miércoles, 18 de noviembre de 2009

Gato novela

Pues sí, eso te cuento… Pero bueno, entonces…

¿Entonces, qué de qué?

¿Tú y yo qué venimos siendo?



Nada… Ya te dije que lo nuestro no es posible. Yo soy una gatita de familia y tú un gato callejero…

¿Callejero? ¡Pero si tengo un nuevo collar!


¿De qué te sirve, si no quieres que nadie te dome?

¡Bah! Me voy… Tú siempre con esos discursos…


Pero sabes que es verdad… Vete… Es lo único que sabes hacer, además de nada… (¡Qué collar tan gay…!)


¡¿Qué fue lo que dijiste?!

Nada… Te preguntaba que qué colores hay… De collar, digo…

Ah, más te vale… Oye, por qué no seguimos charlando un rato…


Pero de lejitos… No quiero que se me peguen tus pulgas…

¿Y qué más?

Bien, bien, ¿y tú?

Enamorado…

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viernes, 13 de noviembre de 2009

¡Feliz año!

¿Cómo celebrar los 16 años?

Richard, José Miguel y Jairo, amigos de colegio y de barrio, compraron de sus menesterosos bolsillos una botella de whisky (medianamente fino, supongo; no puedo recordar la marca) para festejar mi cumpleaños. Era especial no por la marca sino por el detalle, como todos los regalos. Uno de ellos tenía su apartamento solo, así que la cosa pintaba bien, como para inscribirnos a AA. Me imagino llamaron a algunas amigas (de ellos, valga la aclaración) para que fueran también.

Cuando abrí la puerta de mi casa esa noche, mi tos ahogadamente flemática los saludó. A duras penas podía respirar. Era impresionante el malestar de la gripa en mi nariz, oídos, laringe, faringe, pulmones y demás. Y claro, Doctora Mami ya me había clavado en mi abullonadita nalga una inyección de Penicilina, no sé de cuántos millones de unidades, pero era de esas que le deja la pierna encalambrada unos dos días.

No podía tomar licor.

Las moneditas y billetes de mis amigos que sumaron para la botella, regresaron alcoholizadas a mis amigos. A pesar de su insistencia la celebración, conmigo, no podía darse. Ellos se fueron de rumba, y no creo que tristes por mi ausencia sino felices de sus mayores bocanadas.

Hoy, otra vez y 15 años después, la gripa está en mí, me posee, soy suyo, estoy en sus manos. Y claro, no hay botella de whisky ni amigos de la infancia para festejar.


En la astrología, el año nuevo (lo que para todos los occidentales se celebra el 1 de enero y para los orientales el 14 de febrero, en 2010 o en el Islam, el 18 de diciembre de 2009) se celebra el día del cumpleaños, por aquello de la carta astral y todo lo demás.

Así que, a propósito de mi hace-un-año-artículo, ¡Feliz treintaidosavo año!, con "El hijo ausente" de Pastor López como música de fondo:

"Otro año que pasa y yo tan lejos, otro CUMPLEAÑOS sin ver mi gente.
Madre yo te pido humildemente, que en el año nuevo me recuerdes.

Que en la mesa pongas un lugar, para el hijo que no ha de llegar,
y aunque yo no esté para brindar, mi copa esté siempre a rebosar.
Y al llegar la media noche, cuando risa y llanto se confunden en la gente,
mándame un abrazo fuerte, y pídele a todos los presentes

Vamos a brindar por el ausente, que el año que viene esté presente.
Vamos a desearle buena suerte, y que Dios lo guarde de la muerte".

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miércoles, 11 de noviembre de 2009

"¿Qué hago contigo?"

El amor, diría yo, si me lo preguntaras.

Pero tu pregunta fue lanzada al aire, pidiéndole a Alguien más que te ayude, a tu amigo imaginario, a ti misma. Un consejo que tome por ti la decisión que no quieres tomar. Y yo tampoco.

