miércoles, 21 de abril de 2010

Héroe de la infancia

Lana sube, lana baja. Cada vez que escucho esta adivinanza me imagino a la oveja recién trasquilada por ‘la navaja’, huyendo en un ascensor desnuda con su lana en un par de maletas.

Supongo que tan extraña asociación parte de la vez que me corté la palma de mi mano izquierda con la navaja de mi hermano. Me había dicho que no la fuera a abrir, a sacar la cuchilla, pero uno a los siete años tiene más curiosidad que un gato y pasó lo que tenía que pasar. Con la franela del carro me tapé la mano y el rojo del trapo y la sangre me hicieron una buena coartada, hasta cuando mi hermano me la pidió: empapada de mí, me delató. Por fortuna, en esa hora de temerosa valentía, la herida ya había cicatrizado.

A pesar de este incidente mi gusto por las navajas siguió. Obviamente no podía tener una siendo niño pero quería utilizarla en todo momento, en todo lugar: si MacGyver lo podía hacer, ¡yo también!

Salía victorioso de complicadas situaciones donde su vida y la de quienes ayudaba estaban en peligro. Tomaba sólo algunos elementos de su alrededor, cosas simples de uso común, y con menos que una pizca de suerte construía soluciones prácticas al problema que fuera. Y ahí estaba su mejor truco: en saberla utilizar inteligentemente.

Eso de luchar contra los malos sin armas de fuego y sin matarlos era más que una historia de ficción: era un estilo de vida. Todo televidente después del programa quería andar por el mundo con una navaja suiza multiusos dañando, reparando, inventando y enseñando muchas cosas. Cuántas aventuras compartí con él en la televisión cada tarde: me sentía empleado de la Fundación Phoenix y amigo de Pete, nuestro tolerante jefe.

Mi primera pequeña navaja llegó a los 15 años, tarde, pero la ilusión de hacer y deshacer con ella seguía intacta. Sentía el poder en mis manos cargándola a todas partes y sacándola para abrir hasta un paquete de papitas. A propósito, me la enterré en la barriga al tirarme a la cama sin tender. La cuchilla estaba abierta y sólo penetró la sábana y mi generosa capa de grasa sin afectar nada más. Pero esa es otra historia.

Una navaja con más servicios fue mi regalo de grado. No he llegado nunca a utilizar muchas de esas cosas que trae porque simplemente no he tenido la oportunidad de, por ejemplo, castrar un novillo con la filosa cuchilla gurbia. Algún día lo haré.

Richard Dean Anderson, su protagonista, a pesar de que en un capítulo de Los Simpsons dice que sólo la hacía por dinero, marcó la vida de muchas personas. La mía inclusive. Sigo comprando herramientas multiusos, ya no sólo navajas, porque la fantasía de ayudar a los demás con ellas se vuelve realidad cada vez que se necesita.

Y como Patty y Selma, hermanas de Marge Simpson e hinchas furibundas de MacGyver, yo tampoco dejaría que hablaran mal de nuestro héroe, pero también me escaparía de ellas con mi navaja si me secuestraran (como en ese mismo capítulo) por contradecirlas en su gusto macgyveriano.

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martes, 20 de abril de 2010

Uribe es un "vendedor de caballos viejos"

Así se refiere Gustavo Álvarez Gardeazábal a Álvaro Uribe Vélez.

Me llamaba la atención que, como comentarista de La Luciérnaga de Caracol Radio, usara frecuentemente ese calificativo para describirlo: yo no he visto nunca a un vendedor de caballos, y menos de caballos viejos, pero con tremenda metáfora es evidente la capacidad que tienen las palabras para crear imágenes tan reales que superan a la misma realidad. ¡Qué buen apodo!

Asistí al Conversatorio con el Presidente realizado en la Universidad Autónoma de Occidente este 20 de abril con la misma curiosidad (felina, por supuesto) con que fui al Circo Ruso sobre Hielo.

Quería vivir esa experiencia lejos de las radicalidades políticas que corroen al país, y sentirme un mero observador desprevenido, no del gobernante, sino de la persona.

Y sí, Gardeazábal (al escritor vallecaucano le gusta que le llamen por el apellido de su madre) tiene toda la razón. Yo, y muchos de los asistentes, le compraríamos todas las bestias de segunda mano que ofreciera a la venta. ¡De contado y sin pedir rebaja!

