) a los castigos con periódicos enrollados de la dueña de los jardines de barro. La lucha con mi mamá fue hasta la muerte realmente: a Kissy se le acabaron primero las vidas del juego felino.
De un tiempo para acá, florecieron botellas PET llenas de agua en los jardines externos de las casas de barrio, más por inercia popular de Vicente que por conocimiento pleno de su funcionamiento. Creo que esto puede llegar a la categoría de leyenda urbana: un perro se refleja distorsionado y decide no levantar la pata o sentar su trasero en el sitio y seguir hasta el siguiente árbol. ¿Efectivo? Tanto como las tres papas crudas peladas y proféticas debajo de la cama la noche de año viejo.
¡Pero esto sí es nuevo! Mensajes como los SMS de celulares o los trinos de Twitter en la web pero para perros lectores, sean callejeros o domésticos, con instrucciones para él o su amo sobre dónde hacer sus necesidades, escritos con buena letra sobre piedras valladas en los antejardines.
Como para que pase un curioso gato por allí, lo lea, le tome una foto, y pierda una vida de la risa con el perridículo mensaje…
La gente es ‘la cagada’, ¿no?
.