Llévame contigo, entonces.
Déjame ir a tu lado sin huellas.
Hablemos para que la saliva se acabe.
Escuchemos lo que ya sabemos de los dos.
Acariciémonos y le sacamos brillo a nuestra piel.
Aburrámonos de nuestra inconmensurable tolerancia.

Lo que hagas conmigo estará bien.
Ocultarme en una verdad a medias, mostrarme en una mentira acorde, aceptarme con todas mis querellas o negarme por cualquier razón.

Hay tantas cosas para responderte. Por eso no me preguntaste a mí sino al mundo entero en el tono con que gritan todos los románticos, el desespero, la angustia, la duda, el amor al fin y al cabo. Yo también tengo la misma voz.

Te conformaste con la primera respuesta, la más fácil, la del ejemplo del libro, para hacer conmigo lo que mejor sabes: ¡nada!

Y partiste.

Y ahí quedé yo, con la misma pregunta que me contagiaste, como si se tratara del juego de niños de ‘La Lleva’. ¿Qué haré yo contigo?

Las ideas, filtradas en los ventrículos del corazón, llegaban ozonizadas a mi cerebro, simples y claras, pero con la misma razón. No sirvió de nada purificarlas. Ya sabrás de qué se tratan. Necias, por cierto.

Así que te devuelvo la pregunta: ¿Qué harás tú contigo?

Házmelo saber.

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miércoles, 4 de noviembre de 2009

A quien corresponda - Restaurante

Lo que nos ocurre puede ocurrirle a todo el mundo o solamente a nosotros. En el primer caso, es banal; en el segundo, es incomprensible”.
Fernando Pessoa.
Frase introductoria en El Lamento del Perezoso, de Sam Savage.


Cordial saludo,

Existen otros calificativos que un crítico de cocina podría dar sobre sus diferentes platos, pero sería pretencioso utilizarlos, para bien o para mal, en este momento. Así que me limitaré a decir que su comida es buena. Nada más.

El motivo de mi carta es simple: expresar mi agradecimiento: ¡gracias!

Listo.

Pero mis agradecimientos serían mayores (¡mayúsculos!: los escribiría en una carta posterior) si hicieran algo por los clientes que nos alimentamos de sus ollas. Es algo complejo por la única dificultad que perjudica a la humanidad, que somos humanos, y como tal quedamos indefensos no a las Leyes Naturales y del Tiempo, sino totalmente desnudos ante nuestro libre albedrío.

Tal vez el guante le caiga a más de uno, pero no es mi intención cuestionar a todos lo que están detrás de mis cubiertos. Es evidente que para que los platos estén frescos, calientes y, nuevamente lo digo, buenos, su trabajo ha sido cuidadosa o improvisadamente bien realizado.

Sin embargo, el enorme favor que les pido (pedimos, dicho sea de paso) es que hagan algo con quienes sirven la comida.

Lo malo de la rosca es no estar en ella”, dice el refrán, pero si hay algo peor que la envidia es la injusticia, y es ahí a donde apunta mi solicitud. ¿Qué tengo que hacer para que me sirvan, con un guiño de ojo, dos porciones de maduro asado? ¿Con quién tengo que hablar, susurrar si es necesario, para que en mi plato la ensalada a-parezca verde? ¿Qué debo decir, cuál es la clave, para que mi corte de carne sea más grande? ¿Cómo me gano el derecho a doble mazorca en mi sancocho?

¡Claro, gratis, por supuesto! Pagando, ¿qué gracia tendría mi denuncia?

Es inaudito que al cliente frecuente (tal vez tiene una tarjeta de esas que suman puntos, calorías en este caso) que está delante le agranden la porción de papitas fritas con una sonrisa a la mesera, y que llegue yo, con el mismo gesto de caridad-y-buenachonidad y me diga “es que no me alcanza para todos…”. Que pida igual cantidad de alverjas que quien va dos puestos más adelante y me diga “es que él sí paga doble porción”, a sabiendas de que he estado pendiente de su pago en caja. Que le pida una yuca cocida más grande, como la que acaba de servir, y me diga “¡todas son iguales y sólo es de a una!”. Y además, añade, lastimeramente, “qué pena…”.