Su habilidad con la oratoria es innegable: le queda fácil ganarse tanto los aplausos como las rechiflas del respetable público y utilizarlos a su favor en todo momento. Es como esos luchadores de artes marciales que aprovechan la fuerza del contrincante para hacerle daño.

El carisma de líder lo impone y se lo adjudican, así que eso de "manipulador" (se lo dijo un estudiante en uso de la palabra) no es del todo cierto: el auditorio, el pueblo, también se lo permitimos. Es que si le dan papaya, con mano firme y corazón grande, la aprovecha.

Ahora entiendo por qué ha durado ocho años en el poder, y pudieron haber sido muchos más. Con razón sus contradictores no lo quieren y sus seguidores lo quieren. Ambos bandos tienen razones verdaderas para "quererlo" de alguna manera.

Sea cierto o falso su discurso (de eso se encargará la historia y la justicia... ojalá...) lo sabe transmitir. Y ahí está su secreto, en el 'cómo' antes que en el 'qué': "Decir las cosas de otro modo para que de otro modo sean comprendidas", dice Saramago.

Dos frases para destacar en medio del debate que permitió a través de preguntas abiertas. Primera: alentando a un estudiante a que hiciera una comprometedora pregunta pero en un tono menos agresivo: "Sin susto, pero con respeto"; el público lo aclamó con sonoros aplausos. Segunda: cuando una estudiante le reprochó las excesivas medidas de seguridad de acceso al auditorio, él le respondió: "Se requisan las armas, no los pensamientos"; el aplausómetro casi que lo reelige para otro periodo más.

Y habló (y no habló también) de política y de politiquería... de esas cosas que vuelven mezquinos a los ciudadanos por no darse la mínima oportunidad democrática de escuchar al otro, así nuestro Presidente sea el mejor vendedor de caballos viejos en día de mercado de cualquier pueblo colombiano.

Uno de estos insensatos personajes que juzga desde su sabelotuidad me dijo eufórico al verme entrar al auditorio: "¡¿Para qué vas a ver a ese payaso?!". "Para que me haga reir...", le respondí.

Y lo hizo... :)

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jueves, 15 de abril de 2010

Cómo atrapar a un gato

De noche, todos los gatos son pardos”.
Dicho popular.

El gatito, de unos cuatro meses, lloraba desde el mediodía. Intentaron cogerlo, pero su agilidad superaba las buenas intenciones de los vecinos. Unas sobras de comida que le tiraron no las recibió; yo tampoco las hubiera aceptado ni como plato principal.

Al atardecer, al verse acorralado por una cantidad de niños con sus madres, se metió al motor de una camioneta en el parqueadero y ahí se quedó el muy rebelde.

Salí a comprar cordones (¿condones…? ojalá…) para unos viejos zapatos y llevaba la muestra roída por tantas ataduras a mis pasos. Escuché tremendos chillidos y lo encontré bajo unos arbustos. Y claro, pardo.

Unos niños de la unidad residencial de enfrente gritaban, tan desesperadamente como el gatito, que alguien lo atrapara para devolvérselo.

A la primera correteada obviamente el gatito huyó tan veloz como El Correcaminos. Y al igual que mi colega Wile E. Coyote, me senté a pensar cómo atraparlo. Sólo me faltaba el paisaje desértico y la música de fondo: tan tararán tararará… tararán tararán tararará…

Como ya he experimentado a favor y en contra la Ley Universal Felina, recurrí a ella para, no matarlo, sólo atraparlo. Mi paciencia tentaría su curiosidad. Y bueno, también pedí la ayuda Divina de El Gato de la Guarda, el mismo al que invoco en “Rata de dos patas”.

Mis viejos cordones no me podían fallar ahora. Sus ojos se abrieron al ver tremendo juguete marca ACME: ¡qué no se me arrancaran al primer manotazo del gatito!

Y luego de un buen rato de juego, al borde de la locura por sus incansables maulliditos, se animó, ya no sólo a mostrar sus filosas garritas, sino su cabeza por entre las ramas.

Y cual resorte de trampa para ratones: ¡JUALÁS!

El gatito no supo en qué momento estaba cerca a mi pecho. Sentía los latidos de su corazón aceleradamente temerosos. Lo acaricié un rato hasta cuando empezó a ronronear y me habría encantado extender ese enternecedor presente, pero la gritería de los niñitos por la emoción de ver a su gato me sacó del deleite.

