miércoles, 3 de noviembre de 2010

Desamargado

"La historia del mal hace parte de la historia del hombre".
Algún historiador, en un programa de radio, hace mucho tiempo.


¿Cuántos años tendría cuando actué como un miserable cobarde? Tal vez 9, 13 o 16, no lo sé. Hay cosas del pasado que se quedan en el olvido y de ellas sólo se extrae lo mejor: más que un mal recuerdo, una reflexión.

Tenía una bodoquera de unos 70 centímetros y de 1 centímetro de diámetro. Era en aluminio, brillante y totalmente derecha. Ligera, precisa y confiable independientemente de mi pulso al dirigirla. Frente a las de los demás vecinitos, era un arma letal. Cientos, sumados tal vez, miles de cartuchos de papel pegados con babas y colbón fueron las municiones de inocentes guerras púberes.

Disparar, es decir, impulsar el cucurucho de papel a través del tubo con un fuerte soplido, significaba un enorme riesgo para la integridad de cualquier ojo humano y animal. Por fortuna, nunca pasó nada, sólo un montón de divertidas aventuras bélicas con amigos de la cuadra. Ahora, tal juego sería una inaudita necedad; trayéndolo al valor presente, sería comparable con jugar Pain-T-Ball sin protección.

En una noche de Halloween se me ocurrió la estúpida idea de atacar a los niños que se acercaran a pedir dulces a la casa: una emboscada inmisericorde. Mi hermana Sara me sorprendió en el intento con un arsenal de afilados bodoques listos para hacer daño. Su regaño fue como una iluminación: comprendí que la maldad está en nosotros a flor de piel, y sólo es cuestión de incitarla con cualquier pretexto que nos haga sentir bien. Fue un ejemplo real del lado oscuro de La Fuerza, y yo no tenía idea de la existencia de La Guerra de las Galaxias: tal descubrimiento Jedi fue por mi propia experiencia, como debe ser, sin que nadie salga herido.

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En más adultas recientes noches del 31 de octubre, no abríamos la puerta del apartamento en un acto de generosa tacañería. Con mi hermano apagábamos las luces y nos hacíamos los locos a los timbrazos y cantos de niños hipoglucémicos. A veces, porque en verdad no teníamos dulces comprados para la ocasión, y muchas otras porque teníamos que regalar los que mamá nos regalaba. Era una decisión que giraba entre el egoísmo y el sentimentalismo: una dosis innecesaria de apego material que no se soltaba compasivamente con los hambrientos triquis triquis.

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Este año, en una suma de cambios en progreso, al primer sonsonete infantil abrí la puerta de mi hogar para entregar puñados de dulces a vacías talegas de niños disfrazados de cualquier realidad o fantasía. Se saboreaban a través de sus máscaras al ver cuánto azúcar empacado comerían al otro día. Las mamás también recibieron galletas cubiertas de chocolate, y se sorprendieron de que su brujazgo fuera celebrado el mismo día. Me libré de los conjuros para que mi nariz creciera y me dibujé, como en las calabazas, una gran sonrisa de satisfacción por haber dado paz y dado amor, dando dulces, ¡por favor!

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Beware of the cat. I'm back.


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8 comentarios:

K-milo dijo...

Curioso. A mi me paso que solo vinieron 3 a pedir dulces a la casa. Estaba animado con varias bolsas y al final solo 3...

Creo que era mas grande el grupo de adultos que los "supervisaba"!!

MAREÑA dijo...

JEJEEJE ¿Sentimiento de culpa por todos estos años? Ahora casi no van a los aptos porque las administraciones les celebran su día, pero tu historia de la bodoquera me hizo recordar hace 50 años, mi madre bien alcahueta que era y es!! le hizo a mi hermano un arco con flechas, elaborado por ella, pero le advirtió del peligro, debía lanzarlas en sitios alejados de los niños, fuimos al parque y con la mayor inocencia enpezó mi hermano a lanzar las flechas al aire con tan mala suerte que se atravesó un niño y le quedó clavada, como es lógico la policía se iba a llevar a mi madre (Nooo, no se la llevaron, fue el susto)

Acbb - ñauuu dijo...

Volviste, BIENVENIDO!
Diste paz y amor, que bonito... se te lee la sensación placentera que de dejo dar.

Dar, buen verbo.

¿Y mis dulces, cuándo me los das? A mí, que todo el año estoy disfrazada :)

Yo los puedo recibir en noviembre, diciembre, enero... sin afanes!

Mariposyta dijo...

Bueno, ami me gusta dar dulces, pero también me gusta pedir, entonces cuando salgo con mis sobrinitas a pedir dulces no hay nadíe que quede en casa dando y cuando llego, ya es muy tarde y no hay niños que se arrimen a pedir, casi que toca llamarlos y pedirles que venga...jajajaja y que por favor, nos canten un trozo del triky triky, o del quiero paz, quiero amor... quiero dulces por favor!!! hermosoooooo... me encanta el hallowen, me disfrazo y la gozo como niña.
Que alegria que hayas vuelto marques. un abrazooote.

David Fernando dijo...

Gracias por el retorno Marqués. Un abrazo por ello y por el despliegue de dulce optimismo y alegría. Me hacía falta.
David.

Lúthien dijo...

Respecto a la broma que le ibas a hacer a los niños jajaja estoy totalmente de acuerdo contigo en que a veces no podemos evitar que se manifieste nuestra maldad, así sea con una pequeña broma, lo entiendo por que me ha pasado y en ese momento me digo "tan vieja y en estas" pero igual lo disfruto. Hacer un cambio, como tú que esta vez decidiste abrir la puerta para endulzarle la vida a esos niños, no esta nada mal ¿verdad? Dejar que ese niño que todos tenemos en nuestro interior, nos guíe, es muy reconfortante, alegra la existencia.

Ivonne dijo...

Que bueno que disfrutaste de la festividad, no hay nada mejor que dar y más aún si a cambio recibes sonrisas de los niños combinada con ilusión. Feliz regreso.

Anónimo dijo...

La maldad es asunto del hombre, en estas festividades que de buena manera todos recibimos ya casi nadie practica (o al menos en aquellos lugares en los cuales la gente se conoce, y aun así!), ya que como dije antes todo lo que se crea a buen fin se usa para crear sufrimiento o angustia, un típico caso de este Halloween es la inseguridad ya que en aquellos "pequeños regalos" pueden haber peligros, porque? por simple maldad o por broma, aunque esto no se aplica a todos, hay un viejo dicho: “por uno pagan todos”.

W.K.