Me atrevería a decir, aunque suene mentirosamente increíble, que haría esta misma solicitud si yo también estuviera en la rosca. Es que es tan evidente, tan insensato, tan vergonzoso…

Pensando positivo, aprovecho la arbitrariedad de sus sirvientes para hacer dieta. Es lo único que aleja de mi mente las enormes ganas de hacer un escándalo (no sé cómo vaya a reaccionar… si con quien sirve o con quien recibe esos beneficios adicionales…) cada vez, cada día, cada dos o tres clientes que son bendecidos por la subjetividad generosa de sus meseros y meseras en su restaurante, de donde recomiendo, de verdad, que la comida es buena. Sólo eso.

Atentamente,

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miércoles, 28 de octubre de 2009

Maté a Mora

Ni más faltaba: ¡fue sin querer queriendo!

Pero pasó.


Desde hacía unos días estábamos ella y yo en el apartamento, y ya nos habíamos acostumbrado a estar solos. Cada uno en su espacio-tiempo, pero siempre buscándonos y encontrándonos cuando nos hacíamos falta mutuamente.

Con unas caricias respondidas con rasguños, hasta con mordiscos a veces, cumplíamos fielmente al pacto de amistad entre el amo y su mascota. Era suficiente, necesario, y propio de un franco ‘te quiero’.

Esa noche, desvelado en la cama por un mal sueño, no había nada más que hacer sino esperar a que llegara el amanecer. El silencio era correteado por uno que otro carro que a lo lejos pasaba, para luego regresar a escuchar el tic tac del reloj de pared. Me acurrucaba, pero mis pensamientos me descobijaban.

Como buen celador de cuadra, Mora llegó a la pieza con sus mudos pasos. Se metió bajo la cama, dio una vuelta hasta la ventana y luego de una rápida ojeada, decidió peinarse ese mechón en su espalda que la cortina le había alborotado. Pulcra. Vanidosa. Hermosa. Mujer.

Yo la veía sin musitar palabra o intentar movimiento. Era un estado de contemplación absoluta: podía escuchar cada lengüetazo y cada pasar de saliva lleno de pelos. Cuando quedó como ella quería quedar, se alistó a continuar con su paseo nocturno por el resto del apartamento.

En ese momento, decidí levantarme de la cama para distraer mi insomnio. Al bajar los pies, empujé una de las chanclas que estaba de medio lado y por alguna razón el ruido que hizo, hizo que Mora diera un brinco de espanto, lleno de pavor, repleto de pánico, rebosante de terror.

No sabía donde caer, se resistía a caer, se sentía más segura en el aire que en el suelo que la había atacado. Su cuerpo se retorció de todos los lados pero la gravedad cumplió su tarea.

Con la velocidad de un rayo, su cuerpo se flexionó hasta pegarse al piso. Sus pupilas se dilataron al máximo, ¡casi que se le salen de la córnea! Los orificios de su nariz se expandían ahogados… Sus orejas se echaron para atrás en acto de atenta escucha… Sus colmillos resaltaron de sus labios prestos a destrozar lo que se atravesara en su boca… Sus bigotes se plegaron como púas de un puerco espín… Su cola, un filoso aguijón… Y las garras, ¡oh, las filosas garras!, habían sido desenfundadas de su peluda vaina.

Ante tremendo adversario, cualquier enemigo habría huido del campo de batalla sin dudarlo.

Pero lo único que encontró fue a un amo desbaratado de la risa a las 2:50am, contagiando con sus carcajadas al silencio que los acompañaba, y burlándose con razón del susto, ¡tan hijueputa!, que le había hecho pasar a su gata…

Maté a Mora del susto: ahora le quedan ocho vidas.