Una niñita, con los ojos llorosos, hizo que los míos hicieran lo propio cuando le entregué su gatito. Un gritado "gracias" fue la recompensa que necesité para esbozar una sonrisa, de esas que sólo salen de vez en cuando.

Me sentí un bombero bajando de un enorme árbol el gatito de una cariñosa abuelita. Me convertí en un Boy Scout haciendo la buena acción del día.

De tantas cacerías literarias en esta bitácora, ahora era un verdadero cazador. No casado, pero cazador.

¿Azar o destino? Da igual.

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martes, 13 de abril de 2010

Fácil y difícil

Del amor...

Es fácil:

  1. Parpadear y concentrarse en ella.
  2. Sentir por los dos.
  3. Soñar cada noche.
  4. Pensar sin lógica.
  5. Saborear un recuerdo.
  6. Imaginarse felices.
  7. Mirarla.

Es difícil:

  1. Abrir los ojos y ver que no está.
  2. Sentirse no correspondido.
  3. Levantarse solo.
  4. Utilizar la razón.
  5. Olvidar un momento.
  6. Vivir destinos.
  7. Mirarla.

Fácil… ¡Enamorarse! Yo.


Difícil… Desenamorarse… Yo (again).



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miércoles, 7 de abril de 2010

Plumífera soledad felina

Allí.
En alguno de los árboles.
El parque es su casa.
Cada rama es su ventana.

Es tarde.
Es noche.
Es madrugada.
Ella sale puntual.

Hace lo que sabe.
Canta. Llora.
Sabe lo que hace.
Advierte. Llama.
Y todo bien.

Sus palabras son lúgubres.
Sombrías. Nocturnas.
Valientes. Solemnes.

Pero nada escucha.
Nadie le habla.
Nadie la busca.
Nadie la llama.
Ni el silencio le corresponde.

Sola.
La lechuza está sola.

También yo.

Y le hablo, la busco, la llamo.
Como el amor, tampoco contesta.

Solos.
Los dos estamos solos
Cada amanecer.

Ululamos suspiros... maullidos...

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miércoles, 31 de marzo de 2010

Semana Santa: ¡en tablas!

El hombre es un auriga que conduce un carro tirado por dos briosos caballos: el placer y el deber. El arte del auriga consiste en templar la fogosidad del corcel negro (placer) y acompasarlo con el blanco (deber) para correr sin perder el equilibrio”.

Platón

Equilibrio: De eso se trata la vida. Todas las religiones y filosofías coinciden en eso. Cualquier ideología o creencia lo llevará a buscarlo por cualquier medio. Y el cuerpo y el espíritu también lo necesitan.

"El que peca y reza empata": invitación neutral a hacer y deshacer. Es la justa medida entre el albedrío y el destino. Es la prudencia la que está en medio. Fue predicada por un sabio, supongo.

Y en Semana Santa ocurre o bien lo uno o bien lo otro. Las personas que se arrodillan en la cama y las que se arrodillan en la iglesia: se les puede ir la mano haciéndolo, pasándola bueno en lo que hacen, ¿y después? ¿Volverán al equilibrio haciendo lo opuesto?

No somos capaces de buscar ambas cosas en la justa medida. Si estamos cómodos en uno de los lados, ¿para qué preocuparnos por equilibrar la balanza? Si estamos en el otro, aunque sea un poquito pasados de la raya, ¿para qué molestarnos porque las cosas sean exactamente como deben ser?

Si no lo hacemos nos tacharán de inmorales, y si lo hacemos nos llamarán psicorrígidos; y sufriremos con tales acusaciones, que muchas veces nos las aplicamos a nosotros mismos. Pusilánimes... Cobardes...

Hasta en los mejores sistemas de gestión de calidad los diferentes grados de tolerancia son válidos para el buen funcionamiento de los productos y servicios: ¿por qué no aprovechamos tales holguras mentales, corporales, sentimentales y espirituales para movernos sin desajustar todo el andamiaje? Las estructuras de los más altos edificios necesitan ser flexibles.


En ajedrez es posible que un partido termine empatado, en tablas, como se dice. Pero por esa razón ¿ninguno de los dos jugadores ganó algo? Ganaron la experiencia de haber vivido la emoción de una buena partida y de reconocer que se puede jugar en medio de los límites extremos. Y aprendieron.

Ni tanto que queme al santo ni tan poco que no lo alumbre. No es equilibrio perfecto: es cuestión de relatividad, flexibilidad, oportunidad... Es sensatez con uno mismo y con los demás. Y claro, con Dios.

Va y viene…

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miércoles, 24 de marzo de 2010

A ver si así...

Luego de un noviazgo que superó las pruebas de calidad más exigentes de Bom Bril, mi hermano Jorge se casó con Rosa María: ¡Felicitaciones nuevamente!

En aras de la tradición, la novia entregó su liga y su ramo de flores en un simple juego de azar con las pecuecas de los solteros y solteras presentes, luego de revolverlas (patearlas) aleatoriamente bajo su largo y acampanado vestido.

Y era de esperarse. Las cosas inusuales ocurren... y así como los gatos curiosos (suena redundante, pero es para hacer distinción de los también perezosos) para esas vainas no me pierdo la movida de un catre: ¡Me gané la liga!

C'est la vie.


¿La tengo que usar cada vez que le diga a una mujer que quiero que sea la abuela de mis nietos y nietas? ¿Si la llevo en la muñeca causará un mayor impacto que mis inodoras feromonas? Con este amuleto de la suerte ¿tendré más oportunidades de ganarme el Baloto del amor? ¿En qué pierna será más efectiva, en la derecha o en la izquierda? ¿Y si me la pongo en lo que sabemos tendré un mejor desempeño sexual?

Mientras pensaba en estas cosas tan importantes para el establecimiento de mis futuras relaciones, una pregunta comenzó a bombardearme a través de los familiares e invitados al matrimonio: "¿Y cuándo es el suyo?". No sé por qué me la hacían y, peor aún, no sé por qué esperaban una respuesta.

Apenas estoy pensando en qué hacer mañana en la noche para conquistar al mundo, y ya otros me interrogan sobre cómo voy a comerme las perdices del cuento del amor de nunca acabar.

Vamos por partes: ya tengo una liga de novia recién casada. ¿Eso cuenta como ventaja, no? ¿Da puntos frente a los otros competidores de la manada, cierto? ¿La puedo presentar como garantía de mis intenciones en el contrato amoral, correcto?

A ver si así, con una liga que suma en mi patrimonio, me dejan de decir, ¡por Dios, algún día!: "te quiero, pero sólo como mi amigo".

Sólo por eso, ese 'oso' de quitar con los dientes la liga de la peluda pierna de mi hermano frente a todo el mundo mientras yo tenía los ojos vendados, habrá valido la pena.

Shit Happens... Love Happens...

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miércoles, 17 de marzo de 2010

Elecciones... ¡de nombre!

Como jurado de votación en la pasada jornada de elecciones del 14 de marzo de 2010, el mayor entretenimiento que encontré en medio de tanto tedio, fue recibir la cédula de los inscritos en la mesa 13 para encontrar sin tocayos: ¡había que aprovechar el día!

Mi ceño fruncido se relajó cuando recibí a Darling, una joven con piel color wenge, ojos miel y una dentadura perlada que le hacía juego con su pijama beige. En un mundo paralelo, me imaginaba a su refinado esposo llamándola a tomar el té de las cinco de la tarde con un pronunciado inglés británico: “Oh, darling Darling, the tea is delicious...”.

La siguiente fue Teresita de Jesús, una viejita de piel pasesca con una vitalidad de una uva fresca. Tan santa como la Santa (dijo) se vanagloriaba de lo que tenía después de tantos años, su belleza interior, pues a través de sus enormes ojos azul aguamarina (sin cataratas y sin anteojos) se veía su alma más cerquita de Dios.

A Mis Ner tuve que explicarle que su nombre, aunque sonara en una sola voz, lo escribiría en el certificado electoral separado y no junto, pues así estaba registrado en la cédula. “¡Pero se dice de una vez!”, me corregía, y yo le decía que se sintiera afortunada por que no le dijeran únicamente su primer nombre, con el cual todo gato también voltearía a ver al unísono.

Cada letra del siguiente nombre fue cuidadosamente transcrita a los formatos de votación: habría podido cometer un error de ortografía (?) en cualquier momento. Neygllyred firmaba, además, con las letras TH al final, en vez de la insonora letra D. Cuando por cuarta vez le pedí que lo repitiera, no me aguanté la risa y le entregué su cédula antes de que se molestara más.