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miércoles, 21 de octubre de 2009

Rebuscada

Sé que tú no quieres, que yo a ti te quiera.
Siempre tú me esquivas de alguna manera.
Si te busco por aquí, me sales por allá.
Lo único que yo quiero no me hagas sufrir más”.

Llorarás, de Óscar De León.


Que le digan a uno que no, para cualquier cosa, debería ser tan sencillo como poner una inyección en la nalga: luego de dar un par de golpecitos a la zona, con el fresco de un algodón humedecido en alcohol, ¡qué venga la aguja bien ubicada, precisa, directa y decidida!

Se espera que sea rápida para causar el menor dolor posible cuando entra, cuando vierte el contenido (medicina o veneno) y cuando sale con la ‘R’ de ‘rapidísimo’. Cualquier procedimiento adicional ya es sadismo.

Esta mujer, bella para mayor seña (¿sobraba decirlo?), es un pez enjabonado. Es increíble lo fácil que le resulta decirme ‘no’, sea real, claro y honesto, o ficticio, confuso y mentiroso.

Aunque veloces, sus palabras duelen y ya no sólo en el músculo glúteo mayor. Duele más adentro, en los cebos del corazón, en los vacíos del cerebro, en los tuétanos de los huesos, en los parásitos del intestino.

Pero últimamente sus excusas han sido el pegado de la olla. Le he dicho que me diga lo primero que se le ocurra, falso o verdadero, con tal de no escucharla mascullar una nueva versión de un ‘no’.

¡Qué tal la última!: que no salimos porque tal vez su ex contrató a un detective que la espiara y que nos puede tomar fotos o grabar las conversaciones.

¡Qué excusa tan rebuscada!

Cuando se le acabe el repertorio le tocará salir conmigo. ¿Tendré suficiente paciencia? ¿Para entonces querré salir todavía? ¿Le dedicaré o bailaré con ella esta canción?

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miércoles, 14 de octubre de 2009

Mi casi novia

"Hoy hace tres años amanecí pensando que había encontrado la mujer que me haría perder el juicio.
Ahora, sé que no me equivoqué
".
Frase en MSN de Cristhian dedicada a Paula.


Pretensioso, pero esta frase podría estar en mi Messenger.

Ese día ella se acercó al punto de venta de la Revista El Clavo a comprar la última edición de esa época. No recuerdo ¡POR QUÉ CHANGOS! yo tenía que dejar la mesa de atención en ese momento; ahora, retrospectiva y positivistamente, al lado de atenderla a ella, cualquier cosa era una pendejada o un pendejo al que tenía que saludar.

Más o menos le dije a mi compañero de trabajo: ¿la atiendes o la atiendo? Sin tirar una moneda o sin mediar favor alguno, me alejé del lugar con un afán sin sentido dejándolos solos en lo que era una normal venta más.

Cuando la volví a ver fue de la mano de mi amigo, cuadrados y felizmente enamorados, siendo la misma bonita pareja que ahora son, y que espero sigan siéndolo.

Ya he hablado de los casi y de las coincidencias, pero estas son las cosas que no me caben en la cabeza, y me llevan a utilizar la publicidad del producto comercial de moda, añadiéndole una palabra más, para preguntarme: “¿por qué (yo) no?”.

Mi amigo vive espantándome como a perro con periódico cuando me les acerco, cuando le digo que ella es mi casi novia… Y me río, me contagio de la risa del destino, con ‘D’ de Dios, cuando me pasan estas cosas…

Lo que me faltaba: a falta de mi propio Cupido, me convertí en uno. Ojalá siga valiendo la pena.

Será hasta LA próxima.