Y Waldina… no sabría cómo definirla: si como un intento fallido de caricatura de Walt Disney o como la versión femenina de un varonil Waldo. Curiosamente en ambos casos mi descripción física de ella sería correcta y el nombre sería el mejor sobrenombre de la historia.

Y la última, con quien no pude disimular mi risa desde que me entregó la cédula hasta que salió del recinto. ¿Cómo decimos, con la peor de las pronunciaciones, “bebé” en inglés? Sonaría como “beibe”, ¿cierto? Ahora: ¿cómo le diríamos en español a “beibe” que dirija su mirada hacia cualquier cosa: “Mire beibe”, ¿correcto? Pues bien, a la mamá de Mirebeybe se le ocurrió que con ese nombre su hija siempre le prestaría atención.

Dicen que nuestro nombre es el sonido más dulce que podemos escuchar de boca de otra persona... ¿Seguros? ... me seguirá gustando oír mi raro “Darío Esteban”.

¡Cuán divertido es (para todos, menos para el dueño) un divertido apodo en nuestra cédula!



Encontrarán algo más del tema en la edición 29 de la Revista El Clavo, en “Suficiente con el nombre”.

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miércoles, 10 de marzo de 2010

202

202... ¿El apartamento? ¡Bah!

202 ‘entradas’ en mi bitácora personal. 202 escritos y fotografías publicadas a la fecha en este Blog, justo el doble desde el 30 de abril de 2008: 101.

Seguiré celebrando con cada número que comience y termine de igual forma. Por lo menos hasta el 1001. Me faltan muchos miércoles para llegar hasta allá pero los que ya he pasado han valido la pena. Han sido textos escritos cuidadosamente preparados y vergonzosamente improvisados. Todos, a mi buen parecer como padre de los mismos, han sido los mejores hijos.

Lo más difícil ha sido recibir realimentaciones de textos cuya última finalidad es por la que justo el lector desprevenido reclama airadamente. ¿Cómo es posible que un mensaje pueda tener interpretaciones tan rebuscadas?

Cuento con 22 seguidores registrados y las visitas a mi perfil Blogger suman ya 1600, pero extrañamente ese contador dejó de sumar desde hace ya varios meses, así que tengo la esperanza que muchos más han querido saber de mí. Igual, no hay tanto que saber: todo está en mis textos.

Eso me ha traído otra complicación: muchos no logran percatarse de la diferencia entre la realidad de Carabás y la ficción de mi vida. Me dicen: si lo escribes es que lo piensas, y no necesariamente ocurre así. Bueno, por lo menos no conscientemente. De ahí para allá será un tema de investigación psicológica.

La lista de contactos no ha crecido mucho. A pocos conocidos y desconocidos los suscribo a la lista de destinatarios y las tarjetas de presentación de El Marqués se entregan selectivamente. He intentado depurarla, eliminar a todos esos, casi todos, que jamás responden al correo o hacen algún comentario de cada escrito. Por ampliar el círculo de lectores sí me gustaría participar en tantas redes sociales que hay, pero de ello ya había hablado anteriormente. En su momento será.

La convicción de la libertad, la alegría, la tranquilidad y el amor siguen vigentes, y son el único argumento que tengo para invitarlos a continuar leyendo las aventuras del gato y su amo. Siempre bienvenidos.

Evolución.

Reflexión.

Atención.

Curiosidad.


Miau...


El más comentado:
"Casi"

El más sensato:
"No es indecisión"

El más ñoño:
"A los profes"

El más felino:
"Gato novela"

El más enamoradizo:
"Tribunal de amor"

El más apasionado:
"Sexo textual"

El más curioso:
"También funciona con mangos"

El más sentido:
"¿Qué hago yo contigo?"

Una historia:
"Me la metieron"

Una foto:
"Fue sin querer queriendo"

Una denuncia:
"¿Una piedra en el camino?"

Uno cualquiera:
"Sexo In Stereo (where available)"

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miércoles, 3 de marzo de 2010

Amores mascotescos

“Imagínate una relación perfecta. ¿Cómo describirías tu vida con esta persona? La manera en que te relacionas con ella será, exactamente, la manera en que te relacionas con un perro. Un perro es un perro y hagas lo que hagas, seguirá siendo un perro. Aceptar este hecho en tus relaciones con otros seres humanos resulta fundamental. No es posible cambiar a las personas, las amas tal como son o no las amas; las aceptas tal como son o no las aceptas. Intentar cambiarlas para que se ajusten a lo que tú quieres que sean es como intentar que un perro se convierta en un gato o que un gato se convierta en un caballo. Es un hecho: son lo que son y tú eres lo que eres”.

Tomado del libro de sabiduría Tolteca La Maestría del Amor, de Don Miguel Ruiz.

El resto del texto (que me llegó por correo electrónico tipo spam, como El Marqués) gira en torno a esa tesis.

Totalmente cierto. ¡Fácil! Sería la respuesta más concisa a la irresoluta pregunta de qué es el amor. Todo niño preguntón se sentiría satisfecho con la sensata explicación.

¿Pero en qué momento la cosa no resulta tan obvia?

Porque los que hemos tenido mascota sabemos que nuestro amado perro no grazna, bufa o ulula, pero queremos que no se orine en el sofá de la sala. Entonces, tratamos de “educarle” para que haga pipí cuando sale de la casa a las horas que mejor nos cuadren en el horario.

Cierto, no pedimos que nuestro gato ponga un huevo o que un caballo serpentee o que el loro dé leche, pero nos contentamos con que al menos nos haga caso cuando lo llamamos y que se sepa al menos un truco, una gracia, un hábito que nosotros le enseñemos. Lo mínimo para una convivencia animal consensuada con otro animal, ¿o no?


Entonces, según los Toltecas, no podemos hacer que nuestra pareja exprese sus sentimientos como nosotros lo hacemos; que tenga los mismos detalles que nosotros, gustosos, le hacemos; que nos acaricie con el mismo deseo que le transmitimos; que nos mire hasta perderse en la oscuridad del silencio donde nos encontramos. Y a pesar de ello, seguiremos amando a esa persona tal como es.

Aunque cierto, ¿es posible? ¿No nos mentimos si decimos que TODO nos gusta de nuestra pareja, y negamos el querer enseñarle un truco o cambiarle alguna de tantas mañas que nos molesta? ¿Seguros? De alguna forma, queremos “amoldarnos mutuamente” a nuestro antojo.

Las cosas en el amor son complicadas, son duras, son crueles, son dolorosas. Si no fueran así, no nos daríamos cuenta de cuán hermoso lo es en otros momentos. Su realidad se conoce a partir del contraste, a pesar de saber que a las personas no las podemos cambiar.

Si para usted son fáciles estas cosas, usted es el último descendiente Tolteca o es un cómodo-sumiso que teme enfrentarse a amar con todos los peros que eso significa. Y le cuento, por chisme nada más: esa vaina no es tan simple como dicen, por el mero hecho de que no hay certeza en él.


No sé si por eso me enredé la vida estudiando Ingeniería, tratando de encontrarle soluciones a problemas que nadie ha formulado. Como el del amor, por ejemplo. Y es entonces cuando canto a Calamaro:

No importa el problema, no importa la solución.
Me quedo con lo poco que queda, entero en el corazón.
Me gustan los problemas, no existe otra explicación,
Ésta sí es una dulce condena…”.

A propósito, creo que la empresa que más fácil se gana el dinero es la que produce las tarjetas y afiches con la leyenda “amor es…”. No necesitan tener un complemento verdadero a su frase, jamás lo tendrán y seguirán vendiendo ideas que pretenden “pegarle al perrito”.

Mejor.

Así, el amor seguirá siendo el mejor problema, la más misteriosa coincidencia, la ruta más incierta para vivir, “la difícil, la que usa el salmón”.

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miércoles, 24 de febrero de 2010

Un balón de mala calidad

Con una pelota como la que siempre quiso Kiko, cuadrada, tal vez yo jugaría baloncesto como debe ser, porque la que compré, redonda, definitivamente salió imperfecta: ¡no se mete a la cesta!

Qué raro… Es como si el balón fuera para otro deporte y la cancha lo considera incompatible con las reglas del juego. Tal vez es para bolo o polo acuático o gimnasia pilates.

La mayor parte de las veces, no llega al tablero. Parece que le falta aire, helio supongo, para volar lo suficiente y alcanzar la altura necesaria. Se queda a medio camino y sigue de largo en su recorrido parabólico para rodar hasta donde la inercia se lo permita. Yo creo que en su infancia soñaba con ser una linda pelotita de golf.