Postdata: Otra vez, así como esta mañana se me pasó el bus, perdí la oportunidad de saludar a la misma protagonista de otras historias por unos cuantos segundos tarde. ¿Acaso sufro de esquizofrenia? ¿Ella es mi delirio? O un diagnóstico menos trágico (¡glup!): ¿lo que no es para uno, no lo es en ningún momento?
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miércoles, 7 de octubre de 2009

Sili(en)co(ñ)a

Ella era una chica plástica,
de esas que veo por ahí.
De esas que cuando se agitan,
sudan Chanel Number Three.
Que sueñan casarse con un doctor,
pues él puede mantenerlas mejor.
No le hablan a nadie si no es su igual,
a menos que sea un fulano de tal.
Son lindas, delgadas, de buen vestir,
de mirada esquiva y falso reir.
"Chica Plástica"

Cuando se acerca, hombres lascivos se saborean con sus enormes y redondas tetas. Y al pasar mujeres envidiosas ven con nostalgia ese firme y también redondo trasero.

Su abdomen plano se ajusta a las tallas de sus ceñidos vestiditos, y su figura queda tan delgada, como la punta de su nariz recién operada.

No sé qué más decir. Rubén Blades y Willie Colón escribieron en su canción lo que tenían que decir de ella hace muchos años.

Y como no soy De Tal, sino De Carabás, ¡no me saluda!

Algo que agregar: que tal vez en la época de la salsa dura no había (o no era común) la silicona. Todo lo que la chica plástica de ahora tiene, en verdad es de plástico.

Sin necesidad de entrar en la discusión sobre qué es la belleza y toda esa carreta, ¿para qué le sirve, A ELLA, tanto más y tanto menos de su cuerpo? Bueno sí, llenar la cabeza con algo en qué pensar: en vivir arreglada para arreglar su vivir.

De resto, para follar. Para atraer la mayor cantidad de machos cabríos que usen todo lo que ella tiene como si fuera de ellos. Para contentarlos atrayéndolos o reteniéndolos. Para garantizarles que con sus falsos atributos tienen ganado el cielo.

¿Será que con silicona ella siente más rico lo que sea que le hagan? ¿No pues, que se pierde sensibilidad en las carnes? ¿Será que sus orgasmos son también de plástico?

Es el tipo que se la come (así, el que se la come, no valen palabras romanticonas como hacer el amor o tener intimidad) el que siente más placer en su cabeza (la de arriba) al saber que toda una Yayita está disfrutando con su cabeza (la de abajo). Y eso es lo que se conoce como encoñe.

Ella le garantiza a su pareja pasajera o estable que va a pasar bueno. ¿Qué más le puede garantizar? A parte, claro que a los 40 años se va a ver horrible (ella misma y el resto del mundo opinará igual) con nada más que el recuerdo de los polvos que le echaron encima.

La silicona es una prótesis sexual que garantiza que su pareja se va a encoñar con la mujer que se rellene de ella.

¿Para qué más le puede servir?
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miércoles, 30 de septiembre de 2009

Misión ¿Posible?

Si la naturaleza es tan sabia y poderosa como dicen los libros, la suerte y la razón deberían estar de nuestro lado”.
El gato Rigoberto, en El Clan de la Calle Veracruz, de Albeiro Echavarría.

En cuestión de segundos una cebra es atrapada por feroces leonas en medio de la selva africana. En los programas de animales se ve tan fácil la cacería, tan rápida… ¿Será por la televisión o por la selva africana?

Un paréntesis: algo similar ocurre en las películas románticas, en donde en máximo dos horas dos desconocidos se convierten en el amor de portarretratos. Eso también está editado o es ficción; y nos lo creemos.

En vivo y en directo y en un parque de la ciudad, las cosas no son tan ágiles. La naturaleza tiene otro ritmo que el de la pantalla.

En una tabla-comedero, montada sobre un arbusto por algún buen vecino hace mucho tiempo, cientos de aves se alimentan de las frutas que otros cuantos vecinos llevan voluntaria y diariamente.

Un vivo gato extranjero al barrio se dio cuenta de que podía hacer su propio picnic para el desayuno gratis y fácil: no hay tiempo que perder cuando de una siesta felina mañanera se trata.

¡Que la música de Misión Imposible empiece a sonar!

Agazapado entre el pasto, se acercó hasta el tronco y de un brinco sigiloso se acomodó cual camaleón en una rama más alta que su mesa de bufet. Sólo era cuestión de esperar, pensó. Y yo, parado a unos cuantos lejos metros, pensé lo mismo: sería testigo de mi propia escena de Discovery Animal National Channel Planet. Estaba tan atento como yo. No quitaba los ojos del punto donde se libraría un capítulo más de la vida salvaje.

Otro paréntesis: ¿por qué el camuflaje de los animales no hace juego con su hábitat? Es decir, ¿por qué el pelaje de los mamíferos cazadores no se encuentra en una gama de colores verdes? Sería el paso más lógico de la Evolución. Curiosa pregunta para Gaia.

Y el tiempo comenzó a pasar. Y pasaba. Y pasó… Con tantos abuelitos y abuelitas caminando alrededor de la pista, me empezó a dar sueño: era como contar de día lentas ovejas con sudadera gris y camiseta blanca.

Creo que el gato ni respiraba; concentrado. Sólo se movió un poco para acomodarse un poco mejor.

Ya pueden dejar de tararear la música. Nada pasó. La misión que decidí (yo), decidió (gato) y decidieron (aves) aceptar resultó, ciertamente, imposible.

Se me hizo tarde por estar esperando a que cualquier pájaro se acercara al comedero. El gato se terminó de arrunchar contra el tronco y se quedó dormido en la rama. Y las aves se quedaron sin comer la fruta recién servida, pero ‘vivas’ y burlándose de nosotros dos.

¡Ah, la Naturaleza!

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miércoles, 23 de septiembre de 2009

¡Zapatísimo!

El zapato que va bien a una persona es estrecho para otra: no hay receta de la vida que vaya bien para todos”: Carl Gustav Jung (1875-1961), psicólogo y psiquiatra suizo.

Con el sonsonete…

¡za.pa.ti.co.ro-to,
cám.bia.lo.por.o-tro,
que’.ste.está.muy.ro-to,
di.le.a.tu.a.bue.li-ta
que.te.com.pre.o-tro!


Intentémoslo con éste, a ver si nos cabe (en la cabeza) que el mundo no está para que nos calce, sino que lo calzamos y caminamos dejando huella y pecueca también.



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miércoles, 16 de septiembre de 2009

¿Amor o amistad?

Otro septiembre: mes de amor y amistad. ¿Acaso para ser amigos o amantes no hay que compartir mucho tiempo el resto del año? De lo contrario, ¿qué celebraríamos? ¡Ah! Una vez más, el dinero, la publicidad y la presión social se meten a mediar en las relaciones interpersonales. Tema trillado.

Aprovecho el momento para preguntar: entre el amor y la amistad, ¿cuál es el límite? ¿Cuál es la frontera que no puede transgredirse tácitamente?

Se recurren a los extremos: sí o no; vivo o muerto; una mujer no puede estar medio embarazada: o lo está o no lo está; blanco o negro. Hasta la Biblia por ahí lo dice, cuando se refiere condenatoriamente a las aguas tibias.

Los matices son para los mediocres, se dice, para los indecisos, para los justos. El cuentico de la tolerancia aguanta a estirarse, pero nunca alcanza para darle contentillo a las dos partes totalmente.

A uno le toca escoger entre amar en silencio a aquella persona amiga y amigo del alma o desear no haberse metido nunca en semejante vaca loca del noviazgo. La hipocresía es la máscara de la resignación en cada caso, cuando las cosas no salen como uno lo esperaba: era más emocionante anhelar el objetivo que alcanzarlo.

El punto de quiebre es la sexualidad, entendida netamente como el contacto físico de los cuerpos, no como el reconocimiento público de seres sexuados.