Pero en otras ocasiones, ¡va en contra de la tercera Ley del Movimiento de Newton! Cuando pega en el aro, su reacción se incrementa exponencialmente a la acción inicial, y va a dar más lejos de lo que lo haría una pelota cualquiera; es como si fuera hecha de Flubber.

Y cuando logra llegar al borde, sufre de un ataque de nervios y duda de si entrar o no a ese hueco que le parece la entrada al infierno. Da vueltas sobre él, “a que sí…” y “a que no…”, y en su indecisión prefiere salir de ese círculo vicioso a como dé lugar. Es increíble verla bailar esa rondalla casi neurótica.

La gente que pasa también se pregunta cómo es posible eso. Las señoras que sacan a pasear al perro me ven con cara de extrañeza; hasta el perro sabe cómo meter la bolita en el arito. Y los vigilantes de la cuadra apuestan con cada uno de mis tiros, y quienes tienen fe en mí resultan pagando por la indomable resistencia del balón a marcar algún punto. Más seguro es el juego de azar de la ruleta rusa con un arma que mis lances.

Todo mi ejercicio se reduce a una caminata agotadora como recogebolas de mí mismo. Me la paso persiguiendo, correteando a veces, a ese balón por fuera de la cancha. ¡Es que se quiere escapar! Si lo dejara en la calle, rodaría seguramente hacia el almacén de nuevo a buscar refugio, o a visitar a su esposa embarazada que se quedó allá.

A propósito, voy a exigirle al vendedor la garantía del producto o la devolución del dinero. ¿Cómo es posible que le entreguen a uno un producto defectuoso? Es el colmo. Ni que uno no supiera cómo usar una cosa de esas.

Unos muchachos que llegaron a la cancha me pidieron jugar con ellos la otra vez. Negros como la sombra que proyecta su inmedible altura, de talla de zapatos mínimo en 43, en camiseta tipo esqueleto y pantaloneta larga, y con unos músculos hipertrofiados en brazos y piernas. Me dijeron: “primo, ¿va’a jugá’h?

Les dije que no, que qué pena, porque el balón había salido con algún imperfecto de fábrica. Y les pregunté que dónde podía comprar una camiseta de esas. Tal vez con ella, y un nuevo balón de buena calidad, mi juego mejore sustancialmente.

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miércoles, 17 de febrero de 2010

¿Todo por vender-se?

En las clases de mercadeo de la universidad me dormía sin mayor vergüenza. Tal vez si me hubiera interesado en ellas, vendería mejor mi imagen personal y profesional, y me ahorraría así el consejo que me repiten como frase de cajón: para conquistar a una mujer hay que mercadearse, venderse.

Decir que la publicidad es engañosa es redundante. Las hiperbolizadas imágenes que crea tienta nuestras expectativas y manipula escabrosamente nuestro parecer y sentir. Y caemos. Una y otra vez, caemos.

Dos casos en la radio colombiana, dos imágenes auditivas que trataré describir.

A un señor lo acaban de despedir de su trabajo y llega a su casa buscar a su esposa. Ella está en el baño dándose una ducha mientras él le cuenta lo sucedido. Se escuchan unas risitas, entendiéndose que han comenzado una improvisada escena de amor. Lo siguiente que se oye es: “si tu vida sexual está bien, lo demás no importa”. El producto de Boston Medical Group termina su comercial con unos gemidos sensuales: “Uhm, mi amor…”. ¿Por qué utilizan a la mujer para manipular el ego del hombre únicamente a través de su rendimiento sexual? ¿Por qué la hacen parecer como la víctima de este drama de género y recae sobre el hombre toda la responsabilidad de su desdicha?

Una niña de unos seis años le hace preguntas a su papá sobre las cosas que le rodean. Por ejemplo, “Papi, ¿de dónde crece el pasto?”; y así otras más. Luego le pregunta: “Papi, ¿tu pagas impuestos? En el colegio aprendí que los impuestos son parte de mi futuro”. El compromiso al que nos invita la DIAN con su propaganda radial termina con: “Papi, ¿a ti te importa mi futuro?”. ¿Por qué a una niña le ponen palabras en su boca que no comprende en su contexto a través de la más paupérrima angustia existencial? ¿Por qué obligar a responder afirmativamente, a la que se supone nuestra hija, para que de carambola recordemos nuestro deber de pagar impuestos?

Hay cosas que rayan en el límite.

Lo mejor es no caer. Y si se cae, lo mejor será levantarse antes de que lo compren a uno.

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