En el momento que se pisa esa línea divisoria, las cosas cambian. Difícilmente las cosas tienen reversa para situarse en el punto límite de nuevo. No se concibe que las cosas puedan ir y venir de un lado al otro en una próxima ocasión con un pasaporte: se exige la ciudadanía exclusiva en uno de los dos territorios, o se será un inmigrante indocumentado e indeseado por no comprometerse con las reglas de ese país.


El sexo es comunicación. Y como tal, debe entenderse. Una forma más de conocer, conocerse y conocernos. Si como seres sexuales el opuesto o el igual nos inspiran, nos provocan, nos palpitan, ¿por qué no se descarta una de las dos opciones a través de una pruebita de amor o amistad? ¿Cuál es el pecado de un beso apasionado para reconocer o reprobar ese corrientazo? ¿La prueba ácida de una caricia sensual no es suficiente para conocer el futuro de la pareja y aceptar o no el compromiso?

Es cierto que la Química es lo esencial a primera o a enésima vista, pero ¿qué tal si catalizamos la reacción con la Física? No esperar que las feromonas de uno y otro se sincronicen por su cuenta (con una inmensa probabilidad de que no lo hagan… me suena conocido…), sino ayudarles con el encuentro acercando nuestros cuerpos.

Claro, el requisito es, además de la protección sexual, el cariño. Ese va a ser el que más se enriquezca y le duela a la vez, si el gustico queda y no hay una seguridad emocional que amortigüe el desgaste del corazón en el tiempo. Pero mientras tanto los cuerpos, ¡felices!

Que no sea un mes, ¡que sea el instante! Con o sin prueba ensayo/error/decisión, disfrutemos en pareja.

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miércoles, 9 de septiembre de 2009

¿De la que me salvé?

¿Son mis años o los de ella?: para los dos han pasado la misma cantidad de horas, minutos, segundos…

Se puede quejar de mi barriga más redonda, supongo… lo más notable tal vez de un cambio físico prudente en el tiempo…

Yo de ella… Tal vez sean mis mañas más acentuadas pero… ¿qué le pasó? ¿En qué cumpleaños perdió la sonrisa? ¿Cuál incipiente arruga cubre su otrora ternura? ¿En qué año viejo quemó su gracia? ¿El día adicional de años bisiestos decidió amargarse? ¿En cada Semana Santa decidió aburrirse de la vida?

En ese entonces, sus tetas habrían sido la inspiración natural de un cirujano plástico, sus piernas habrían boquiabiertado cualquier pasarela, su talla seis no era proporcional a semejante trasero tan firme y empinado, su cabello y su cuello eran la publicidad perfecta para la más fina joya y su alegría era el “Ptffssssshhhh” de la última Coca-Cola del desierto.

Lo físico es lo de menos. Es entendible, mejor dicho. Lo que me asombra es que ya hasta su belleza interior decidió trabajar a media marcha. A un cuarto de marcha. Qué raro eso.

En el hipotético, hipotetiquísimo, caso aislado (confinado, desterrado, excepcional y arrinconado) de que me hubiera parado bolas en un plano diferente al de hacerle la tarea como compañera de estudio, y que hubiésemos formalizado cualquier tipo de relación amistosa, sentimental o sexual hasta hoy, ¿será que la vería con los mismos ojos? (bueno, sí, son los mismos, es un decir…).

El verla hoy ha decepcionado a la imagen con que la recuerdo: le cayó límpido a la foto que mi cerebro tenía de ella. Tal vez si la hubiera visto más veces en esta década habría sido testigo de su cambio (extremo), pero no sé si seguiría deseándola y admirándola como en ese entonces. Suena materialista, al parecer, pero no es por ahí la cosa.

Una especie de presbicia ocular o cataratas en el cristalino aclara mi mirada, mis filtros.

Tiempo... ¿Qué me pasó?

Desajustada, monótona, opaca, triste… Ya no le haría la tarea...

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